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Una publicación de la asociación SER
Cusqueño de nacimiento. Con estudios de Filosofía y Ciencias Religiosas en el Instituto Libre de Filosofia y la Universidad Ibero Americana (México,D.F). Diplomado en Antropología en la PUCP.

De Papas a Santos

Creo que para cualquier persona, y mucho más para los integrantes de la Iglesia católica, la noticia de la declaración de santidad de dos papas es una alegría y algo que nos hace pensar. Los dos papas pertenecen a nuestro tiempo, de los últimos sesenta años. Cada uno de ellos tuvo su propia imagen mediática, lograda o no; con la cual nos hemos formado una imagen de cada uno. El primero de ellos, Juan XXIII, llamado “El Papa bueno” por su sencillez y simpatía; y el otro “El Peregrino” ,por sus viajes o como lo ha llamado el papa Francisco “El Papa de la familia”, por su preocupación por esta.

¿Cuáles han sido sus méritos para declararlos santos? Más allá de los milagros que fueron necesarios para su declaratoria de santidad, según mi parecer ambos han tenido luces y sombras. En el caso del primero de ellos, Juan XXIII, el haber sido dócil al Espíritu Santo y convocar a la celebración del Concilio Vaticano II, con todo lo que supuso este acontecimiento. Uno de una trascendencia fundamental para toda la Iglesia que todavía no acabamos de asimilar e impulsar. Varios medios han añadido su sencillez y sentido del humor, dones muy importantes en un mundo que cuida y defiende privilegios y que ha perdido la alegría. El mérito del segundo, Juan Pablo II, es el de haber sido una persona que desde su puesto impulsó la reflexión y la práctica de temas fundamentales para la vida de los cristianos en un mundo moderno y de transformaciones sociales y tecnológicas rápidas y profundas. Entre ellas, las crisis sociales de la segunda mitad del siglo XX, como la caída de los regímenes socialistas en Rusia y Europa del Este. Más cerca de nosotros, la ola de grandes movimientos políticos y económicos en Cuba, Nicaragua, El Salvador, Chile, Brasil, el Perú y otros países que tuvieron como consecuencia, en muchos casos, dictaduras civiles y militares con resultados muy graves en términos de paz social y justicia económica. Su experiencia del nazismo y el comunismo lo ayudó a saber cómo tratarlos y hacer avanzar los conceptos nuevos de la doctrina social de la Iglesia en las varias encíclicas que escribió durante su largo desempeño como Pastor supremo de la Iglesia.

Para nosotros los peruanos, el Concilio Vaticano II se fue concretando en varias líneas pastorales, entre ellas la práctica pastoral inculturada como la misa en castellano y las otras lenguas nativas de nuestra patria; y una más profunda aún, con el nacimiento de la teología de la liberación en el Perú y América Latina. La promoción de un laicado mejor formado y con responsabilidades en la organización y misión de las iglesias locales. La lectura de la Biblia y el espíritu ecuménico abierto a las otras iglesias. Finalmente, la participación de los cristianos en las tareas políticas y ciudadanas con más fuerza que en otras épocas de la historia peruana. Una prueba de ello son los partidos políticos que han incorporado dentro de sus idearios muchos conceptos de la doctrina social cristiana y la espiritualidad cristiana moderna.

Si es verdad que muchos cristianos estamos contentos con estos avances pero no tanto con los movimientos conservadores que cuestionan y frenan los cambios promovidos desde el Concilio Vaticano II y sus documentos en sus distintos aspectos. Entre ellos, por ejemplo, la vuelta al latínen la liturgia, la cerrazón a nuevas formas de pensar el rol de la Iglesia en medio de estados que se proclaman laicos, la incapacidad de asimilar los aportes de las ciencias humanas como la psicología y la sociología en la formación de los sacerdotes y religiosos. Una muestra clara de esta incapacidad de algunos sectores conservadores es su rotunda oposición a la teología de la liberación y su apuesta incondicional por el modelo económico y político neoliberal. El papa actual, que impulsa una manera nueva de ser cristiano en un mundo nuevo, se enfrenta con la oposición de estos sectores que se quieren quedar en una alianza con el poder factico e injusto en muchos aspectos en el que sobrevivimos.

En este sentido, junto con la alegría que nos da saber que dos hijos de la iglesia hayan logrado un nivel espiritual que nos mejora a todos en el fondo, tampoco podemos dejar de ver que, en el caso de Juan Pablo II, este ha tenido limitaciones las cuales me atrevo a señalar. Según muchos de nosotros, no fue muy radical ni eficiente para combatir los escándalos de pederastía en los sacerdotes y religiosos, sobre todo en países de Europa y los Estados Unidos. La segunda es no haber condenado con la suficiente fuerza las dictaduras militares de derecha en los distintos países que visitó, sobre todo en América Latina. Las consecuencias de estas dos omisiones han sido terribles, como lo es el alejamiento en Europa y los Estados Unidos de miles de católicos conocedores o víctimas de estos pecados e injusticias. En América Latina produjo una gran  crisis de fe entre muchos luchadores sociales y sacerdotes que nos sentimos sin fundamento y escandalizados por esa actitud con regímenes autoritarios y represores. Hasta hoy consideramos que la lucha por los derechos humanos no fue respaldada de manera firme por muchos de los pastores y laicos como se podría esperar. Por el contrario, los movimientos de extrema derecha se han visto protegidos por muchos de los obispos actuales y actúan de manera libre y antievangélica.

Finalmente, hay un retraso teológico y pastoral  en muchos aspectos fundamentales en la vida de los peruanos; entre ellos, la crisis honda que afecta a nuestras familias,la seguridad ciudadana, el cambio climático y sus retos, los derechos laborales de las trabajadoras del hogar, la corrupción y el narcotráfico, entre otros. Tenemos que dar gracias sinceras a Dios y a los hombres por la vida y el aporte de estos dos papas. Pero también nos damos cuenta que sus vidas han sido controversiales, sobre todo en la vida del hoy San Juan Pablo II. Podemos concluir diciendo que tenemos “Más santidad y también más conciencia de nuestra condición humana”.