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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Encuentro con Galeano

Conocí a Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo, en 1986, durante la Semana Cultural Latinoamericana que promovió Alan García, antes de que hundiera al Perú en el infierno de la hiperinflación. Aquella vez, el joven presidente recibió a Pablo Milanés en el patio de honor del Palacio de Gobierno y el cubano se mandó con su celebré “yo pisaré las calles nuevamente/ de lo que fue Santiago ensangrentada/ y en una hermosa plaza liberada/ me detendré a llorar por los ausentes”. Claro, el aprista sonrió pensando que el dardo iba dirigido a Pinochet, cuando en realidad Pablo clamaba también por los desaparecidos de la guerra sucia que azuzó García. Pero no quiero que la amargura empañe este recuerdo.

Me escapé de la oficina una mañana en que Galeano iba a leer sus textos junto al poeta ecuatoriano Adoum y al paraguayo Elvio Romero. Entré a la sala del hotel donde se presentaban los artistas y no encontré a más de 20 asistentes. Me senté en la décima fila y esperé media hora. Recuerdo con claridad que, llegado su turno y sin mayor preámbulo, Eduardo se lanzó a leer esa pequeña maravilla que recuerda su encuentro con varios niños cusqueños en la parada del tren que se dirigía, creo, a Machu Picchu, cuando les dibujó relojes en sus pequeñas muñecas y ellos tan felices, menos uno, que se quedó apartado. Y cuando Eduardo se acercó a preguntarle si no quería un reloj, el niño muy ufano le contestó que ya tenía uno, enseñándole el que tenía dibujado en su muñeca. En seguida, sin mayor transición, trago de agua o carraspera, leyó el recuerdo de su viaje en avión con Juan Carlos Onetti, cuando Galeano le leyó un fragmento de uno de los diarios de Arguedas, el año en que se publicó “El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo”, en el que se refiere en términos muy elogiosos al autor de “Juntacadáveres” y remata diciendo que si le hubiera sido permitido conocerlo “le habría estrechado las manos con que escribe”. Galeano recordaba que su paisano se había quedado en silencio y que, cuando volteó a verlo, vio que gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

Igual que antes, luego de una breve pausa, se lanzó a leer su tercer texto. Pero he aquí que un hombre ya mayor, con la cabeza enteramente blanca, que se hallaba en la tercera o cuarta fila, se puso en pie y dijo en voz alta: “Pido una interrupción, señor Galeano”. Un gesto de desconcierto se dibujó en el rostro de Eduardo y a mí me entró la angustia de que bien podría tratarse de un cuestionador de sus escritos, cuando siguió: “Quiero pedirle un segundo porque yo quiero aplaudir los poemas que usted nos ha leído”. Y entonces empezó a aplaudir. Inmediatamente todos nos pusimos de pie y aplaudimos, más fuerte todavía, esos pequeños recuerdos, narrados con cariño y un lenguaje limpio, que nos habían llegado al corazón.  Entonces, el rostro de Galeano adquirió la rojez de los hombres tímidos o de los humildes, cuando reciben reconocimientos que sienten inmerecidos, como aquel de que a sus narraciones las llamasen poemas. Todos fuimos felices por unos momentos. Y en aquellos instantes de efusión y fraternidad peruano-uruguaya, juro que sentí a Arguedas resucitado junto con Alfonsina y el mar; y a Onetti sentado a mi lado, hablándome de la higuera de Juana de Ibarbourou; y a todos estrechándonos las manos para hacer la muralla que quería construir Viglietti…

Lo único que no recuerdo son los rasgos exactos del rostro de Galeano. No sé si usaba barba o bigote o si, al contrario, era lampiño. Si tenía los ojos separados, pequeños o grandes, pardos o verdes. Si su frente era ancha o más ancha todavía, convertida en blanca calva. Si las cejas o la nariz, si la barbilla o la sonrisa…En fin, resulta que dos días antes, un pequeño accidente me había arrebatado mis lentes, de manera que se puede decir que cuando conocí a Galeano, lo vi con los ojos de la fe.

Reencuentro

A fines del 97, cuando estaba descubriendo las maravillas de las tecnologías  de la comunicación, me asocié a una lista de interés literario de la Red Científica Peruana. Tiempo después, cayó por allí una dama uruguaya, Martha, con la que empezamos a intercambiar mensajes sobre libros y autores nuevos, de los que nos gustaban, de los que nos gustaban menos, de las opiniones compartidas en el grupo de amantes de las letras, hasta que, por supuesto, mencioné a Galeano como uno de mis autores favoritos. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo que en Montevideo lo veía con cierta frecuencia, pues era su vecino. Vivían, creo, a un par de cuadras de distancia.

Más increíble todavía resultó la historia que me contó en otro mensaje: En los años de la dictadura, cuando Galeano estaba exiliado en España, Benedetti en Lima y los libros de ambos, prohibidos, una vez su hija –que entonces tendría diez u once años-, regresando de la escuela, había recuperado un libro que había sido arrojado al tacho de basura de la esquina. Era un ejemplar en buen estado de “Las venas abiertas de América Latina”, que seguramente algún vecino, aterrado por las constantes batidas policiales y militares, había abandonado. La publicación fue leída a escondidas por madre e hija a lo largo de los meses. De manera que cuando el autor volvió del exilio, resultó natural que fueran ellas unas de las vecinas que lo reconocían y saludaban a su paso.

Entonces, a comienzos del 99, me animé a enviarle el recorte del artículo que había publicado en el diario La República, el año anterior, recordando la primera vez que lo había escuchado (y que es el reproducido al comienzo de este texto). Me contestó de inmediato, diciendo que le había gustado mucho y que, además, se lo mostraría. Creo que esa noche no dormí bien pensando en la posibilidad de que Galeano leyera la nota de un admirador desconocido, pero a la vez, diciéndome que sería uno más de una legión y que el asunto quedaría allí.

Pasó un mes.  Un día, al volver de la oficina, vi que había llegado un grueso sobre manila procedente de Montevideo. Pensé en mi amiga y supuse que sería el libro de poemas del cual me había hablado. Pero no. Era un ejemplar de la primera edición del último libro de Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, con su carátula negra y los seis grabados de José Guadalupe Posada sobre fondo rosado, que había sido publicado en noviembre del 98. Pero la sorpresa no quedó ahí. Dentro venía una nota de mi desconocida y generosa amiga: “16 de abril 1999. Montevideo. Querido Alfredo: Encontré a Galeano en su casa. Cuando le expliqué quién eras y leyó el artículo que publicaste, gentilmente autografió el libro para ti. Te deseo momentos de amena lectura. Recibe mis cariños. Martha” Transido de la emoción, leí en la primera página: “Un abrazo de Eduardo para Alfredo. Montevideo, otoño del 99”. Entre mi nombre y la ciudad había dibujado un puerquito de cuyo hocico brotaba una flor. Supongo que era el logo de Ediciones del Chanchito, la que publicaba el libro.

En los días en que apenados nos noticiamos de la muerte de Galeano, vino a mi memoria esta pequeña historia. Y como no dejo de creer en la utopía del Reino que prometió Cristo, gozo en secreto con la posibilidad de que se haya encontrado con su amigo Benedetti, con doña Juana de Ibarbourou y el compañero Raúl Séndic. Seguro, como era aficionado al futbol, habrá buscado a don Obdulio Varela, el gran capitán de la selección uruguaya que le propinó el maracanazo a la brasileña, en el Mundial del 50, como a sus goleadores Schiaffino y Ghiggia. Cómo habrá sido el encuentro con Emilio Laferranderie, “El Veco”, su paisano, que dictó cátedra de crítica futbolística entre nosotros durante tantos años, asentando un sólido puente entre peruanos y uruguayos del común. Como él llegó a conocer tanto la historia de nuestro fútbol, le habrá presentado a Juan Joya, el primer peruano que llegó a ser campeón mundial interclubes con el equipo del Peñarol, en 1961 y repitió luego, en el 66. Y como El Veco gustaba también de la poesía, le habrá hablado de Juan Parra del Riego, el poeta huancaíno que asentó sus reales en Montevideo y escribiera una oda a Gradín, el futbolista montevideano de los años 20, inmortalizándolo en la república de las letras. Aunque, claro, siendo Eduardo hincha del Nacional, estará pactando para jugar una pichanguita con Roberto Scarone, quien fue director técnico de Universitario, a quien le habrá pedido ser presentado a las viejas glorias del Rodillo Negro, la selección peruana que humilló al equipo de Hitler –el de Austria- en las olimpiadas de Berlín, ganándole 4 a 2. Me estoy refiriendo a José María Lavalle, Adelfo Magallanes, Alejandro “Manguera” Villanueva y a Lolo Fernández, entre otros. Seguro que en esas charlas debe estar interviniendo el Negro Fontanarrosa. ¡Qué maravilla!