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Una publicación de la asociación SER

Territorio indígena

“La selva es templo. Allí penetran el hombre y la mujer en ademán de adoración, descubierta la cabeza y la mirada en alto. En el vasto dominio, el tiempo se desenvuelve a un ritmo de eternidad, sin calendarios ni convenciones: los días no tienen nombre, y los ojos videntes leen las horas en el reloj de los astros. El nativo campa (asháninka) era el señor de la espesura; en la maraña abría sus sendas a golpe de fuerza y temeridad, y de pie sobre su canoa, que es un árbol que navega, remontaba el curso del río, dueño de su selva, echado el busto hacia adelante y la mirada en llamas, como si fuera el dios de la montaña”. (Luis Bustamante y Rivero)

Para los pueblos indígenas, la definición de territorio es más profunda que una simple concepción material y de posesión. El territorio se concibe como un lugar sagrado, donde el indígena se pone en contacto con su pasado, para así manifestar su espiritualidad, a través de su interrelación con él.

Los principios con que definen el territorio están basados en la cosmovisión, en la relación entre el hombre y la tierra, entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Por ejemplo, en la cosmovisión asháninka, se creía que antiguamente, cuando se creó la Tierra, existía una persona, que se llamaba Nabireri, quien tenía el poder de convertir todo, y con este poder convertía a las personas que cometían excesos contra la naturaleza y tenían mal comportamiento con la sociedad. Esta creencia en Nabireri hizo del pueblo asháninka una sociedad más honesta y respetuosa, en la que el territorio es el lugar donde se vive, también con los animales; un lugar donde existen agua, cochas, montañas, árboles; un lugar donde se observa y conversa con los astros; donde el territorio es un lugar sagrado, de adoración a la naturaleza, y de respeto hacia todos los que la conforman.

Este territorio es el espacio en el que cada expresión, cada elemento y cada vida que conforma la naturaleza es sagrado para los pueblos indígenas. Tanto la naturaleza como el conocimiento son uno solo. No existe separación entre ideología y realidad, porque ambas son el sentido de la vida y todo aquello que en ella influye y la rodea. Si comparamos la cultura occidental con la indígena, la primera presenta concepciones tales como “seres vivos”, “seres inertes” y “recursos naturales”, y suponen que las montañas, el agua, la lluvia o las cochas son seres inertes; en cambio, para los indígenas, todo el universo tiene vida y participa activamente en los procesos sociales. No existe el término “recursos naturales”, porque el ser humano es considerado parte de ella. Incluso, para muchos pueblos, los árboles no sólo eran protegidos por ser parte de este “todo”, también eran venerados, por ejemplo, en Colombia. Los Muiscas protegían bosques de palmas de ramos y palmas de cera, a las que veneraban, hasta que la religión católica ordenó destruir el bosque entero, bajo el pretexto de acabar con la idolatría y paganismo.

Es así, que la relación con su territorio y con el mundo está regida a la aplicación de sus valores, a lo espiritual. No existe racionalidad de territorio, no existe la división de la tierra como una posesión, porque el territorio es parte de la naturaleza, el hombre es parte de la naturaleza, y, por lo tanto, hombre y territorio son uno mismo; no hay posesión de uno sobre otro, hay relación horizontal e interdependencia. El territorio no es el pedazo de tierra de donde se extrae el sustento, sino el elemento vital para desarrollar la identidad y las actividades culturales.

Es así que, a diferencia de lo que sucede en la cultura occidental, el ser humano no es el centro de todo, no es el dueño de la naturaleza. El ser humano es parte de un todo, es un elemento más de la naturaleza. Por ello, el territorio no sólo es fundamental para la supervivencia de los pueblos, sino también para su identidad cultural (Derecho a la identidad cultural: Artículo 2, inciso 19 – “Derechos fundamentales” – Constitución Política del Perú).

Sin embargo, la degradación de la tierra por actividades extractivas y la disposición de su territorio por parte de las empresas y el Estado son las principales causas de la pobreza y marginación que hoy sufren los pueblos indígenas; y no una concepción occidental de pobreza (falta de ingresos y riquezas materiales), sino una pobreza que simplemente es el no poder ejercer control sobre su propio territorio y, como consecuencia de ello, perder cultura e identidad.

Por eso, de nada valen el “progreso”, el “desarrollo”, los programas de adaptación y mitigación al cambio climático, la educación, etc., si no se considera y respeta las diferencias, si no se valora la identidad cultural, y con ella, la supervivencia de los pueblos. Es necesario eliminar la costumbre de desalojo y despojo a la que se ha sometido a los pueblos indígenas, y es tiempo de reconocerles su propia autonomía sobre su territorio. Es tiempo de escucharlos y de practicar una cultura integracionista, que permita la armonía entre prácticas ancestrales, respeto a la naturaleza, políticas públicas y tecnología limpia. Es tiempo de cambiar.