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Una publicación de la asociación SER
Cusqueño de nacimiento. Con estudios de Filosofía y Ciencias Religiosas en el Instituto Libre de Filosofia y la Universidad Ibero Americana (México,D.F). Diplomado en Antropología en la PUCP.

Lo que podemos aprender de Mandela

Uno de las personas más valiosas de la humanidad ha fallecido, pero no ha muerto. Los hombres o mujeres que hacen lo que hizo Madiba nunca mueren para la historia y menos para Dios. Creo que el legado que nos deja es tan grande que todos los hombres tenemos algo que aprender. Pienso que son tantos los aspectos de su vida y su obra, que uno no sabe cuál tomar. A pesar de que en el Perú no lo conocemos lo suficiente, me pregunto por ejemplo ¿cuántos de nosotros hemos leído algo de su vida y su pensamiento? En nuestras instituciones educativas, colegios, universidades y otras casas de formación no se enseña nada de él. Pero “nunca es tarde cuando la dicha es buena”. Podemos ahora que ha fallecido  aprender algo más de su ejemplo y sus palabras.

Haciendo una pequeña comparación, podemos preguntarnos con toda honradez: ¿Qué nos hace daño a los peruanos? ¿Qué cosas son las que nos dividen y cómo podríamos superarlas para bien de todos? Mandela luchó contra el  Apartheid de manera frontal y consecuente. Estaba dispuesto a dar su vida por ese objetivo. El vio con toda claridad que su lucha tenía que ir en contra de ese sistema que se basaba  en un racismo heredado de cientos de años. Nos podemos preguntar: ¿Qué cosas son las que nos dividen y son fuente de injusticias y destrucción de los sueños de nuestro  país? Yo pienso sinceramente que una de las cosas que  nos destruye es precisamente el racismo,  que vive y se expresa de muchas maneras entre nosotros. La segunda -también de mucha importancia- es el machismo y la corrupción. A lo que se suma  la falta de dignidad, que en los últimos años ha ocupado tanto espacio en los noticieros y medios de comunicación.

Mandela,  empezó desde muy abajo y dio prioridad a la educación, siendo  casi el único de sus varios hermanos que estudió. Por eso dice: “La educación es una de las armas más poderosas para cambiar la historia de los pueblos”. Estudió derecho y desde él fue descubriendo que su nación, y en general toda África, vivía, y todavía vive, en un sistema injusto, segregacionista y por lo tanto violento, que era justificado por los detentores del poder y  sus ideólogos. Esa comprobación en el comienzo de su vida lo llevó a tomar las armas y terminar preso, siendo  considerado como un terrorista  violento. Los 27 años de cárcel que sufrió lo llevaron a reflexionar y tomar una nueva posición sobre  la manera de resolver la injusticia y la violencia de un gobierno que se basaba en el racismo  absoluto.

Los años de cárcel no le quitaron nada del análisis que había hecho ni la convicción de lo justo de su lucha. Lo que sí  cambio fue la manera de lograrlo y, precisamente, en eso radica su fuerza. Trabajó junto con sus compañeros de lucha en demostrar que la paz y el desarrollo se logran con la verdad y el dialogo comprometido. No puede haber democracia sin justicia social, etc. No solo es cuestión de verdad, sino de la voluntad de caminar juntos por el bien de los contrarios.

Por ejemplo, ya pensando en el Perú, tenemos que convencernos que el racismo nos degrada, nos hace menos personas, porque nuestro desprecio siembra más desprecio, que nuestro abuso produce resentimiento y no construye nada, por el contrario produce desconfianza, miedo e infelicidad tanto en el racista como en el que es despreciado. Este racismo se expresa con bastante evidencia en la discriminación laboral de “los cholos baratos” y más todavía en las condiciones en las que viven las trabajadoras del hogar o servidumbre.

O como cuando pensamos en el machismo tan brutal como el que vivimos en el Perú: somos uno de los países con más feminicidios al año en América Latina, de los primeros en abortos provocados por palizas y humillaciones de parte de -nada menos- parejas y esposos. Los efectos morales, psicológicos y, ahora nos dicen los estudios, económicos no tienen medida para las familias y los países donde se dan. En Canadá, por ejemplo, cuesta más la curación de las víctimas por violencia familiar que las del cáncer, al punto de ser  considerada una enfermedad pública. En el Perú, apenas estamos en la etapa de las denuncias, no tenemos casi nada avanzado en lo que es atención y menos aún en prevención de esta plaga deshumanizadora. Si los hombres y mujeres machistas se dieran cuenta del mal que hacen y se hacen, cambiarían con más rapidez  y sinceridad.

Finalmente, la corrupción es una expresión más de nuestra falta de dignidad, ya que muestra el poco valor que nos damos. Creemos que el dinero, el placer y los favores inmerecidos pueden conseguirlo todo. En este sentido, la mala formación  que nos dan  nuestras propias familias es una de las causas de esta miseria moral en la que estamos. La facilidad con la que mentimos, la falta de esfuerzo para conseguir lo que deseamos nos hace muy vulnerables a la coima, a ‘untar’ con un poco de dinero al funcionario que nos debe entregar un documento, a pagar para conseguir un brevete que podríamos adquirirlo de manera honesta y justa, son algunas de las muestras de nuestra falta de dignidad. Esta manera de ser y vivir se ha metido tan profundamente en nuestras vidas que ya no sabemos distinguir entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo digno y lo indigno, entre ser cristiano o un ateo práctico, etc, etc.

Si algo nos enseña este gran padre de la nueva Sudáfrica es el valor de ser limpio, de hablar con la autoridad del que hace lo que dice sin buscar  su interese y conveniencia, buscando tratar a los demás como nos gustaría que nos traten, liberándose de toda forma de venganza porque el que tiene rencor es un perdedor y un pobre esclavo de su propio rencor. Y que así como se aprende a odiar y despreciar, se aprende, y con más naturalidad, a amar y valorar.

Estamos llamados como país a escuchar y aprender de este gigante qué  es verdaderamente trabajar por el bien común, junto con nuestras preferencias y opciones políticas, que los extremos nos han hecho muchísimo daño, al igual que la mediocridad de nuestra manera de ser y pensar, que es mejor servir que ser servido, que es más feliz el que da que el que recibe, etc. Empecemos leyendo sus escritos, viendo las películas sobre su vida, conociendo su manera de analizar y plantear las cosas y finalmente haciendo algo de lo que estamos planteando superar. Nada de lo que hagamos será poco.