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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Cuando éramos pobres

En sus balances de fin de año, diarios y revistas tratan de convencernos de que los peruanos hemos dejado de ser pobres. La pobreza vendría a ser un asunto marginal y que más pronto que tarde, será cosa del pasado. Lo dicen las cifras del crecimiento sostenido del PBI; los márgenes de ganancia de bancos, minas, constructoras y comercios; el número de departamentos y autos vendidos. Se dice que ya son 565 los peruanos con más de 30 millones de dólares de patrimonio. El Perú ya no recibe donaciones de los países del primer mundo; la desnutrición infantil va en franco retroceso; las carreras universitarias están al alcance de todos. Tenemos ya una sólida clase media que es mayoría y ya estamos a punto de alcanzar a los chilenos.

A ese optimismo estadístico viene a sumarse la novela “Contarlo todo” de Jeremías Gamboa, que gracias al padrinazgo de Mario Vargas Llosa se ha convertido en un boom de ventas. En ella, el periodista Gabriel Lisboa cuenta cómo, gracias a su talento, su esfuerzo y sus contactos, en pocos años hace el tránsito de ser pobre a asentarse en una categoría social distinta a sus orígenes y desde donde las premuras, la angustia, el stress y la lucha por sobrevivir las ve con la distancia y el alivio con que se recuerda una pesadilla. Es la historia que nos vienen contando los medios desde los tiempos de la revolución fujimorista, celebrando la capacidad del capitalismo para lograr la felicidad, aunque al final muy pocos la alcancen. Es la misma historia que no hace muchos años contó a los cuatro vientos un político para conquistar la simpatía ciudadana.

Pero a diferencia del político, los que superaron la pobreza no suelen hablar de ella, ni menos regodearse con su pasado. Es casi un tema tabú. Es como si nombrarla fuera un conjuro para atraerla y nadie quiere caer nuevamente en sus garras. La pobreza genera una cultura específica (ya lo dijo Lewis en “Los hijos de Sánchez”), una de represión de los deseos y las frustraciones consecuentes; es una manera de ver el mundo y verse a sí mismo. Es entrar al ring del mercado con las manos atadas por la falta de capacidades y de autoestima. Más que la carencia, lo que golpea a los pobres en su contacto con las otras categorías sociales es el ninguneo, la discriminación, la falta de respeto de los demás.

El tránsito desde la pobreza a la solvencia suele ser una aventura de familias nucleares en la que las familias extendidas no suelen –porque no pueden- acompañarlas. Y por tanto, es una aventura estresante, porque está sometida al azar, a la incertidumbre, a la dureza del ahorro, a la introducción en otras esferas sociales donde la gente tiene otra racionalidad, otros gustos, otras seguridades y hasta otros derroches. Los lazos familiares extensos no se rompen pero sufren un silencioso distanciamiento que muchas veces provocan rupturas. Son las costumbres familiares -que remiten a las costumbres de la clase social y de la cultura de origen-, las que aparecen en la encrucijada de ser mantenidas o abandonadas, las que crean sucesivas crisis de identidad. Renegar del pasado puede ser una opción de muchos, mientras otros intentarán conciliar pasado y presente, en búsqueda afanosa de nuevas síntesis.

José María Arguedas proponía no renegar del pasado, sino reintegrarlo al presente, para alcanzar “como un demonio feliz hablar en cristiano y en indio, en español y en quechua”. Pero a Arguedas lo leen pocos, pese a los esfuerzos del Plan Lector. Ahí es donde falló el discurso del político del que hablo, político que tuvo amplísima audiencia y liderazgo reconocido, aunque temporal: a diferencia del artista, sustituyó la cultura de sus ancestros por un discurso vacío sobre la pobreza extrema exponiéndose como modelo de un éxito que consiste  sólo en la multiplicación de los ingresos monetarios y los contactos por el mundo.

Me pregunto quién o quiénes pueden asumir ese liderazgo político o cómo las artes nos pueden acompañar en este tránsito (pienso en el cine americano sobre la Gran Depresión, en el español sobre la Guerra Civil o en los grabados de Santiago Quintanilla sobre la guerra sucia en el Perú) para que el crecimiento económico no signifique una hecatombe cultural y hasta familiar y, por el contrario, ayude a la consolidación de nuestra nación mestiza y me respondo que no hay remedio, que todas las sociedades han sufrido esas transformaciones duras que a los individuos les han dejado profundas cicatrices.