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Una publicación de la asociación SER
Historiador

A cien años de la Jornada de las Ocho Horas (1919-2019)

Este martes 15 de enero se cumple un siglo del logro de la “Jornada de las Ocho Horas de Trabajo”, obtenida tras una masiva huelga obrera que paralizó a la ciudad de Lima durante tres días, y obligó al gobierno oligárquico del presidente José Pardo y Barreda (1915-1919) a promulgar de emergencia un Decreto Supremo estableciendo la nueva jornada laboral en todo el país.  Si se adquirieron derechos laborales básicos para todos los ciudadanos en el Perú es debido a este tipo de luchas sindicales, no por la generosidad de los empleadores ni por la bondad del Estado.

El reclamo por una jornada laboral de ocho horas --la tercera parte del día, quedando las otras dos partes para el descanso y diversas actividades individuales-- comenzó sistemáticamente en 1890, cuando la Segunda Internacional Socialista (1889-1914) proclamó que el 1ro de mayo sería anualmente un día de movilizaciones obreras para presionar a los gobiernos del mundo y lograr mejores condiciones de trabajo.  Como indicara don Jorge Basadre, en su ‘Historia de la República’:

“La lucha por la jornada de ocho horas fue inscrita como lema de una reforma inmediata por la Federación de Obreros Panaderos “Estrella del Perú” en su declaración de principios el 1° de mayo de 1905.  Apareció incluida en los pliegos de reclamos formulados en el Callao en noviembre de 1912 por la Unión General de Jornaleros de ese puerto y la Federación Obrera Regional del Perú con sede en Lima (integrada por la Sociedad de Resistencia de Obreros Galleteros y Anexos, la Federación de Electricistas, el Gremio Liberal de Empleados compuesto por mozos de hoteles, la Federación de Panaderos “Estrella del Perú” y la Unificación Proletaria Textil de Santa Catalina).  También tomaron parte activa en esta campaña el grupo anárquico “Luchadores por la Verdad”, editor del periódico ‘La Protesta’ y el Grupo “Luz y Amor”, editor de folletos de propaganda sindicalista y libertaria.

“No solo por obra de los dirigentes y de la masa trabajadora sino también, y sobre todo, por la sensibilidad social del presidente Billinghurst [1912-1914], este expidió el decreto que estableció la jornada de ocho horas en el Muelle y Dársena del Callao; según la versión obrera, el documento oficial apareció, sin embargo, después de que la empresa había aceptado ese horario en trato directo.  Algunos gremios del puerto también la obtuvieron.  En las huelgas que estallaron en 1913 en otros lugares y en las de 1916 fue planteada la misma reivindicación.

“Desde que se expidió en 1918 la ley Manzanilla sobre el trabajo de las mujeres y niños que estableció para ellos la jornada de ocho horas, un grupo de dirigentes sindicales se puso de acuerdo en el plan de obtener la misma jornada para todos los obreros.  El trabajo en las fábricas se hacía, en muchos casos, dentro del plazo de diez horas”. [Basadre, Historia, cap. 43; 9na ed. 2014, t. 13, pp. 280-281]

La legislación de 1918 a que hace referencia Basadre era: “La ley sobre trabajo de Mujeres y niños y la ley sobre Descanso obligatorio dominical.- La N° 2851 de 25 de noviembre versó sobre el trabajo de mujeres y niños y la N° 3010 de 26 de diciembre sobre descanso obligatorio dominical extensivo a las fiestas cívicas y al primer día de las elecciones políticas.  Ambas leyes se derivaron de los proyectos que había presentado José Matías Manzanilla”. [p. 270]

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Cabe resaltar, como lo hace Basadre, que el primer movimiento obrero peruano a inicios del siglo XX era fundamentalmente de inspiración anarquista.  Y es importante mencionar la figura de Manuel González Prada [1844-1918], quien desde 1905 venía publicando textos en favor de la organización de los trabajadores peruanos desde esta corriente de pensamiento crítico.  Basadre explica el contexto histórico de ese momento:

“Durante el segundo período de Pardo [1915-1919] un grupo de obreros anarco sindicalistas predominó sobre los ácratas o anarquistas puros en la labor proselitista.  Carlos Barba dirigió algunas huelgas de zapateros y organizó el sindicato de trabajadores de esta industria.  La lucha por la jornada de ocho horas permitió a los anarco-sindicalistas llevar su propaganda a las masas en forma intensa.  El gremio textil, animador de esta lucha, adquirió un papel predominante en la acción sindical desplazando a los panaderos y zapateros, como recuerdan Alberto Flores Galindo y Manuel Burga [en ‘Apogeo y crisis de la República Aristocrática’, 1979], y también a los portuarios.  En aquella época no había grupos obreros importantes de tendencias socialistas, comunistas o católicas.  La Confederación de Artesanos Unión Universal y la Asamblea de Sociedades Unidas, al servicio de todos los Gobiernos, habían perdido todo prestigio”. [p. 283]

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¿Cómo se desarrolló la huelga de hace 100 años?  Basadre narra estos sucesos de la siguiente manera: “Cuando en diciembre de 1918 los obreros de la Fábrica Textil Inca plantearon demandas salariales y fueron a buscar solidaridad de sus camaradas de Vitarte, hubo quienes creyeron que había llegado el momento propicio.  Una nutrida asamblea en aquel lugar cercano a Lima hizo suya la demanda por la disminución de la jornada de trabajo, no obstante que algunos la creyeron imprudente […].  Un comité especial concertó los reclamos que habían sido presentados por los tejedores, los panaderos y otros gremios.  Las huelgas se sucedieron a partir del 12 de diciembre de 1918.  El 13 de enero de 1919 se produjo el paro general, que se extendió de Lima al Callao. […]

“La vida de Lima quedó virtualmente paralizada durante tres días –el 13, el 14 y el 15 de enero– al ser privada de sus más importantes servicios.  Algunos tranvías que intentaron salir a las calles se vieron obligados a volver a los de pósitos por haber sido apedreados.  Los trenes al Callao tuvieron las mismas dificultades y los huelguistas volaron la línea férrea [Ferrocarril Central].  Hubo choques entre la gendarmería y los obreros.  El ejército hizo cumplir la consigna de no permitir grupos en las calles.  Muchos focos de alumbrado público fueron destrozados.  El segundo día del paro resultó más complicado por la escasez de abastecimiento en la ciudad.  Todo el comercio cerró.  Los únicos vehículos que transitaban por las calles eran los automóviles del comité de huelga, los del Gobierno y los carros del servicio público.  Al tercer día, 15 de enero, no se había llegado a un avenimiento, pese a las discusiones sostenidas en el Ministerio de Fomento.  Una delegación de la Federación de Estudiantes, integrada por Víctor Raúl Haya de la Torre, Valentín Quesada y Bruno Bueno de la Fuente trató de buscar una fórmula para arreglar los conflictos”. [p. 281]

¿Cómo se resolvió el conflicto?  Basadre cuenta: “El ministro de Fomento Manuel Aurelio Vinelli sostuvo la necesidad de expedir un decreto para que fuese otorgada la jornada de ocho horas e insistió en que el movimiento obrero no tenía cariz político.  Distinta era la opinión del ministro del Gobierno.  El presidente Pardo apoyó a Vinelli y suscribió el decreto.  Limitó este a ocho el número de las horas de trabajo en los talleres o establecimientos del Estado.  Señaló, asimismo, que en los talleres o establecimientos particulares la fijación de dichas horas de labor sería determinada, de mutuo acuerdo, por los propietarios, industriales o administradores y los operarios.  A falta de avenimiento y mientras el Congreso legislara sobre el particular, la duración del trabajo seria ocho horas, conservando los obreros el monto de sus salarios.  Los conflictos que surgieron serían resueltos por árbitros, uno de ellos nombrado por el capital y otro por el trabajo, con un dirimente escogido por la Corte Suprema de la República (15 de enero de 1919).

“El paro fue levantado.  Los obreros consideraron que habían alcanzado una gran conquista porque la jornada de ocho horas había sido reconocida sin derramamiento de sangre; si bien las demandas planteadas en pliegos internos sobre aumento de salarios no tuvieron acogida, estos fueron pagados por un trabajo menor y hubo compensaciones para quienes laboraban a destajo.  Fue innecesaria, pues, la medida que adoptó el Gobierno al cambiar las autoridades de Lima y entregar la Prefectura y la Intendencia de Policía a jefes militares con la consigna de reprimir severamente cualquier desorden.  El jueves 16 de enero la ciudad había recuperado su aspecto normal. […]

“Entre los dirigentes obreros del paro de enero de 1919 estuvieron el ebanista Nicolás Gutarra y los textiles Julio Portocarrero, Fernando Borjas, Héctor Merel, Manuel Casabona, Julio Tataje y Fausto Narvarte.  Este último fue el primer presidente de la Federación de Trabajadores de Tejidos hasta que, sospechoso de móviles políticos, fue reemplazado por Julio Portocarrero.  Muy grande fue la importancia de los líderes Adalberto Fonkén, Delfín Lévano y Carlos Barba”. [pp. 281, 283]

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Pero, ¿qué relevancia puede tener hoy esta centenaria historia?  La precarización de los trabajadores peruanos parece ser, por desgracia, una política de Estado en el Perú desde hace por los menos un cuarto de siglo.  La cacareada “flexibilización laboral” que nuestros liberales y neolibreales criollos nunca dejan de exigirle al gobierno de turno --como si la Constitución fujimorista de 1993 no fuera suficiente desprotección--, parece querer regresarnos al siglo XIX.

La abogada Mirtha Vásquez ha señalado, aquí mismo en Noticias SER, cómo: “el 31 de diciembre [de 2018] en el diario oficial se publicaba la aprobación de la Política Nacional de Competitividad y Productividad, Decreto Supremo No 345-2018-EFP, dentro del cual se aborda el régimen laboral, estableciendo como una de las metas, maximizar la productividad generando en las empresas un entorno favorable y competitivo”.  En esta y otras medidas recientes del gobierno del ingeniero Martín Vizcarra Cornejo, como indica Mirtha Vásquez, “prima el enfoque pro empresa muchas veces antagónico a los derechos ciudadanos”.

Las luchas sindicales por los derechos de los trabajadores, que son y siempre han sido la mayoría de los peruanos y peruanas, no han terminado.  Hay, hermanas y hermanos, mucho que hacer en el 2019.

 

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Referencias:

Jorge Basadre Grohmann [1903-1980], Historia de la República del Perú, 1822-1933. 9na ed. 2014, t. 13, pp. 259-287 (Cap. 43, “Aspectos jurídicos y sociales durante la segunda administración de José Pardo hasta la implantación de la Jornada de Ocho Horas”, secciones VII, X, XI).

Mirtha Vásquez, “La corrupción que Vizcarra no combate”, Noticias SER, 9 de enero de 2019. <http://www.noticiasser.pe/opinion/la-corrupcion-que-vizcarra-no-combate>

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