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Una publicación de la asociación SER

¿Por qué no funciona el control de cultivos ilícitos?

Cuatro ideas para entender una política fallida

En el Perú, las políticas para el control de cultivos de hoja de coca han sido promovidas casi por 30 años, no obstante sus resultados limitados. A pesar de ello, estas políticas no han sido seriamente cuestionadas por parte de nuestras autoridades estatales. Por un lado, el Estado peruano, junto con la cooperación internacional, ha impulsado el desarrollo alternativo, una estrategia de desarrollo rural que, en la mayoría de casos, ha buscado que los campesinos sustituyan sus plantaciones ilegales de hoja de coca por cultivos legales[1]. Por otro lado, también se ha implementado continuamente la erradicación, que consiste en la destrucción manual de cultivos ilícitos. Aún luego de las inversiones millonarias que el Estado ha dirigido a estas medidas, el Perú sigue siendo uno de los principales productores de derivados cocaínicos del mundo. Aquí explicamos algunas razones que podrían explicar este fracaso.

→ Cuestionamientos a los cultivos alternativos

Los cultivos promovidos por el desarrollo alternativo han sido principalmente el cacao, el café de alta calidad y la palma aceitera, plantaciones que suelen requerir mayores cuidados e inversiones que la coca además de ser más vulnerables a las plagas[2]. Así, por ejemplo, el café de especialidad necesita de fertilizantes, de máquinas para tratar los granos y de un manejo adecuado luego de la cosecha. Además, aunque los programas de desarrollo alternativo han intentado colocar estos productos en mercados internacionales, muchos de ellos han tenido una recepción limitada. Las políticas proteccionistas de algunos países han impedido su comercialización exitosa y barata, por lo que la hoja de coca- que no necesita de mayores estrategias de colocación y venta debido a su alta demanda- ha tenido una ventaja comparativa. De otro lado, al igual que la coca, los cultivos alternativos también han recibido cuestionamientos de los defensores del medioambiente: tanto la palma aceitera como el cacao han provocado la deforestación de bosques primarios en la Amazonía peruana[3].

→  Una respuesta estatal insuficiente

Mientras que en la costa las empresas agroexportadoras tienen grandes propiedades de tierra y hacen mayor uso del crédito agropecuario y de la tecnología, las condiciones no son las mismas para la agricultura en la sierra y selva. Los productores cocaleros de la selva alta enfrentan grandes desventajas tecnológicas y materiales para cultivar y vender sus productos lícitos al tiempo que el apoyo del Estado a la pequeña y mediana agricultura es limitado. Esto se evidencia en el hecho de que el presupuesto público dirigido a la pequeña agricultura en el Perú haya tenido niveles muy bajos en los últimos años: para el año 2015 este constituyó solo el 2.3% respecto del presupuesto total, esto es, 370 soles por persona[4].

→  La falta de información clara y confiable

Al día de hoy, distintas entidades realizan mediciones periódicas sobre el cultivo de coca y la producción de cocaína[5]. Sin embargo, la falta de criterios uniformes y metodologías inequívocas ha provocado controversias respecto a cómo medir este fenómeno y, por lo tanto, respecto al número real de plantaciones de coca y de cocaína producida. Así, por ejemplo, la información más actualizada sobre factores de conversión no ha sido actualizada desde el año 2008, y según el análisis disponible 375kg de hoja de coca secada al sol son necesarios para producir un kilogramo de clorhidrato de cocaína 100% pura[6]. No obstante, en los últimos años se ha comprobado que se puede producir más cocaína con menos cocales por lo que se ha cuestionado esta medición así como el hecho de que los avances en la política sean medidos sobre la base de las reducciones del área cultivada de coca. Todo ello ha generado que los datos existentes sean susceptibles a especulaciones y distorsiones[7]

→  La industria de las drogas: una actividad económica flexible

Finalmente, cabe destacar la naturaleza de este fenómeno: la industria de las drogas es capaz de adaptar rápidamente sus condiciones laborales y de producción a nuevos contextos con el fin de percibir ganancias. Ejemplo de ello es el conocido “efecto globo” mediante el cual los patrones de producción han ido cambiando en busca de mejores condiciones para el cultivo de la coca. Ello supone un reto enorme en términos de coordinación y capacidades para cualquier iniciativa estatal que busque controlar efectivamente esta actividad.

Todo lo dicho da cuenta de la necesidad de generar una discusión abierta sobre las limitaciones de la política actual para el control de cultivos con la finalidad de poder obtener mejores resultados a largo plazo.

 

Miryam Nacimento Beltran pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

 


[1]Aunque han sido minoritarios, algunos programas de desarrollo alternativo han intentado ir más allá de la simple sustitución de cultivos con estrategias más integrales.

[2]La plaga de la roya amarilla afectó severamente las plantaciones de café en el 2014.

[3]Sobre la palma aceitera ver el informe elaborado por la Environmental Investigation Agency en el 2015 “Deforestación por Definición. El Gobierno Peruano no define Bosques como Bosques, mientras que la expansión de la palma aceitera y la influencia de la Malasia amenazan la Amazonía”. Sobre el cacao ver http://www.wri.org/blog/2015/08/%C2%BFcu%C3%A1nta-selva-tropical-hay-en-esa-barra-de-chocolate

[4]Baca, E.& Cornejo, C. (2014) Políticas y Presupuesto Público para la Pequeña Agricultura. Reporte 8-Balance 201. Lima: Grupo Propuesta Ciudadana.

[5]El Gobierno de los Estados Unidos y la Oficina de las Naciones Unidas contra el Crimen y las Drogas (UNODC), por ejemplo.

[6]Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (2015). Perú: Monitoreo de coca 2014. Lima.

[7]Sobre el problema de las mediciones de actividades ilícitas ver: Andreas, P. & K. Greenhill. (2010) Sex, Drugs, and Body Counts: The Politics of Numbers in Global Crime and Conflict. Ithaca, US: Cornell University Press.