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Una publicación de la asociación SER

La pinta no es lo de menos

Te elegí para gobernar, no para matar, Conga no va, es la pinta plasmada sobre la base del monumento al libertador José De San Martín que expresa no solo la realidad constantemente ocultada, negada y silenciada por el oficialismo y los medios de comunicación alineados con el gobierno, sino también la opinión masiva en el país y particularmente es una expresión que explica lúdicamente el momento político por el cuál transitan muchos jóvenes desde hace bastante tiempo en Lima.

Escrita en primera persona, la pinta condensa una idea generalizada de los jóvenes que en su gran mayoría apostaron por Ollanta Humala, y asumieron, en medio de las elecciones presidenciales del 2011, las campañas del Partido Nacionalista del Perú y la llamada “Fujimori Nunca Más” en Lima. Y pintar no fue lo único que hicieron en aquella coyuntura histórica, excepcional, que significó un aprendizaje político intensivo para ellos, también repartieron volantes, gritaron con megáfonos, formaron piquetes informativos, activando tan libre, desesperada y alegremente cómo lo permite la democracia.

Pero los jóvenes no solo se han expresado ahora, sino que desde el comienzo del conflicto por el Proyecto Minero Conga, mostraron su disconformidad y oposición al gobierno que eligieron. Mucho antes que los políticos de izquierda pasaran a la oposición, ellos ya se encontraban en ella, activando, pintando. Es decir, el viraje de Ollanta Humala ha sido tan rápido como el de los jóvenes contra él.

Inclusive, los jóvenes cambiaron mucho antes. Quienes orgánicamente soportaron sobre sus hombros la campaña de Humala ya no contaron, semanas después de asumir la presidencia, con aquel local del Partido Nacionalista del Perú en la avenida Mariátegui, al frente del café Berisso, para reunirse y continuar todo lo que discutieron, propusieron y soñaron reunidos en ese lugar durante la campaña de la Gran Transformación.

Casi dos meses luego de que asumiera Ollanta Humala la presidencia, un amigo vinculado a ese espacio, que era el de mayor movimiento político en Lima y donde cientos de jóvenes transitaban diariamente activando a favor de la promesa de cambio, me dijo que habían cerrado la “Casa Mariátegui”. “Vamos a pintar, remodelar la casa, para que vengan y puedan seguir reuniéndose”, me comentó que le habían dicho cuando un buen día se acerco al local y no le dejaron entrar. Nunca más supo del local; termino articulándose con aquellos jóvenes que también pensaron en continuar, entre ellos Gerald Foster Cevasco.

¿Pero que sucedió? ¿Cómo así el cambio? ¿Qué pesadilla es esta? Los jóvenes más que deprimirse ante la traición de su líder, continuaron. Entendieron que Ollanta Humala los utilizó para su campaña. Luego de obtenido el sillón presidencial, se olvidó de aquellos sueños. Lo mismo sucedió con la crítica frontal a las esterilizaciones masivas del gobierno de Alberto Fujimori. Solo le sirvió al candidato para golpear a su contrincante. Una amiga, víctima de esterilización forzada, Victoria Vigo, en medio de la marcha donde luego sucedieron las pintas, me comentó que se sentía utilizada y que por eso estaba ahí. El sentimiento de haber sido traicionados, es bastante generalizado en el pais, en Cajamarca, en Lima, y es bastante penoso que esto pueda suceder.

Pero volviendo al inicio de esta columna, la pinta -que no es lo de menos- expresa un sentimiento común de un buen sector de la juventud limeña que ha tenido que pasar ese trago amargo de la traición, y que hace mucho tiempo viene activando, incluso antes que los políticos de izquierda, contra las muertes, la criminalización de la protesta, la escasa libertad de expresión y tránsito que este gobierno viene limitando cada vez más. Y lo hace con esa misma música, esas pintas, marchas y performance que en algún momento estuvieron apoyando al entonces candidato y ahora presidente. Escrita en primera persona, la pinta condensa un inagotable sentimiento en muchos de los jóvenes: cambio y libertad.