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Una publicación de la asociación SER

Los 70 años de Tito Flores: “¿Para quién se escribe la Historia?” (1981)

Habiendo nacido en 1949, este martes 28 de mayo el recordado historiador marxista peruano Félix Alberto Flores-Galindo Segura hubiera cumplido 70 años.  Sin embargo, su muerte a los 40 años de edad, ocurrida el 26 de marzo de 1990, cortó prematuramente su valiosa actividad historiográfica y su rol de “intelectual público”, hace ya 29 años.  Quizás el mejor homenaje que se le pueda rendir a Tito Flores es dar a conocer a las jóvenes generaciones sus ideas --accesibles en los 7 volúmenes de sus ‘Obras completas’, coordinadas por su viuda, la antropóloga Cecilia Rivera--, ideas que sin duda incentivarán la reflexión, el debate y la discusión que él siempre intentó promover, buscando el cambio social, político y económico de las mayorías de peruanos y peruanas.

Estudió la carrera de Historia en la Universidad Católica (1966-1971) y se graduó con una tesis de Bachiller sobre “Los mineros de la Cerro de Pasco, 1900-1930” (1972).  El trabajo lo hizo bajo la asesoría de Heraclio Bonilla, con quien viajó siendo estudiante al asiento minero de Morococha (Departamento de Junín).  Entre los agradecimientos de la tesis se mencionan: “a Pablo Macera, trabajando con el cual, allá por 1968, nació nuestra inquietud por la historia de las clases populares, y a los obreros de ensambladoras, con cuyo contacto estas inquietudes se precisaron y dejaron de ser puramente teóricas” (‘Obras completas’, tomo I, p. 184).

Cuando la tesis fue revisada y publicada en julio de 1974, de regreso de una beca de estudios doctorales en Francia (1972-1974), escribió en la introducción de este su primer libro: “hoy más que nunca, es necesario profundizar en una historia que como la del movimiento obrero peruano, salvo las excepciones dadas por los trabajos de Lévano, Kapsoli, Sulmont, ha caído en el mayor descuido desde los tiempos pioneros de Mariátegui y Martínez de la Torre.  Sin un conocimiento real de la clase obrera es evidente nuestra limitación para la comprensión y la acción sobre el presente” (‘Obras completas’, tomo I, p. 184).

Reparemos en que todo esto ocurría durante la “Primera Fase” del Gobierno Militar del General Velasco Alvarado.  El presente era la inspiración que guiaba el estudio del pasado: hacer inteligible el presente, comprendiendo cómo se ha llegado a él, y actuar en él para avanzar a un futuro mejor, socialista.  A eso se dedicó Tito Flores durante los siguientes 15 años.  Su muerte coincidió con los cambios a nivel mundial (caída del Muro de Berlín en octubre de 1989, colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1990).  El mundo neoliberal y políticamente derechizado en el que vivimos él no lo pudo prever.

Y, sin embargo, sus ideas no dejan de llamarnos a reflexión.  Como, por ejemplo, el texto que publicara en el periódico ‘El Diario de Marka’ (Lima), el 8 de enero de 1981, y que copiamos a continuación.

Tómese en cuenta que antes de 1990 no había computadoras personales y todos escribíamos en ‘máquinas de escribir’; que el debate en las Ciencias Sociales estaba dominado por la confrontación de diversas corrientes del marxismo; y que la labor de investigación era una práctica cuasi artesanal.  Desde entonces, ha habido una profesionalización ampliada de las Ciencias Sociales, incluyendo a la Historia.  Y en el Perú, en particular, el marxismo ha perdido la importancia académica que llegó a tener en esos años.  Con todo, los proyectos de investigación colectivos que se han podido desarrollar en los últimos cuatro décadas, desde 1981 hasta hoy, han estado definidos no por los intereses de los investigadores peruanos, sino por las agencias internacionales --europeas o norteamericanas-- que han financiado esos proyectos.

La propuesta de Tito Flores, de hacer una “historia popular en el Perú”, es decir, una “historia del pueblo peruano”, que sea de interés y accesibilidad a las personas comunes y corrientes, porque exprese sus vivencias en el pasado, sigue vigente.  Y un componente fundamental, especialmente para el estudio del siglo XX, es la Historia Oral, metodología que, por definición, obliga al investigador a escuchar lo que las personas tienen que decir.  En eso, Tito sigue teniendo toda la razón.

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¿Para quién se escribe la Historia?*

“Todo texto está destinado a un público.  Afirmación obvia aunque no lo era así para los historiadores tradicionales que, entendiendo a la historia como un “diálogo con los muertos” (la definición es de Guillermo Lohmann), podían prescindir fácilmente de los vivos, atosigarse de erudición y escribir exclusivamente para sus “pares”, en textos prolíficos en anotaciones y en un estilo suficientemente arcaico como para desalentar a cualquier lego.  La monografía se convirtió en el género por excelencia.  Fueron descuidados los problemas generales, la discusión de conceptos y las visiones de conjunto.  En el ambiente de los años 1940 ó 1950, esta historiografía contribuyó a ese provincialismo que aisló al Perú del continente de los problemas mundiales, todo lo cual tendrá como consecuencia no disponer de una imagen total de la evolución histórica peruana.  Es decir, una historia del Perú que no fuera el recuerdo de biografías.  Los esfuerzos de Jorge Basadre por “una historia peruana del Perú” [1947], no consiguieron atraer a los historiadores de entonces.

La historia tradicional --esta fue su mayor carencia-- no tenía una personalidad nacional, un perfil definido y distinguible.  Retrasada y arcaica --era la historia que se hacía por los mismos años en Sevilla bajo la inspiración del Opus Dei-- no podía ser una historiografía a la escala del país, en función de sus proyectos y necesidades, porque ni siquiera se lo proponía.

Pero la historia marxista no está necesariamente libre de estas deficiencias.  El elitismo que nacía de antiguas tradiciones familiares sustentadas en la solvencia económica, ha sido sustituido por las becas y las donaciones extranjeras, los viajes al exterior, el turismo de los congresos y reuniones de historiadores, donde a la par que se han integrado los científicos sociales del continente, se han ido paulatinamente alejando de sus realidades nacionales.  Se esboza así una historiografía desarrollada especialmente entre argentinos y mexicanos, que toma como parámetros los mejores avances de los norteamericanos porque quiere ser admitida en una supuesta comunidad internacional para cuyo consumo surgen revistas especializadas, donde nuevamente los historiadores --o científicos sociales en general-- escriben para leer en familia, unos a otros.  En síntesis, un tipo de quehacer histórico (o sociológico) que no nace de una manera específica y autónoma de pensar una realidad en función de sus necesidades internas, sino de los viajes en avión y, como los vuelos, está desligada de la tierra y termina por ser extremadamente costosa.

En alguna medida la investigación social acaba reproduciendo mecánicamente ciertas formas de organización económica.  La vieja actividad artesanal, hecha por un individuo sumergido en el archivo con la sola ayuda de un lapicero y un cuaderno de notas, es reemplazada por ambiciosos proyectos que requieren el uso de computadoras, numerosos asistentes y secretarias, todo lo cual es imposible de llevar a cabo sin financiación externa.  Aparecen especies de multinacionales de la investigación dirigidas por historiadores generalmente extranjeros (tienen más facilidades para conseguir créditos) para los cuales la historia peruana es un depósito de materias primas (léase fuentes) poco frecuentadas, inéditas y donde cualquier hombre medianamente culto puede compensar su escasa solvencia intelectual con el atractivo del material inédito y del territorio virgen.

Una parte de la llamada historia marxista corre el riesgo de caer bajo la encandilación de estos proyectos que la desligan del país.  Textos impersonales, fríos, escritos para aburridas reuniones de historiadores, sin adjetivos, sin pasión, porque al fin y al cabo no comprometen vitalmente y no arriesgan nada (salvo ganar o perder un vuelo en avión).

Sin embargo en este panorama hay variantes.  Existen intentos --apenas esbozados-- de integrar en el análisis histórico los recuerdos colectivos, esa historia entretejida oralmente por las clases populares y transmitida generación tras generación, componente indispensable en la conciencia de clase.  La historia contemporánea del movimiento obrero o de las luchas campesinas no puede hacerse sin acudir a los propios protagonistas o a los testigos presenciales.  Esta historia oral no sólo añade vida y “color local” al relato sino que, por encima de eso, aporta una perspectiva diferente para pensar los problemas desde las clases populares.

Aunque los nuevos avances de la historiografía peruana no han podido llegar a un público suficientemente amplio existen obras como la ‘Historia del movimiento obrero’ [1977] de Sulmont se han elaborado en relación con los propios trabajadores, discutiendo planteamientos e interpretaciones en cursillos sindicales, para de esa manera integrar la experiencia colectiva.”

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* Texto tomado de: Alberto Flores Galindo, ‘Obras completas’ (Lima: Casa de Estudios del Socialismo SUR, Fundación Andina, 1993-2011, 6 tomos en 7 vols.), tomo V (‘Escritos 1977-1982’), pp. 246-248.

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