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Una publicación de la asociación SER

Mi primera semana en el Corredor Azul

Desde que cumplí 16 años y hasta el día de hoy, recorro la avenida Arequipa desde la primera cuadra hasta la última, y a veces sólo hasta la mitad.

Durante esos quince años, he caminado ocho cuadras de mi casa al paradero, he viajado apretada, golpeada y con el cuello torcido (algunas custers son muy bajas para mi estatura). He viajado a velocidad de un cohete invocando a todos los santos y me he estancado en el tráfico durante una hora aproximadamente. He vivido tres accidentes y visto dos de consecuencias fatales al año. He cedido el asiento en casi todas las oportunidades que tuve, pero sólo vi un 40% de jóvenes hacerlo, y de ese 40%, sólo el 5% fue voluntario. He visto al 100% de los pasajeros, choferes y cobradores tirar desperdicios y/o basura por las ventanas. He visto al 90% de pasajeros discutir con los cobradores por no dejarlos en el lugar que a ellos les da la gana, y he visto al 90% de cobradores y choferes faltar el respeto a mujeres dentro y fuera (acoso callejero) del vehículo. Además, en los últimos años, he visto al 80% de choferes prestar más atención a su “compañera de al lado”, a sus celulares, a la Tablet que transmite “Combate” y/o “Esto es Guerra” que al camino por donde conducen nuestras vidas.

Así que el pasado lunes, primero de setiembre, usar estos buses azules no fue para mí una mera curiosidad o aprovechar un viaje gratis: fue y es una necesidad casi diaria para mí.

El primer día decidí salir de casa con el plazo justo, a fin de probar la diferencia en el tiempo. Caminé, como siempre, las ocho cuadras; la cola fue larga y las quejas interminables. Las personas no querían hacer cola o te empujaban con insultos para subir a un bus que no llegaba o que ya estaba lleno. Cuando por fin subí, no se podía respirar, la gente continuaba bajando por la puerta delantera a pesar de las indicaciones constantes; incluso me atreví a decirle a una joven: “Señorita, se baja por la puerta posterior”, a lo que ella me contestó: “Cállate tú. Yo bajo por donde me da la gana”. Esta escena se repitió todo el camino y las quejas parecían aumentar en cada paradero. Escuché frases tales como: “avanza pues, mamita”, “avancen, avancen, al fondo hay sitio”, “qué chofer más idiota, podría haberse metido por ahí”, “si camino podría llegar más rápido que este idiota”, “cállense. Si no les gusta, bájense y no hablen tanto”, “yo nunca he caminado tanto para tomar un bus, así no se puede vivir”, “ahora es gratis, pero después, ¿qué?”, “yo bajo por la puerta que me da la gana”, “a mí nadie me dice por dónde debo subir o bajar”, “antes el micro me dejaba en la puerta, ahora tengo que caminar, ¿qué se habrá creído esa Susana?”, “hacer cola para tomar un transporte, ¿dónde se ha visto, por Dios?”.

Sí, el bus iba lento. Sí, el primer día no hubo la cantidad suficiente de vehículos. Sí, fuimos incómodos. Sí, llegue tarde. Lo que normalmente me toma 20 minutos, me tomó casi una hora. Bajé en otro paradero y caminé tres cuadras más de las que suelo caminar al llegar. Y, sí, se podría decir que fue todo un caos.

Los siguientes días, las quejas continuaron. La mitad de las personas ya subían y bajaban por donde debían (¡sólo la mitad!);  hubo más buses, lo que hizo el viaje un poquito más cómodo; las colas fueron un poco más cortas y ordenadas; demoró un poco menos el recorrido (pero no en horas puntas, pues no se contó con la astucia de los vehículos particulares que invadían todos los carriles). Además, salí más temprano de casa, repasé el folleto que me entregaron “semanas antes” y ya  no me equivoqué al bajar.

Es cierto que la reforma de transporte tiene muchas deficiencias. Hay aspectos que deben cambiar y/o mejorar urgentemente. También es cierto que será un golpe duro para el bolsillo de muchos. Consideremos que no todos recorren sólo la avenida Arequipa, y sí es cierto que la mayoría que está a favor del corredor azul no suelen utilizar transporte público.  Sin embargo, no es cierto que la reforma de transporte sea improvisada. Es un proceso que toma mucho tiempo. Existen concesiones, licitaciones, estudios previos, reemplazo de rutas, involucra empresarios, trabajadores, etc. Es algo que ni siquiera puede llevarse a cabo en un año. Tampoco es cierto que las colas sean innecesarias o inútiles, porque el propósito de ellas es mantener el orden y el respeto. Retrocedamos en el tiempo y recordemos nuestros años escolares. Yo estudié en un colegio católico, pero, al igual que en un colegio nacional, formábamos antes de entrar al salón. ¿Recuerdan? Hacíamos colas o filas. Volvamos al tiempo actual: ¿han notado la diferencia entre ir a comprar a la bodega de la esquina e ir a hacerlo a un supermercado? En una bodega no importa quién llegó primero, todos quieren ser atendidos a la vez, no hay respeto, no hay orden, todos hablan al mismo tiempo. En cambio, en un supermercado, ¡oh sorpresa! colas de nuevo. ¿Entendieron la finalidad?

Todo cambio para mejor es complicado, requiere tiempo y paciencia. La primera vez siempre tiene defectos; por algo es primera vez. La reforma de transporte es necesaria, pero también es necesaria una reforma de cultura. Si la primera semana oficial de los buses azules fue caótica, en gran parte fue culpa de nosotros, los usuarios. No nos gusta el orden, no nos gusta seguir indicaciones, queremos que todo sea rápido y al modo de cada uno. No sabemos respetar a los demás, anteponemos nuestra necesidad al beneficio de toda una ciudad.

¿Prefieren seguir viajando en vehículos inseguros, a toda velocidad, como animales, con tal de pagar un sol y que los deje en cualquier lugar? Pues yo no. Yo respeto mi vida, quiero seguridad, quiero orden y quiero una ciudad limpia, tanto vehicular como ambiental.