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Una publicación de la asociación SER

Huaynaputina: A 419 años de la más grande erupción volcánica en los Andes (II)

En la “carta annua” del año 1601, escrita en Lima por el provincial jesuita Rodrigo de Cabredo, se nos dice que en Arequipa, el sábado 26 de febrero del año 1600: “Acabada la processión, se acogió la gente a las iglesias, que todas estuvieron abiertas aquella noche, en la qual sobrevino uno de los mayores temblores que se [h]avían visto en esta tempestad, vino con tal ruido y estruendo, sacudiendo y moviéndolo todo de una parte a otra, con tanta furia y violencia que se pensó que él era sin duda la conclusión de este tan riguroso castigo.  Fue el miedo y el terror de la gente increíble, nadie sabía si estavan en cielo ni la tierra ni se oía otra cosa en toda la ciudad, que una multitud de alaridos y dolorosos clamores de todo género de personas, que, huyendo a las calles y tropeçando y cayendo unos sobre otros, imploravan la clemencia y socorro divino para no ser hundidos” (pp. 411-412).

En la semana siguiente: “Pasado este triste dia y noche del sábado, los siete días siguientes hasta otro sábado [5 de marzo], fueron con los mesmos rebatos de temblores, aguaceros grandes de sola ceniza o tierra, los días con luz de tres o quatro horas, y aconteció una tarde venir una obscuridad tan grande que sin duda se entendía que era de noche y haziendo el pueblo colación para irse a descansar un rato, después de dos horas que [h]avían durado las tinieblas, empeçó otra vez a esclarecer la luz, que era la que aquellos días [h]avía, que sólo era la que bastava para verse los unos a los otros.  Pasados estos siete días, fue Dios servido que abonançase [= mejorase] el tiempo en no llover ceniza ni tierra, cosa que fuese de consideración, mas el sol no se vio claro en muchos dias sino muy turbio, que parecía luna annublada sin rayos ni resplandor desde allí a un mes que se esclareció un poco” (p. 412).

La actividad volcánica, de por lo menos tres semanas de duración, esparció las cenizas del Huaynaputina en territorios tanto del Perú como de Bolivia: “lo que se estendió el vómito de este bolcán y lo que alcançaron las reliquias de él, porque en lo que toca a la piedra o cenizas quemadas, que fue lo que más cundió, es cierto [h]aver alcançado la lluvia della, al modo que cae la nieve del cielo, por la parte del oriente desde la ciudad de Chuquiabo [= La Paz] y sus alrededores hasta Ica, valle en los llanos, que por la costa abajo [= al norte] cae al occidente, entre los quales dos cabos [h]ay de distancia ciento y noventa leguas [950 kilómetros], y por el contrario, que cae a la parte del septentrión, alcançó más de trezientas [1500 kilómetros], cabiéndoles a las provincias y pueblos que se contienen en este espacio, conforme a la distancia en que están, a unas un dedo de tierra, a otras dos y tres, a otras un xeme, a otras un palmo, una tercia, media vara y una vara, a otras dos y tres, y de a[h]í arriba, según se acercaban al bolcán” (p. 419).

Así como en aguas del Océano Pacífico: “Y esto es fuera de lo que cayó en la mar derecho hazia el poniente [= al oeste] y en el contorno hazia el mediodía [= al sur], que es muy verisímil [h]aver sido mucha más cantidad por [h]averse enderexado hazia alla la fuerça de la tempestad, y son indicios claros de esto las tormentas grandes que a [h]avido en ella este año y las tinieblas con que los navegantes [h]an andado perdidos sin poder por muchas leguas dentro tomar sol ni altura ni reconocer cabo ni punta de tierra en toda esta costa desde Arica a Lima, por la grande obscuridad y neblinas causadas de esta ceniza, sucediéndoles estar tres leguas [15 kilómetros] de la tierra sin entender ni saber dónde estavan con grande riesgo de perderse” (pp. 419-420).

Más amplia aún fue la dispersión del polvo volcánico: “y en lo dicho no se entiende lo muy sutil y minutíssimo de esta lluvia, porque esto boló y resultó en más larga distancia.  Sábese por testimonio certíssimo de muchos [h]aver llegado a la ciudad de Tomina, veinte leguas [100 kilómetros] de Potosí,  y por otra parte basta la ciudad de Paita, que es término de quatrocientas y sesenta leguas [2300 kilómetros], y en muchas partes de éstas de manera que los tejados y árboles y los vestidos se ponían tan blancos que podían escrevir en ellos, y aun en esta ciudad de Paita sucedió que, pasando por allí la armada que baxava de Lima a Panamá, [h]uvo tanta escurana [= obscuridad] en la mar, que las unas naos no se veían a las otras, y la capitana se perdió de las demás que no la pudieron ver en dos días” (p. 420).

En la “carta annua” del año 1602, escrita en Juli por el mismo provincial jesuita Rodrigo de Cabredo, se comenta: “Ay quien diga que los polvos destas cenisas han llegado a Nueva España [= México] y que allí hizieron daño al cacao, y también a Tucumán, donde assí mesmo dañaron los algodones; mas esto es cosa sin duda, que aquellos espantos y truenos del volcán se oyeron claríssimamente en el puerto de Valparaíso, que es 18 leguas [90 kilómetros] de la ciudad de Santiago de Chile, y es cierto que, aunque las cosas que he oído referir por nuevas acerca deste volcán, de suyo espantan [= sorprenden], las dizen personas tan fidedignas y con tan particular averiguación hecha sobre ellas, que le doy todo crédito a su verdad” (p. 751).

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En agosto de 1603 el fraile jerónimo Diego de Ocaña, en viaje por el Perú para recoger limosnas para su monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Extremadura, decidió viajar especialmente desde Chucuito a Arequipa, para informarse de la catástrofe en persona: “me partí para la ciudad de Arequipa y dejé el camino real del Cuzco a la mano derecha [hacia el norte] y fui a la mano izquierda [al sur] buscando la mar.  Busqué la puna, que es muy fría; que fueron cuatro días de despoblados, durmiendo en los campos sin abrigo ninguno.  Pasé por el volcán de los Ubinas, que está allí cerca y de continuo echando humo y fuego; y llegué a la cuesta de Chihuata, que tiene dos leguas [10 kilómetros] de bajada, con tanta oscuridad de ceniza que no se parecía cielo ni tierra sino un caos tan condenso [= concentrado] de tinieblas y la cuesta tan derecha que me pareció bajábamos al infierno” (p. 205).

La oscuridad que fray Diego experimentó en los pocos días que permaneció en Arequipa se debía a que: “es la ceniza tan sutil [= fina] que en haciendo un poco de viento la levanta en tanta abundancia que oscurece el sol y tarda todo el mes en volverse a asentar y, así, como siempre hay viento, siempre hay ceniza en el aire” (p. 215).  Por eso: “Llegamos a la ciudad de Arequipa con guía de indios, llenos de ceniza los rostros y sombreros y la demás ropa, como si hubieran sacudido sobre cada uno de nosotros un costal de harina. […]  Estuve solos cuatro días en esta ciudad, sin ver el sol, sino que a las dos de la tarde era menester encender velas por la mucha oscurana [= oscuridad] que había, por la ceniza que andaba por el aire, con haber ya pasado cuatro años que sucedió el reventar el volcán” (pp. 205-206).

Fray Diego reconoció que: “cuando me vi allí quedé muy arrepentido, pero por ver aquella desgraciada ciudad, que fue la mejor de todos estos reinos [del Perú], y por poder contar lo que sucedió cuando reventó aquel volcán --que tanta ceniza arrojó de sí que la llevó el viento por todas partes y por la parte de Mégico la llevó hasta Sonsonate, que son mil y tantas leguas [5000 kilómetros] por mar--, y por ser una de las cosas más notables que ha sucedido no sólo en estos reinos del Perú pero ni en todo el mundo” (p. 206).  De la información que recabó en Arequipa dice que la ceniza volcánica: “la llevó el viento hasta Mégico y en Sonsonate dañó la fruta del cacao, que aquel año se perdió toda.  Y fueron más del mil y tantas leguas las que por la parte de abajo [= al norte] y por la parte de arriba [= al sur] llegó hasta el Tucumán, que hay más de quinientas leguas [2500 kilómetros], quedando todos los campos y árboles cubiertos de ceniza, que cosa semejante después que Dios creó el mundo no ha sucedido” (p. 208).

Sus informantes arequipeños le dijeron que al principio: “no sabían que había sido el volcán sino que era fuego del cielo; y como tenemos por fe que ha de ser por fuego el último fin, entendieron realmente que entonces era y que ya era llegada la última hora” (p. 208).  Así, mientras: “duró esta tormenta no entró en la ciudad ninguna otra persona, ni español ni indio, para que diese nueva de dónde había procedido tanto daño, porque no estábamos persuadidos a que había sido volcán que había reventado.  Y de donde nos podían traer la nueva era del pueblo de Omate y Puquiña y de otros que por allí hay, pueblos de indios.  Y de aquí no pudieron porque de repente cayó tanta ceniza y piedra pómez que quedaron, como estaban cerca del volcán, todos encerrados.  Y como fue de noche y estaban los indios ya recogidos en los pueblos, todos quedaron allí con los clérigos y españoles que había en aquella ocasión, porque la ceniza fue tanta que, [hasta] el día de hoy, de aquellos pueblos no se parecen [= ven] sino los tejados de las torres de las iglesias.  Que cosa semejante no ha sucedido después que Dios creó el mundo ni las historias cuentan semejante acaecimiento, que hayan pueblos quedado enterrados en ceniza” (pp. 211-212).

Todavía a mediados de 1603 no le pudieron decir con exactitud a fray Diego cuál había sido el volcán que causó la catástrofe: “Después, acá, lo que se sabe es que reventó un gran pedazo de cordillera, a la cual no ha podido llegar nadie para ver de cierto qué parte fue la que reventó, con haber tres años y medio que sucedió esto que escribo, por estar algunas leguas antes la ceniza tan alta que hay cerrillos de ella como sierras de arena” (p. 213).  El fraile concluía: “Sea Dios bendito que tan gran castigo envió sobre esta ciudad, tomando por instrumento una cosa tan leve como es un poco de ceniza; pero ésta fue tanta que durará toda la vida” (p. 214).

 

Esta historia continuará.

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Referencias:

Antonio de Egaña, S.J. y Enrique Fernández, S.J., eds., Monumenta Peruana (1565-1604) (Roma: Institutum Historicum Societatis Iesu, 1954-1986, 8 vols.); vol. 7 (años 1600-1602).

Diego de Ocaña, A través de la América del Sur [ms.1605], edición de Arturo Álvarez (Madrid: Historia 16, 1987).

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