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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Jornada democrática pero sin fiesta

Acabamos de pasar una jornada electoral en la cual hemos elegido nuevas autoridades para el país, aunque la disputa por la Presidencia de la República se extenderá algunas semanas más, esta vez solo con la participación de Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Pedro Pablo Kuczynski (Peruanos por el Kambio).

“Fiesta democrática” es un término que se suele usar para describir la importancia de las elecciones, acontecimiento central en la vida de cualquier sistema político que se asuma como democrático. La mayoritaria participación de la ciudadanía y la clara expresión de sus preferencias alejan del escenario las acusaciones de fraude levantadas por Julio Guzmán, replicadas en forma irresponsable por el Secretario General de la OEA, o las dudas de algunos sectores de la ciudadanía sobre la limpieza de estas elecciones. Más allá de dificultades logísticas, la jornada electoral ha sido una expresión democrática. Pero la forma en que se desarrolló el proceso y los resultados del mismo impiden verla como una “fiesta”.

No se puede celebrar un proceso que, gracias a una suma de irresponsabilidades, devino en atípico. Hay irresponsabilidad en el Congreso – y los partidos que lo conforman – por aprobar una ley absurda, con un contenido a contracorriente de las propuestas de reforma electoral que se le plantearon con la debida oportunidad. Irresponsable también fue el Poder Ejecutivo por observar la norma el mismo día que se convocó a elecciones. El círculo de irresponsabilidades vuelve al Congreso por insistir en la promulgación de dicha norma y exigir su cumplimiento pese a que el proceso electoral ya se había iniciado.

Tampoco contribuyó que el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) se pronuncie a cuentagotas sobre la vigencia de las distintas disposiciones de la cuestionada ley, generando un escenario de inseguridad jurídica para las organizaciones competidoras. Asimismo, sus interpretaciones jurídicas, especialmente las relacionadas con la exclusión de candidatos, aunque legales, no privilegiaron los aspectos sustantivos más importantes, y al no gozar de unanimidad ocasionaron una pérdida de legitimidad del máximo organismo electoral, afectando con ello al proceso en su conjunto. Esto mismo abrió la posibilidad para el retiro de algunas candidaturas de la contienda, lo cual extiende la situación en la cual mantenemos un número importante de partidos sin vida orgánica ni representatividad.

Por si no fuera suficiente con este panorama, los resultados también generan preocupación. La mayoría absoluta que Fuerza Popular ha obtenido en el Congreso trae el recuerdo de la década de los noventa, con un Parlamento – y un Estado – sin contrapesos ni controles, y penetrado hasta la médula por la corrupción. A juzgar por las declaraciones de algunos integrantes de esta lista, el riesgo de deslizarse hacia la intolerancia y el autoritarismo sigue allí presente.

¿Es posible construir condiciones para que el panorama hacia el futuro no aparezca tan sombrío? Este es un ejercicio de reflexión necesario para sostener la continuidad democrática que gozamos desde el año 2011. En parte, los siguientes años dependerán de la actitud y las posiciones que adopte el fujimorismo: si son gobierno, evitando la tentación de volver a los cauces antidemocráticos de sus orígenes; si no lo son, aprovechando su mayoría en el Congreso para facilitar la gobernabilidad, no para bloquearla.

Pero también dependerá de la forma en que la oposición, aún sin los votos para ser mayoría, opere con inteligencia planteando temas de agenda, facilitando consensos donde sea posible y realizando una fiscalización responsable. Esto pasa por mantener bancadas cohesionadas en el Congreso, que expresen la diversidad de opciones políticas y que no se pulvericen en pequeños grupos con el paso del tiempo, situación que no favorece la gobernabilidad ni una conducción inteligente de la discusión política.

Existen temas en los que sería posible alcanzar acuerdos políticos amplios con un poco de voluntad de todas las partes. La reforma electoral y del sistema político, y un consenso amplio para la lucha contra la corrupción son dos aspectos que podrían colocarse en el centro de la agenda política en los primeros meses del siguiente gobierno, y en los que un poco de voluntad política podría permitir alcanzar consensos básicos. Ello abriría posibilidades a una convivencia democrática que no se vislumbra sencilla para el próximo quinquenio.