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Una publicación de la asociación SER

Centralismo e hipertrofia vehicular

La reciente suspensión de las multas impuestas mediante fotopapeletas por exceso de velocidad muestra mucho más que una medida desacertada para regular el tráfico vehicular limeño. Las casi treinta mil papeletas mensuales impuestas bajo esta modalidad -muchas sin justificación aparente– se añaden a la anulación desde el 2011 de otras cincuenta mil a conductores de combis y taxis. Esto parece formar parte de un proceso interminable de ensayo y error en el cual se crean sanciones drásticas que luego resultan ser inaplicables, o bien inducen a su desobediencia generalizada, o incluso culminan en coimas a los custodios del orden. Más allá de las papeletas impagas, esto es una señal de incapacidad gubernativa, pero que nos implica a todos. Nadie, ni instituciones ni personas, logran poner en marcha un ordenamiento del tráfico automotor capaz de hacer vivible la circulación capitalina, y mucho menos de fomentar una verdadera convivencia urbana. Eso no significa incriminar al Concejo Provincial actual; habría que remontarse muy atrás, un medio siglo o más, y constatar la falta de un planeamiento adecuado de la ciudad para enfrentar el alud migratorio de la cual, salvo excepciones, adolecieron sucesivamente los concejos provinciales de entonces. 

Ciertamente no es poca cosa para cualquier gobierno municipal en el mundo que su  población se haya multiplicado por ocho, como ocurrió con Lima desde fines de la década de 1950 (a diferencia, por ejemplo, del Gran Buenos Aires que estuvo lejos de duplicarse, o de Bogotá que ‘sólo’ se quintuplicó) y la ampliación de su superficie metropolitana a cerca de cien mil hectáreas. Ese crecimiento exigía la formulación de un plan maestro de desarrollo que guiase el trazo racional de vías y sobre todo el financiamiento de la infraestructura de transportes, sin referirnos al tema de la vivienda. Pese a que se han elaborado planes maestros (menciono los de 1998 y 2004), los proyectos que éstos incluían generalmente no se ejecutaron por falta de fondos o de voluntad política. En cambio vemos calles y avenidas cuyos trazos obedecen a estándares apropiados para la década de 1940, mientras sobre ellas circula una cantidad mucho mayor de vehículos. En 1989 el parque automotor limeño era de 400,000 vehículos -un 65% automóviles particulares-, mientras en 2012 llegaron a ser 1’400,000; y sólo a junio de este año se habían vendido 100.000 unidades más. Las vacas gordas del crecimiento minero se reflejan en el brutal incremento del tráfico y de los tiempos de recorrido, y en las dificultades municipales para proveer un buen mantenimiento a las calzadas, pues la velocidad de su deterioro es directamente proporcional al aumento del número de vehículos que sobre ellas transita, desbordante. 

Decía que es un problema de toda la ciudadanía, pues todos lo padecemos y a menudo también lo alimentamos con nuestras propias transgresiones. La denominada ‘cultura combi’ incluye no sólo choferes y boleteros, también policías coimeados y vivos que no respetan ni peatones ni semáforos. Entendemos que ese incumplimiento de normas es difícil de evitar en la situación actual, cercana al colapso; pero al mismo tiempo constatamos que estos problemas reeditan los peores rasgos de la vieja cultura criolla. ‘Sacarle la vuelta’ a las reglas de tránsito no es sólo ‘ganarse alguito’, es una falta de lesa ciudadanía, desde arriba y desde abajo. Hay camionetones 4x4 generalmente nuevos, relucientes, propiedad de gente con educación superior, imponiendo (no todos, por cierto) desde el parapeto de sus lunas polarizadas su propia ley, manejando a menudo prepotentemente y llegando a proferir insultos racistas al sentirse desafiados.

Los taxistas y las combis tampoco se quedan atrás, estacionados en plena calle a la espera de clientes o haciendo carreras imprudentes para conseguirlos. Quienes viven del transporte acuden a este oficio frecuentemente a falta de otro mejor remunerado y menos estresante, y en su comportamiento transgresivo prima una racionalidad de maximización de ingresos y ahorro de combustible y no la falta de educación, dadas sus condiciones de supervivencia y subempleo. Pese a esos problemas, Lima es recorrida por un exceso de taxis, con números por mil habitantes muy superiores a los de muchas ciudades. Más de doscientos mil vehículos andando diariamente de diez a dieciocho horas, contra las dos o tres de los particulares los hace más visibles sobre las pistas, dando la sensación de una ciudad de la cual se han apropiado los taxistas.

No obstante, los gobernantes son quienes cargan con la responsabilidad. ¿Cómo no va a haber hipertrofia del tránsito en Lima si casi el 66% de los vehículos del país se encontraba en 2012 en la capital? El viejo centralismo se ha reproducido no sólo en la migración, también en veinte años de ultraliberalismo automotor, más aun si el Congreso tiene entre manos un proyecto de ampliar la importación de autos usados con timón a la derecha. En suma, el caos limeño sirve como metáfora del desorden de nuestro país y de su falta de liderazgos.