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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

¿La Universidad que queremos?

“Cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual”.
J.M. Coetzee

Competencias, competitividad, emprendedores, empresarios, progreso, desarrollo…  Sigo con atención los debates en torno a la expansión del neoliberalismo en la Universidad. Ya otros han comenzado a dar cuenta del crecimiento en personal administrativo en detrimento del aseguramiento de la calidad académica en la plana docente y el fomento a la investigación. Enhorabuena que tenemos una nueva ley universitaria que incluye investigación y el papel del docente-investigador como uno de sus aportes. Pero, mi preocupación va más allá, hacia el problema que la compartamentalización educativa ha generado –una gran brecha entre disciplinas, un diálogo de sordos que se refleja en campus universitarios con áreas que poco o nada conversan.

Coetzee se graduó en matemáticas y lengua inglesa y terminó como escritor en medio del período más duro del apartheid en Sudáfrica.  En su obra ahonda sobre el mundo de las sombras, la censura, los sentimientos más profundos que conllevan el odio y la violencia. En un discurso público arremete sobre una de sus preocupaciones actuales, que es la de muchos que trabajamos en universidades y hacemos investigación, si crece el aparato administrativo de una Universidad, relegando el campo humanístico y científico básico, ¿hacia dónde nos encaminamos en la reflexión sobre la universidad como el espacio de formación de ciudadanos y como el espacio de saber y reflexión crítica? ¿Dónde queda la lectura por placer, el trabajo entre especialistas de distintas disciplinas, la curiosidad y el aprendizaje constante?

El avance neoliberal en la universidad hace que el campo de investigación en humanidades y ciencias básicas decrezca frente a la expansión de carreras técnicas y profesionalizantes. En el contexto peruano ha sido mal traducido a hablar de universidad y la formación de emprendedores, a hablar de competencias y el fomento de la competitividad, a hablar de emergentes y la formación de empresarios. Ya Foucault ha escrito (y mucho) sobre el poder de nombrar –de denominar y crear categorías y con ello seguir profundizando brechas. ¿Quiénes son los emprendedores? Una categoría más que oscurece la discusión más profunda que cuestione las relaciones de desigualdad que parecen intrínsecas en nuestra fragmentada sociedad, que obnubila y enmascara una discusión enraizada donde el pobre solo podrá ansiar volverse emprendedor pero no empresario (salvo “pequeño” o “mediano”) y donde la investigación de calidad quede relegada a un pequeño bastión de resistencia básica. ¿Queremos una universidad que forme emprendedores o una Universidad que forme ciudadanos? El emprendedurismo se ha instalado como el argumento central de una ideología neoliberal. No nos lleva a avanzar como país ni a fomentar el desarrollo de la investigación en la academia. Son más bien nombres que aparentan visibilizar y reivindicar el derecho de sectores relegados a su ciudadanía, pero que al mismo tiempo, revisten viejas y hegemónicas jerarquías. Al contrario, la Universidad debe más bien insistir en replantear y cuestionar estas nociones asumidas como “dadas”, debe llevarnos a promover un dialogo tolerante con el otro, a promover el intercambio y la investigación científicas, la curiosidad básica por aprender y preguntarnos cuestiones fundamentales.

Si la Universidad privada tiene hoy estos problemas, los problemas de la universidad pública son más complejos pues ahí, además de la precariedad económica, de recortes y revisiones, y temores de intervención, se suma el estigma que llevan consigo después del conflicto armado interno y que diversos reportajes televisivos insisten en resucitar de tiempo en tiempo volviendo sobre el fantasma senderista y el crecimiento del MOVADEF. No hay una reflexión sobre lo que no hicimos o qué dejamos de hacer como sociedad para que nuestros jóvenes opten por esa vía política violentista.

Con líneas editoriales como la de El Comercio del viernes 27 de junio que sostienen que “si el oficialismo está intentando reactivar la economía y promover las inversiones, sería contraproducente aprobar este proyecto intervencionista de gran escala, pues se enviaría un pésimo mensaje a los empresarios que se intenta tranquilizar.” [1]  ¿A quién quieres satisfacer con una universidad? ¿Estamos hablando con empresarios, universidades-empresa o incubadoras-empresa? No es demonizar a quienes encuentran su camino en el mundo empresarial, pero sí es dejar abiertas las puertas para el conocimiento y el debate crítico.

La Universidad es la plataforma para el debate político y democrático. Es ese el espíritu con el que nace, con el fomento del saber pero en cuyo tránsito, en un país como el nuestro, su recorrido y accesos se reducen para pocos, para pequeños grupos. La reforma universitaria además de los cambios en la forma de gobierno y el insistir en el aseguramiento de la calidad, debería retomar el aula como el espacio para el debate académico, para el quehacer político, para volver sobre preguntas fundamentales sobre nuestra sociedad, nuestra historia, nuestra gente, sobre el universo, para el fomento de la curiosidad científica. No quiero que cambien las cosas, y que todo permanezca igual.

 

Notas:

1. http://elcomercio.pe/opinion/editorial/editorial-como-arruinar-universidades-noticia-1737453