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Una publicación de la asociación SER

Historia de dos ciudades

empuñando la rosa que no tuvimos o el arma que soñamos (…)
sueños que lustramos día y noche para que la rosa surja en esta tierra

CESÁREO MARTÍNEZ

El año pasado, una de las cadenas de centros comerciales más activa de la capital inició sus operaciones en Villa El Salvador. El entusiasta gerente declaró a la prensa local que la inauguración de su tienda era “la primera aproximación a la modernidad” para el distrito, al que caracterizó como “emprendedor y pujante”. Explorar esta imagen de modernidad – que en su momento me dejó contrariada- me parece un buen modo de conmemorar aquí el aniversario número 42 de Villa El Salvador, cumplido hace unos pocos días.

En la retórica predominante del emprendedurismo –la cultura exitista asignada por el mercado a la choledad- la experiencia de Villa El Salvador resulta fallida en tanto no pueda verificarse, en primer lugar, su capacidad de consumo y luego, su capacidad de acoger las plataformas prototípicas de lo considerado moderno en la segunda década del siglo XXI limeño: superficies comerciales para franquicias de capitales des-territorializados y superficies cerradas donde se aglomeran unidades de vivienda que se vende en los folletos como “en el sur de Lima” y “con rápido acceso a la Panamericana Sur”. De acuerdo a los planes de quienes fabrican estos espacios donde el modelo del éxito se realiza, Villa El Salvador empezó su modernización recién en la última década.

Esta modernización de Villa El Salvador exige su perfeccionamiento como una verdad reluciente que deje atrás -para siempre- la historia arenosa, imperfecta y conflictiva que encadena a los villanos a la pobreza y al atraso. Exige dejar atrás disputas bizantinas por la memoria, fuentes del resentimiento social. A un distrito que se moderniza le basta con saber que se hizo “gracias al esfuerzo de su gente” y no que en el parto murieron sus hijos -Edilberto Ramos y Ángel Vicente Salvador-, ni que las balas que les dieron muerte se dispararon para defender la propiedad privada de las garras de los pobres.

A esa modernización galopante no le quita le ni pone nada que los futuros hijos de Villa El Salvador sepan que su pueblo fue gobernado por más de una década bajo la inspiración de un escudo en el que se agolpaba la masa y se cruzaban una lampa y un fusil. Sí, un fusil. Que los trazos de cal sobre la tierra pelada disparaba en hombres y mujeres una idea del futuro tan poderosa que bastó para resistir la privación, la lejanía, la arena. Bastó para transformar un plano en una ciudad. Para qué recordar que lo hizo de la mano de un general golpista, si cuando mueran los fundadores ya no la arena, sino el olvido y el asfalto se tragarán los monumentos que lo recuerdan, y que los trasnochados vendedores de ideología se afanan en conservar. Y con su extinción, La Mujer del Pueblo será simplemente La Mujer y Los mártires del 1ro de Mayo serán mejor nombrados Los Trabajadores, y punto.

A la brillante modernización de Villa El Salvador no le disgusta ostentar su ya viejo título de “Ciudad Mensajera de la Paz”, siempre que por debajo de la alfombra no asomen las memorias incómodas de una guerra librada no sólo entre las fuerzas armadas y el senderismo, sino también entre vecinos, dirigentes, militantes de facciones cuavistas, municipalistas, y en ellos, todas las izquierdas presentes y desunidas. Esa paz que le reserva a María Elena Moyano la nómina apacible de madre coraje y heroína popular, víctima de la demencia gonzalista, para negarle discretamente su estatuto de mujer, de negra, de feminista y de militante de izquierda, hechos sin duda menores en el combate por La Paz.

A la imparable modernización “que llega” a Villa El Salvador –y a sus aliados locales- no le gusta recordar que si bien los usos agropecuario e industrial no se realizaron en el tiempo más allá de una vetusta planificación de inspiración socialista, ello no quiere decir que hoy las decisiones de transformarla estén por encima de la gente, las leyes y las autoridades.

Así, 42 años después, Villa El Salvador es dos ciudades. Una ciudad donde el poder dicta que el emblema de “modernidad” es poco menos que una plataforma de consumo con logos debidamente registrados y donde la historia de esfuerzo es una larga e indefectible marcha hacia el éxito personal y la propiedad privada. Debajo de ella, persiste La Otra VES, un “distrito de tres letras”, en que propios y extraños necesitamos, para vivir mañana, revisar la experiencia del arenal que se hizo ciudad en una sociedad tan desigual como la limeña. Ciudadana de esa ciudad me reconozco.