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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

La mirada del Estado unitario

Veo las noticias con el desfile de los entrantes y los salientes ministros; abrazos, todo es alegría en el gabinete en pleno. Y me pregunto, ¿de dónde viene esa forma de pensar el Estado como un ente unitario, fijo, corporalizado y expresado en, digamos, algunos ‘grandes nombres’ y cargos? ¿Por qué resulta conveniente para algunos referirse al Estado como algo único cuando en realidad es una serie de niveles de poder vasto, de portafolios, instituciones, locaciones, agendas e intereses? Hay mucho de mito y de rito que sostiene este argumento. Elites que gobiernan y sienten cómo su poder se extiende cuando el Estado es objetivado en singular –el poder de nombrar y controlar históricamente una población. Esta es una discusión ideológica, no cabe duda, que convierte a algunos en un número, un código, a lo más un Excel, como parte de algún programa público, en una estadística.

El concepto de biopolítica de Foucault nos ayuda a pensar la forma cómo se ejerce un poder para administrar ciudadanos y con Agamben aprendemos sobre la idea de un Estado con soberanía única. Pero ambos conceptos se sustentan en una institucionalidad fuerte que no nos ayuda a mirar nuestro contexto. Estos conceptos no nos ayudan a mirar la dimensión cultural y social del Estado –cómo este es aprehendido, imaginado, vivido y sentido por los ciudadanos. Como nos sentimos si llegamos tarde a una mesa de partes o si la persona de la recepción de documentos nos dice que aún nos falta traer este u otro papel para completar los requisitos de alguna solicitud. El Estado es aprehendido social, histórica y simbólicamente por sus ciudadanos –es imaginado y cantado en muchos lugares. Los pumpines al Señor gobierno de la ciudad de Lima pidiendo que la educación no se privatice que recogiera como parte del equipo de trabajo de campo del Instituto de Etnomusicología de la PUCP en los años 1990, están ahí para hablarnos de dos cosas: el centralismo de Lima decide, y la manera identitaria como se construye la figura del Estado como una totalidad que ejerce poder sobre todos. Es interesante pero su forma monolítica es también aprehendida por quienes somos gobernados y nos referimos al Estado como un sujeto.

Pero llegamos al Estado a través de sus funcionarios, de estos representantes que desfilan en la casa de Pizarro para llevar sus bandas ministeriales y juramentar en nombre de la nación. Pero  ¿de qué nación se está hablando? ¿Quiénes son los incluidos? ¿Cómo seguir hablando de crecimiento económico cuando seguimos teniendo tantos o cuántos pobres y pobres extremos?  ¿Cómo hablar de reconciliación si las partes en conflicto y las víctimas siguen esperando justicia, verdad y reparaciones? ¿Cómo hablar de democracia si cada vez que hay alguna manifestación o protesta que denota otra forma por la cual se quiere ser gobernado, esta es reprimida con violencia por parte de los agentes del Estado?

El Estado del que conversamos a diario está representado en esa sala de Palacio de Gobierno. A todas luces representado por aquellos que lucen sus bandas con sonrisas y congratulaciones. ¿Qué traen consigo estos funcionarios públicos en esta nueva gestión? No sé. Me guardo mi pesimismo. Lo único a lo que apunto es a la necesidad de comenzar a quebrar esa mirada monolítica que se tiene sobre este aparato de gobierno público y a la necesidad de dejar de lado procesos de homogeneización administrativa.