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Una publicación de la asociación SER
Socióloga, analista política y de género.

Reforma política: consensos y debates

La comisión de reforma política ha presentado un nutrido Informe, con un importante bagaje de propuestas.  Entregado al Presidente Vizcarra, él mismo ha invitado a abrir un proceso de diálogo.

Esperemos que ese diálogo sea acotado en el tiempo, para seguir su proceso hacia el Congreso. Ciertamente, el riesgo es que se abra una vez más la caja de Pandora y terminemos no reformando nada. En un artículo que publiqué recientemente (El Comercio, 25/03), proponía unas consideraciones para ese debate. Además, creo que, dada la dificultad del diálogo mismo, sería deseable distinguir entre propuestas que ya tienen cierto consenso, y/o pueden discutirse de manera más acotada, frente a otros que proponen cambios más profundos del modelo, y requieren de un debate más complejo.

En el primer grupo tenemos, por ejemplo, el paquete de propuestas referidas al combate a la corrupción. Mediante el referéndum se dio un primer paso y las propuestas de la Comisión avanzan en esa línea. Ciertamente, puede haber diferencias, pero el consenso es más alcanzable. Es urgente y esperemos que se logre un pronto acuerdo.

Un tema concreto que debiera ser también rápidamente consensuado, porque se cae de maduro es el de los requisitos para la inscripción de partidos. Simplemente porque no existe ninguna otra democracia de la región (ni en Europa) con el nivel de exigencia de firmas (4%) para tal fin. Acertadamente, la Comisión de Reforma Política propone eliminarlo, reemplazándolo por otros referidos a demostración de militancia real. Asimismo, creemos que el hecho de que sea un reclamo general el contar con partidos más inclusivos permitiría avanzar en consensuar las propuestas relativas a una mayor y mejor participación ciudadana. Sobre ellas volveremos al final.

En el segundo grupo de propuestas, las que merecen un debate más profundo, son las que tienen que ver con el modelo de gobernabilidad y sistema de partidos. Modelo que se justifica en el diagnóstico. Según este, el sistema de partidos peruanos en los 80 habría sido “mucho más representativo” que el actual (p. 10) y en la década siguiente colapsó. Habría sufrido una “modificación en su capacidad de integración representativa” (p. 10) tanto por culpa de nuevos partidos como por la aparición de los movimientos regionales. Luego se concluye que lo que habría que hacer es restaurar ese sistema que antaño funcionaba, colapsado por esos factores externos.

Ese diagnóstico merece una revisión. Ciertamente, en los 80 hubo partidos con militantes y vida interna. El problema es el pobre enraizamiento territorial de un sistema político que hasta 1979 estaba entre los más restringidos de América Latina. Hacia 1963, el padrón electoral estaba apenas compuesto por el 18.9% de la población[1], uno de los más bajos de toda la región. Además, con un notorio centralismo y niveles decimonónicos: mientras en Lima estaba inscrito el 35% de su población, Apurimac, Huancavelica, Ayacucho, Puno y Cusco no llegaban al 9%. Sin embargo, hacia 1968, en vísperas del golpe militar de ese año, según da cuenta Julio Cotler, ninguno de los partidos representados en el Congreso proponía otorgar derecho al elegir y ser elegidos a los analfabetos (mayoría indígena)[2]. Cuando a partir de 1980 se incorporan gradualmente una masa de nuevos votantes (duplicando o triplicando en algunos departamentos su padrón electoral), los partidos mostraron sus débiles raíces. Es decir, su precariedad. Las izquierdas, ciertamente, tenían más bases rurales, pero en aquella década no lograron formar un partido. Eran grupos políticos fraccionados que a duras penas conformaron un frente. Y este es otro punto: esa persistencia por pretender, por ley, sólo tener partidos de amplio alcance nacional, y no permitir macro regionales, siendo un país con múltiples fracciones.

Si atendemos a esta mirada complementaria, desde la ciudadanía, el énfasis de una reforma no debiera ir tanto por “fortalecer” los partidos existentes y sus cúpulas, con mecanismos como eliminación del voto preferencial y una elección de congresistas en segunda vuelta (distorsionando la voluntad de representación y con un “efecto más drástico que la valla electoral”[3]). Tampoco el mantener la prohibición de organizaciones locales (“competencia” a los partidos que se busca fortalecer) a participar en elecciones municipales. Incluso en las provincias y distritos de mayoría indígena, ahí donde los partidos no ingresan.

Ciertamente, mecanismos para fortalecer la gobernabilidad son importantes. Pero creemos que es importante discutir previamente sobre los supuestos históricos y estructurales que llevan a la identificación del problema.

Justamente por esas discrepancias con el diagnóstico, coincidimos mayormente con el grupo de propuestas orientadas a una mayor y mejor participación ciudadana. Incluyen tanto la relativa a paridad de género como la reserva de escaño para pueblos indígenas. Este último, un tema constantemente eludido en previos intentos de reforma, y que no es de fácil solución (el consenso deberá hacerse tomando conciencia de ello).

Finalmente, volviendo al inicio. Esperamos que se acoten los tiempos del debate. Partamos por discutir los supuestos de nuestros diagnósticos. Y avancemos primero con aquellas propuestas que tienen el camino al consenso más allanado.

 

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[1]                    Del Águila, Alicia, “El otro desborde popular: el voto analfabeto, los nuevos ciudadanos y la ´crisis´ del sistema de partidos peruano”, en Elecciones vol. 8, n°9, 2009, p. 45.

[2]                    “Mecánica de la dominación interna y del cambio social en la sociedad rural”, en Lima, IEP, era edición 1983, p. 193

[3]                    Pease, Henry, Reforma política. Lima, PUCP, 2008, p.63.