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Una publicación de la asociación SER

Mujeres y minería: un eslabón invisible

La gran minería en nuestro país es vista como una fuente clave de nuestro desarrollo económico. Cuando se nos presentan imágenes sobre ella suelen ser representaciones de modernos campamentos y maquinaria operando en zonas remotas. Cuando pensamos en minería, imaginamos a los mineros, hombres vestidos con uniformes y cascos, avanzando hacia nuevas fronteras. Imaginamos también las nuevas ciudades y sus pequeños negocios que crean oportunidades de empleo. Después de todo, cada campamento minero, por más sofisticado y regulado que sea, sigue necesitando de servicios indirectos para construcción, transporte, comunicación, etc. Todos estos personajes y actividades son parte de la “cadena de valor” necesaria para lograr que la actividad se sostenga en el tiempo y muchas son también ejemplos de su “efecto multiplicador”[1].

Pero, ¿realmente son todos los actores involucrados? La cadena de valor de la minería no estaría completa si no se considera al eslabón femenino que también la conforma. En torno a grandes y formales proyectos mineros, existe una amplia red de mujeres que contribuyen al sector[2]. Una reciente investigación exploratoria y cualitativa para la Universidad del Pacífico (UP) nos ha ayudado a tener un poco más de información sobre estas dinámicas.[3]

Con cada trabajador que migra temporalmente desde las comunidades aledañas para emplearse en construcción o transporte, hay una madre o esposa que asume más responsabilidades en su hogar y en su chacra para sostener a la familia. Por cada trabajador tercerizado que necesita desayunar, un lugar donde dormir y dónde lavar su ropa, se encuentran muchachas jóvenes que reproducen las tareas que antes harían en sus propias casas.[4]

Ninguna de estas tareas es sencilla. En el primer caso, las mujeres que permanecen en las comunidades campesinas ante la falta de mayores oportunidades para ellas, ven disminuidas sus opciones para abandonar actividades y espacios de pobreza y desigualdad. En el segundo caso, las chicas que migran asumen largas jornadas de trabajo diario y con pocos días de descanso al mes, replicando el uso del tiempo de los obreros. Estos empleos lamentablemente, son de carácter precario tanto por sus escasos salarios como por la ausencia de derechos laborales y alta dependencia hacia sus empleadores.

Las actividades de cuidado que realizan las mujeres en ámbitos mineros, sea en comunidades campesinas o en las nuevas ciudades, pertenecen a un ámbito “privado” (valdría incluso decir, “íntimo”) que también forma parte de la cadena de valor minera que debe ser reconocido. Para ello, resta superar varios retos.

Primero, formalmente, el mundo íntimo del cuidado no es parte de las competencias de las grandes compañías mineras, pues ellas sólo deben (legalmente) encargarse de aquellos trabajos y actividades que crean directa e indirectamente con sus “encadenamientos”.

En segundo lugar, existe una larga lista de temas urgentes y pendientes en áreas mineras que acaparan la atención del débil aparato estatal presente en las zonas extractivas: cómo usar la renta minera, mejoras en infraestructura, acceso a servicios públicos, cuidado del medio ambiente, prevención y resolución de conflictos, etc.

Sin embargo, en el primer caso, si bien la precarización del empleo femenino en ciudades mineras no es responsabilidad “directa” de las compañías, sus trabajadores tercerizados se benefician del trabajo de las mujeres. Respecto a la responsabilidad de los gobiernos, la condición de las mujeres es parte de la discusión sobre el desarrollo sostenible, compromiso que cae bajo responsabilidad del Estado al tratarse de derechos humanos y civiles.

Si se va a reconocer que la minería posee un inmenso valor económico y político, no es posible negar el rol de todos los actores involucrados en la cadena de valor, incluyendo a las mujeres en el ámbito privado.

Pero, ¿cómo agregar un punto más a la complicada agenda de la gobernanza del sector minero en el Perú? Aquí algunas sugerencias:

1. Priorizar llegar a las mujeres para construir propuestas.

Muchas políticas innovadoras que buscan responder a demandas urgentes tienden a buscar respuestas traídas del extranjero o pensadas “desde arriba”. Si bien es válido aprender de experiencias de otros, resolver los problemas locales significa escuchar voces locales. Priorizar el involucramiento eficiente y efectivo de las mujeres es elemental.

2. Reconocer que la actividad del cuidado puede significar menores oportunidades.

Es fundamental no asumir que porque tradicionalmente las mujeres han sido las encargadas de cuidar los hogares y brindar servicios similares en ámbitos privados se debe ignorar su situación como un potencial problema. Es decir, no se debe “naturalizar” el cuidado y sus consecuencias. Al mismo tiempo, una intervención que transforme modos sociales de la noche a la mañana puede tener resultados contraproducentes. En este proceso de cambio, las mujeres pueden continuar siendo las principales “cuidadoras” pero deben contar con mejores programas y políticas sociales en salud y educación explícitamente dirigidas a aliviar su carga de trabajo de cuidado, lo que ayudará a transformar el uso de su tiempo.

3. Impulsar un planeamiento estratégico previo a la llegada de la gran minería priorizando la diversificación productiva con enfoque de género.

Los grandes proyectos mineros requieren de largos procesos de preparación de las localidades en las que se desarrollará la actividad. Así pasan varios años entre la entrega de una concesión, la exploración, la construcción del campamento, la urbanización local y el inicio de la explotación. Esto significa una ventana de oportunidad para impulsar actividades productivas (estén o no vinculadas a la actividad extractiva) en zonas sobre las cuales ya existe interés minero. Por ejemplo, resguardar la permanencia de la agricultura con mayor valor agregado y motivando la conexión de mercados locales y regionales significaría que más personas –incluyendo mujeres- tengan mayores y mejores opciones laborales[5].

Foto: Andina

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Esta semana la columna de Comadres cuenta con la colaboración especial de Lorena de La Puente. Plataforma Comadres es un espacio que busca posicionar el trabajo de mujeres jóvenes en el análisis de la política nacional e internacional.

 

[1] Se estima que la minería significa el 10% del PBI y más del 60% de las exportaciones (MINEM 2017). Para conocer más sobre su rol ver Baca (2017): http://propuestaciudadana.org.pe/wp-content/uploads/2017/08/La-agenda-de-la-sociedad-civil-frente-a-las-industrias-extractivas-en-el-Per%C3%BA.pdf

[2] Las investigaciones sobre minería y género son un área de creciente interés. Para algunos ejemplos latinoamericanos revisar Stefanovic & Saavedra en Chile (2016): https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/40405/4/S1600926_es.pdf, así como Salazar y Rodriguez para México (2015): https://mx.boell.org/sites/default/files/miradas_en_el_territorio.pdf

[3] Junto con Leda Perez y Daniela Ugarte realizamos una investigación en la provincia de Cotabambas durante el 2018 a nombre del Vicerrectorado de Investigación en la UP a través de su Concurso Anual.

[4] Es importante destacar que el Ministerio de Energía y Minas viene realizando esfuerzos para visibilizar el empleo directo femenino dentro del sector. Revisar: https://proactivo.com.pe/mem-lanza-informativo-minero-digital-con-estudio-sobre-la-participacion-de-la-mujer-en-la-mineria/. Sin embargo, como muestran Brereton, Cano y Paredes aún falta mucho por recorrer: https://www.up.edu.pe/SiteAssets/Lists/Prensa%20Noticias/AllItems/Brereton_Cano_Paredes_Practicas%20de%20Gestion%20Social%20Industria%20Minera%20Peruana%202018.pdf

[5] Para conocer más sobre iniciativas de diversificación productiva, revisar Propuesta Ciudadana: http://propuestaciudadana.org.pe/wp-content/uploads/2018/03/Es-posible-diversificar-la-econom%C3%ADa-o-seguimos-exportando-materias-primas.pdf