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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Hora difícil

Las noticias sobre la ruptura del  Frente Amplio de izquierda y las disputas en el Partido Popular Cristiano o en Perú Posible, parecieran dar la razón a Fernando Rospigliosi quien, tempranamente en los años 80, apostrofó que “los partidos son un mal necesario”, lo que le hizo ganar sus primeras antipatías. Las de hoy son reiteraciones de una farsa ya resabida que confirman en el gran público lo que los poderes fácticos han insistido en grabar en sus mentes: que la política es sucia y no sirve para nada.

El caso del Frente Amplio izquierdista trae como consecuencia, además, perder la oportunidad que se presenta para rescatar al frente ‘paniagüista’ (tal como la bautizó Steven Levitsky), que se formó para derrotar a la autocracia y que volvió a respirar en la coyuntura del NO en Lima, el año pasado. Porque, como reitero, la gravedad de la hora es entender y asumir lo que Lourdes Flores señaló con claridad meridiana en el 2010, palabras más, palabras menos: hay que trazar la línea divisoria entre la decencia y la corrupción en la política.

Corrupción que no es sólo dejar pasar dineros oscuros, sino tratar de torcer la ley de partidos para subastar candidaturas, o mentir sobre antecedentes judiciales o académicos o inventarse elecciones internas a las que no se ha tenido la cortesía de invitar a la ONPE.

Todo esto nos deja a los ciudadanos informados entre la indignación, la furia y la impotencia, mientras vemos a las masas de electores seguir el tren de la farándula y de los deportistas, leyendo o mirando sólo titulares que simplifican o distorsionan abiertamente lo que pasa en el campo de la política; es decir, allí donde se va a decidir quiénes harán uso (o abuso) del presupuesto público durante los siguientes cuatro años. Fútbol para las mayorías, mientras las oligarquías deciden las candidaturas, muchas de las cuales con facilismo elitista serán luego tachadas de “impresentables” por los mismos periodistas que no fueron exigentes a la hora de escrutar antecedentes y trayectorias de los que critican.

Triste el drama peruano, que es similar al drama de otros países en América y el mundo: los peso pesados que la ven, los que saben, los expertos, los calificados para gobernar, le hacen ascos a la política; mientras los peso pluma, los improvisados y hasta los oportunistas han hecho de esta hora difícil, su happyhour.

La videocracia –es decir, la dictadura de la televisión sobre nuestras vidas, como dice Sartori- está formando espectadores individualistas que se sacuden el polvo de los deberes con la comunidad. La videocracia ha liquidado los espacios públicos para la conversación entre los vecinos sobre los problemas y la búsqueda de soluciones comunes. Las asambleas para elegir a los Consejos de Coordinación Local naufragan por el ausentismo de los delegados. A las elecciones de Juntas Vecinales que hacen algunas municipalidades acuden puñados de vecinos. ¿Por qué sería de extrañar que a las elecciones internas de los partidos también fueran cuatro gatos? Como siempre, la responsabilidad la debemos asumir los que hemos tenido la oportunidad de recibir más educación. Que la hora difícil no se convierta en hora trágica por nuestra inacción.