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Una publicación de la asociación SER
Historiador

¿Por qué olvidar el pasado? [I]

La función social que suelen auto-asignarse los historiadores es la de proporcionar a sus conciudadanos una explicación de “los orígenes del presente”, mediante una narración de cómo es que se ha llegado a la situación actual. Sin embargo, muchas veces las sociedades no encuentran muy útil este tipo de conocimiento. Ese parece ser el caso del Perú.

La educación secundaria impartida en nuestros colegios solía detenerse en algún momento de mediados del siglo XX, porque los sucesos históricos más recientes parecían todavía demasiado inmediatos. Eran como “heridas frescas”, sujetas a diversas interpretaciones contradictorias (usualmente visiones opuestas de las causas y efectos de esos hechos más recientes, teñidos por las opiniones políticas de las personas que podían directamente recordar haber vivido esos hechos).

De algún modo, la pauta la habría marcado el gran historiador Jorge Basadre (1903-1980), cuya monumental “Historia de la República” terminaba con la elaboración de la Constitución de 1931, tras la crisis que dio fin al “Oncenio” de Leguía. El período posterior --las tres décadas y media del “Perú Oligárquico”, con su sucesión de gobiernos militares y civiles, hasta el golpe militar del general Velasco, en 1968--, era demasiado próximo y todos tenían una opinión al respecto, por estarlo viviendo y experimentando “en carne propia”.

En los textos escolares, la solución más “salomónica” (y apolítica) consistía en hacer una lista de presidentes, gobiernos y obras públicas, sin mayor explicación de cómo habían sido posibles tales sucesos. Esta manera de estudiar el pasado reciente hacia que la información, flotando en un “vacío interpretativo”, resultara incomprensible e inútil para entender la complejidad del presente. El salto entre la “historia del colegio” y la de los cursos de “Historia del Perú” que algunos pudieron llevar en la universidad (quizás un 15% de la juventud peruana), era significativo. Más distante era --y sigue siendo-- la diferencia entre los textos escolares y los estudios e investigaciones de los especialistas, que analizan diversos temas del pasado desde puntos de vista renovadores.

Esta situación, que ya era deficiente, empeoró a mediados de la década de 1990. La “reforma educativa” del fujimorismo desplazó el modelo del “aprendizaje de contenidos académicos” (como se impartía, con todas sus limitaciones, en los cursos de Historia, Geografía, Filosofía, etc.) por el de “desarrollo de capacidades cognitivas” (privilegiando las actividades básicas de comprensión de lectura y del estudio de las matemáticas). En este nuevo sistema, que continúa hasta la fecha, el estudio del pasado se ha convertido en un componente, entre varios, dentro de la temática llamada “personal-social” (una versión interconectada, pero simplificada, de los antiguos cursos de Ciencias Sociales y Psicología). El resultado en el ámbito del conocimiento del pasado es desastroso.

Cada cierto tiempo, los noticieros de televisión, de manera entre burlona y escandalosa, muestran a jóvenes (escolares o universitarios), las fotos de personajes del pasado peruano, reciente o más remoto, que éstos no atinan a identificar. Y luego, todos nos rasgamos las vestiduras…

Así, en el Perú neoliberal de los emprendedores de inicios del siglo XXI, el pasado es ampliamente desconocido e ignorado, a menos que pueda ser utilizado para poner un negocio turístico (de allí el desarrollo de las llamadas “industrias culturales”). Pero a esta amnesia que nuestro sistema educativo promueve se le suma lo que, sin exageración, puede llamarse “la conspiración del silencio”, sobre ese “pasado reciente” que, en su momento, Basadre decidió no estudiar, porque era el primero en reconocer los problemas de “falta de objetividad” que surgirían al abordarlo.

Esta “conspiración del silencio” en el Perú neoliberal de inicios del siglo XXI está específicamente dirigida al período histórico previo, a las dos últimas décadas del siglo XX. Precisamente al periodo 1980-2000 que investigó la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), y que plasmó en su “Informe Final”, presentado al país en agosto de 2003. Tanto el proceso de violencia política protagonizado por “Sendero Luminoso” y la represión estatal que originó, entre 1980-1992 (bajo la presidencia de Fernando Belaúnde, Alan García y el primer gobierno de Alberto Fujimori), como el gobierno autoritario fuji-montesinista, entre 1992-2000, han pasado al olvido de muchos peruanos y peruanas que vivieron esa época, o son ignorados por los mas jóvenes, que no tienen dónde informarse (como aquel taxista de veintitantos años que no podía creer que hubiera habido un amotinamiento de presos de “Sendero Luminoso” en las cárceles de Lima, en junio de 1986, ni que el gobierno hubiera ordenado a la Marina de Guerra bombardear la isla de El Frontón, algo de lo que jamás había oído a nadie hablar en su vida).

Un filósofo y novelista norteamericano de origen español, George Santayana (1863-1952), profesor en la Universidad de Harvard, acuñó, en 1905, una frase que parecería venir a cuenta: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La frase es lapidaria y no sólo se ha aplicado a situaciones individuales (auto-engaños y otros trucos psicológicos a los que, por temor, las personas recurren para no enfrentar situaciones que exigen decisiones importantes), sino que ha sido extendida a sociedades enteras, que han buscado ignorar su historia (en referencia a grupos neo-nazis, por ejemplo). ¿Es eso lo que le ocurrirá a la amnésica sociedad peruana de hoy, en el Perú neoliberal de los emprendedores de inicios del siglo XXI?

[Esta historia continuará]