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Una publicación de la asociación SER

¡Es la acción política, estúpido!

El proceso de revocatoria de autoridades ediles en Lima Metropolitana fue interesante porque puede servir, entre otras cosas, para consolidar un mejor entendimiento de los alineamientos políticos en el país, principalmente en los últimos años. Usualmente, estos han sido explicados por la ubicación de los políticos en el eje programático (izquierda-derecha). Cuando no siguen las trayectorias que tales orientaciones determinan (por ejemplo, cuando un político de derecha apoya a la alcaldesa izquierdista de Lima o cuando el aprismo socialdemócrata pacta informalmente con el fujimorismo), se les suele calificar de incoherentes, de interesados (por dinero, poder y/o impunidad, se entiende) o de tontos útiles. Sin subestimar el rol del cálculo individual o de la poca especialización en la política, desde esta columna creemos que es errado explicar las decisiones políticas solo desde esos factores. Por tanto, se propone tomar en cuenta otro eje poco considerado pero existente: el de acción política (pragmáticos-institucionalistas).

Aunque las tradiciones pragmáticas e institucionalistas en el Perú pueden rastrearse desde la época colonial, su verdadera irrupción en la política se da en el siglo XX de la mano de Víctor Raúl Haya de la Torre y José Luis Bustamante y Rivero, respectivamente. En los debates sobre la justicia social de principios de siglo, vistos en perspectiva histórica, ambos líderes llamaron la atención sobre la importancia de las formas de hacer política antes que de los programas económicos para conseguirla, aunque desde distintas aproximaciones. Los pragmáticos apristas, con su espacio-tiempo histórico, consideraron que la flexibilidad política era crucial para conseguir los objetivos más nobles mientras que los institucionalistas democristianos consideraron que la democracia podía garantizar la justicia más que cualquier modelo de producción. Así, a partir de esos primeros diagnósticos, introdujeron exitosamente sus diferentes concepciones sobre la política: la política como representación (vertical) de los intereses de las masas (sean cuales fueran) y la política como pedagogía (de una élite al pueblo) de un deber ser político. Si bien, en diferentes momentos, los grupos inicialmente pragmáticos e institucionalistas han dejado la acción política de lado para entrar en el debate programático por la fuerza que este ha tenido en todas las veces que se ha planteado, volviéndose partidos de izquierda (APRA en los treinta, ochenta y noventa) o de derecha (PPC en los años ochenta, ex DC), ambas tradiciones han seguido vigentes porque, desde mediados de los años cuarenta, han estado ocasionalmente en pugna, siendo esta cada vez más intensa.   

Los institucionalistas, inquietos por el impacto de la creciente radicalización programática y las tendencias autoritarias en la consolidación de la incipiente democracia peruana, decidieron buscar un pacto entre las dos puntas que provocaban tales situaciones: la oligarquía y el APRA. Así nació el Frente Democrático Nacional (FDN). Sin embargo, habiendo ganado las elecciones, el FDN no pudo culminar su gobierno porque nuevos conflictos volvieron a separar a los extremos que intentó conciliar. Todos coincidieron en que el APRA los inició solo por privilegiar sus intereses sectarios (buscar más poder y políticas sociales de mayor impacto) antes que los intereses del país. Incluso sus propios ex aliados institucionalistas. Es por ello que, notando el poder del aprismo, Bustamante llamo a sus colaboradores a que formen un partido fuerte y con valores completamente diferenciados (demócrata, gradualista, honesto, justo, que busque el bien común) que le pueda hacer frente. Algunos años después ello se cristalizaría en proyectos como la Democracia Cristiana (DC), el PPC, el Movimiento Libertad y el Partido Descentralista Fuerza Social (FS).    

Pese a que los institucionalistas confrontaron en la arena parlamentaria al APRA por su desempeño como oposición desestabilizadora al primer gobierno de Fernando Belaúnde en los sesenta, la incapacidad de la DC para convertirse en un partido de masas y, posteriormente, la polarización programática desarrollada a partir de la revolución cubana hasta inicios de los años noventa hicieron que el APRA no los viera como enemigos sino hasta su primer gobierno. Por la gran polarización programática en los años ochenta, la pugna entre los institucionalistas (democristianos y ahora también liberales) y los pragmáticos apristas se suele ver solo como una pugna entre la derecha y la izquierda. Sin embargo, si se revisan las memorias y declaraciones de quien por esos años lideró la tradición institucionalista, el escritor Mario Vargas Llosa, se notará que, aparte del modelo económico, también criticaba permanentemente la banalización de la corrupción, el oportunismo, el autoritarismo, el desprecio a las leyes y la violación de los derechos humanos que el notaba en el manejo aprista, proponiendo desaparecerlas del día a día político, en gran medida mediante una labor pedagógica. La respuesta aprista, ante su desprestigio en esos momentos, fue crear algo muy parecido políticamente a ellos para que confronte en la arena electoral al escritor. Es así como aparece Alberto Fujimori. Y así también nace la rivalidad entre la rivalidad de los apristas y fujimoristas con los liberales y algunos democristianos.

Fujimori, con el chip aprista, apelando a la representación de los intereses de las mayorías (no shock), logró derrotar el esfuerzo pedagógico de Vargas Llosa y hasta el 5 de Abril de 1992 convivió armónicamente con el partido de la estrella (blindando a varios dirigentes apristas de delitos de corrupción y de Derechos Humanos a cambio de apoyo parlamentario). Sin embargo, desde el autogolpe se desvinculó de el para seguir su propio camino. Es así como, por afán de sobrevivencia más que por convicciones, el APRA se alío con los institucionalistas hasta inicios de la última década. Mas, recobrada su legitimidad popular como segunda fuerza política del país, recurrió en una conducta política basada abiertamente en la acumulación y el mantenimiento del poder a como diera lugar. Para ello, se embarcó en la desestabilización del gobierno democrático de Alejandro Toledo y en la consecución de una alianza informal con el fujimorismo. Por su parte, el fujimorismo, al igual que el APRA, solo tenía un objetivo en mente: maximizar los beneficios para su líder caído en desgracia. Aunque en el camino fue encontrando más puntos en común con el aprismo. Por ejemplo, enemigos comunes como Vargas Llosa, Toledo, algunos líderes anticorrupción, las organizaciones defensoras de Derechos Humanos. Todos institucionalistas y críticos a ambos grupos. Es así como se llega al balotaje del 2011, entre una fujimorista y un candidato apoyado por todos los antifujimoristas institucionalistas de los años noventa (muchos de ellos también enemigos del aprismo) y al proceso de revocatoria a una alcaldesa, maestra de oficio, activista de los derechos humanos, antifujimorista y antiaprista.

La fuerte polarización programática que se ha reactivado tras el fin del fujimorismo por la presencia intensiva y extensiva de capitales en las zonas rurales (1) ha seguido determinando una buena parte de los alineamientos de los actores políticos y, al mismo tiempo, ha hecho poco visibles otro tipo de polarizaciones. Pese a ello, como se ha repasado, el debate sobre la acción política ha permanecido vigente e, incluso, en los últimos años pareciera que ha sobrepasado al programático. Ello se puede notar con más claridad en las decisiones tomadas por algunos actores políticos en contextos importantes como el balotaje del año 2011 y la revocatoria de hace unos días.

El notar que en el Perú también existe desde hace mucho tiempo una división basada en dos formas diferentes de hacer política que han originado el surgimiento de dos tradiciones políticas (pragmatismo-institucionalismo) y de algunos partidos políticos basados en ellas (APRA/Fujimorismo - DC/PPC/Libertad/FS) puede lograr que se entienda las alianzas entre la (hasta hace unos años) “socialdemocracia” aprista con el fujimorismo o el odriísmo derechistas o entre la derecha pepecista y la izquierda de FS como procesos casi naturales y que se deje de ver especialmente al partido de Haya de la Torre o al PPC como inconsecuentes y amorales. Tanto el aprismo, como el odriísmo y el fujimorismo han sido movimientos políticos nacidos con el objetivo de llegar al poder y conservarlo sin importar mucho los medios que tengan que utilizarse para ello. Por ello son pragmáticos. Y como para ello necesitan de la mayoría de la población, su accionar político se basa en la representación permanente de lo que estas deseen. De ahí se entiende que puedan ser en un momento de izquierda y en otro de derecha. De la misma forma, tanto la extinta DC como el PPC, el Movimiento Libertad y Fuerza Social han sido grupos políticos nacidos con el objetivo de brindarle a la política un componente ético (los medios importan tanto como los fines). Ello los hace institucionalistas. Y es por ello que, antes que competir buscan transformar de a pocos la política. Suelen ser más predicadores que políticos.

Pese a los excesos que puede acarrear el accionar del pragmatismo, es absolutamente válido dado que una democracia se basa en un equilibrio de pedagogía política y de representación de intereses mayoritarios. Por lo demás, el institucionalismo también tiene sus límites. La ausencia de representación y las conductas absolutamente institucionales puede llevar a una situación de ingobernabilidad que debilita tanto o más a la democracia que los excesos del pragmatismo.  La alcaldesa de Lima Susana Villarán podría ilustrar mejor que nadie ello.

El sentido común según el cual los políticos son o extremistas o corruptos o tontos (o la tendencia a ponerles adjetivos a priori) ha sido lo que ha impulsado esta columna dado que ello no necesariamente es así. Por el contrario, normalmente, a lo largo de sus carreras políticas, estos van desarrollando diversas preferencias sobre determinadas políticas en el orden económico y político. Y la manera como estas diversas preferencias se configuran puede terminar explicando varias de sus decisiones. Si bien no se busca ensombrecer la capacidad explicativa de la división programática, los intereses personales o del poco nivel de nuestra clase política, si se busca que se entienda la capacidad explicativa de la división de acción política por su recurrencia en el tiempo, conviviendo con la división programática e incluso rebasándola. La falta de comprensión de la política por parte de quienes la fiscalizan (prensa) o estudian (academia) también debilita la democracia puesto que la deslegitima ante la ciudadanía. Y eso creo que no es poca cosa, ¿no?

Nota:

(1)    Este concepto lo tomo de Meléndez, Carlos (2012) La soledad de la política. Transformaciones estructurales, intermediación política y conflictos sociales en el Perú (2000-2012). Lima: Mitin editores.