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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Corrección de estilo

Hay gente que se gana la vida a costa de los errores ajenos. Y no me refiero sólo a contadores y abogados, que viven de corregir las cuentas desprolijas de unos o las transgresiones legales, inocentes o dolosas, de otros. Me refiero a los miles que emprenden por sí mismos, la redacción de una tesis que demora en llegar a puerto; a los autores debutantes; a periodistas apurados; a políticos, empresarios y funcionarios hiperactivos que quieren pasar a la historia. Los errores ortográficos, gramaticales y sintácticos que cometen como emisores de mensajes, obran como la estática que impide que la cristalina voz atraviese mares y continentes para llegar al oído amigo del socio, pariente, jefe o novio en trance de perder la confianza definitiva de su amada.

Por ejemplo, en las salas de redacción de los noticieros, en las editoriales grandes y pequeñas y en todos los parlamentos del mundo, antes que los textos que van a ser leídos o impresos lleguen a la mesa del editor, deben superar la valla y conseguir la aprobación de personajes anónimos llamados “correctores”.

En el caso de noticieros y parlamentos el trabajo es doble porque, primero, las entrevistas y declaraciones, así como los discursos verbales deben ser transcritos tal cual fueron emitidos y, luego, deben ser transformados en lenguaje escrito normalizado.

Nuestro parlamento, institución que está por cumplir doscientos años, tiene una Dirección del Diario de los Debates que publica las discusiones habidas, tanto en el Pleno como en las Comisiones, para dejar sentado cuáles fueron los fundamentos del texto legal aprobado y cuál fue el sentido o significado que le dieron en la discusión los parlamentarios que intervinieron en su debate. Esa publicación es muy importante porque ayudará a funcionarios públicos, abogados, estudiantes, historiadores y ciudadanos interesados, a aclarar el sentido preciso de un texto que hubiera permanecido en la nebulosa de las buenas intenciones, pero que no terminó por aterrizar en la claridad de la expresión escrita.

Diecinueve de cada veinte intervenciones de nuestros parlamentarios en el debate legislativo son orales. Sólo una es la lectura de un texto escrito. Todas las intervenciones de los tribunos históricos que pasaron por nuestro Congreso fueron sometidas a corrección, sin excepción, al igual que las de los parlamentarios novatos o escasos de las luces de la inteligencia. Desde los discursos de Luis Alberto Sánchez, Víctor Andrés Belaúnde, Héctor Cornejo Chávez, Javier Valle Riestra, hasta los de Javier Diez Canseco. Y los peruanos deben saber que pasaron por el Diario de los Debates como correctores, personajes de peso de nuestras letras tales como la escritora Ángela Ramos, la compositora Serafina Quinteras o nuestro laureado poeta Carlos Germán Belli.

Para ver la importancia del oficio de corrector de textos uno se puede fijar en la charla que la primera vicepresidenta del Congreso dio a unos estudiantes, a comienzos de septiembre, y que ha suscitado un vivo debate público por un párrafo que fue publicado y en el que el sentido que quiso darle su autora quedó oculto para todos los lectores. Entonces, si la transcripción de la charla no tuvo fallas, doña Karina Beteta se habría expresado así:

“Los ciudadanos que no son parte de una nación poco podemos querer el desarrollo y para ello debemos de tener la información. Con la información que ustedes puedan manejar no seremos, de alguna manera, quizás con argumentos personalizados en los que quieren o creen que tener la razón no los podrán a ustedes llevar por una línea que no sea la correcta. Serán ustedes que con la información que puedan tener, sacar sus propias conclusiones y de la misma manera tener una opinión la correcta.” (85 palabras) 

Aunque hay frases contradictorias y oscuras, se puede apreciar que el sentido general del extracto es que los ciudadanos deben informarse de los asuntos públicos para tener una opinión propia.

Veamos cómo obraría un corrector si la charla de la señora Beteta hubiera sido dada en una sesión del Pleno del Congreso guardando, en lo posible, las expresiones originales de la autora, a diferencia de los editores anglosajones que suelen enmendar la plana a los autores:

  1. “Los ciudadanos que no son parte de una nación poco podemos querer el desarrollo…” Hay aquí un error conceptual, puesto que los ciudadanos forman una nación y, por tanto, desean su desarrollo. A menos, que se refiera a los ciudadanos de segunda categoría instaurados por Alan García en su discurso del perro del hortelano, lo que es improbable. Por tanto, borrar el “no”, afirmando la voluntad en pro del desarrollo.
  2. “…y para ello debemos de tener la información” Los ciudadanos informados no pueden tener cualquier información de la farándula o los deportes, sino una adecuada para participar en la toma de decisiones. Por tanto se impone un añadido que irá en negritas.
  3. “Con la información que ustedes puedan manejar no seremos, de alguna manera quizás con argumentos personalizados en los que quieren o creen que tener la razón…” Aquí está ausente una palabra clave para dar sentido al párrafo que quiere advertir contra la manipulación que pueden ejercer los ciudadanos más informados sobre los menos informados. Por tanto, se impone el añadido y la precisión del modo subjuntivo de la oración y se eliminan pronombres relativos innecesarios.
  4. Para dar énfasis al resultado deseado después de que los ciudadanos se informen, es mejor introducir un punto seguido.
  5. El resultado final sería el siguiente párrafo, plenamente inteligible:

“Los ciudadanos que son parte de la nación queremos el desarrollo y, para ello, debemos de tener la información necesaria sobre asuntos públicos. Con la información que podamos manejar no seremos, de alguna manera, manipulados, quizás, con argumentos personalizados, por los que crean  tener la razón. No los podrán llevar por una línea que no sea la correcta. Serán ustedes los que, con la información que puedan tener, puedan sacar sus propias conclusiones y de la misma manera tener una opinión, la correcta.” (83 palabras)

La moraleja de esta pequeña anécdota parlamentaria es que los funcionarios públicos cuando deban hacer una intervención en un foro público, jamás deben improvisar. Lean, por favor, así nos entenderemos mejor.