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Una publicación de la asociación SER

Castañeda: Pésimo inicio

La gestión de Luis Castañeda Lossio al frente de la municipalidad metropolitana de Lima ha cumplido sus primeros cien días, periodo que suele emplearse para analizar las características que se asoman en una nueva gestión y sus primeros avances o logros. En mi opinión, este primer tiempo arroja un balance claramente negativo. Planteo mis razones:

1.     Improvisación.Si bien se sabía desde la campaña electoral que Castañeda carecía de un plan para la ciudad, estos primeros meses ha sido notoria la improvisación. No se percibe ningún análisis sobre la forma de encarar los problemas estructurales de la ciudad y tampoco sobre la visión que conduce los esfuerzos actuales. En su lugar, han cundido anuncios aislados de “obras” (no anunciadas en su plan de gobierno, para más señas) sin conexión entre sí, y sin fundamentar de qué manera estas contribuirán a hacer de Lima una mejor urbe. 

2.     Privilegio de intereses particulares. No de otra manera se puede denominar la contrarreforma orientada a desmantelar el ordenamiento del transporte público iniciado por la gestión de Susana Villarán. Ninguna de las medidas adoptadas favorecen al ciudadano, y sí, en cambio, a las empresas que tienen el control del transporte urbano. Los intentos de imponer la autoridad municipal han caído por los suelos, por lo que seguirá imperando la cultura del “vale todo” en las pistas de la ciudad, con su secuela sangrienta, y con los derechos ciudadanos olvidados. Anular lo hecho por la gestión anterior no implica necesariamente una mayor eficiencia o eficacia. La actual gestión municipal no ha mostrado hasta el momento ni una ni otra.

3.     Nula transparencia. Castañeda no explica ni fundamenta sus decisiones, solo las anuncia. No se somete al escrutinio ciudadano, tampoco admite las críticas de la oposición política o mediática. Se escuda en la mayoría de la que goza en el Concejo Municipal y en un discurso que cuestiona cualquier forma de deliberación que “quita tiempo” para “las obras”, único leit motiv válido en su escuálido discurso político. La no transmisión de las sesiones de Concejo o su inasistencia (con mentira incluida) a la Comisión del Congreso a la que fue citado son solo un par de muestras de una cultura política que no es amiga de la transparencia y de la rendición de cuentas, lo cual, como sabemos, abona el terreno para la corrupción.

4.     Desprecio a la cultura. Ha sido ampliamente cuestionada la decisión de borrar un conjunto importante de murales pintados en el Centro Histórico de la ciudad. A la fecha, más allá de acciones aisladas, no se conoce de un plan para la promoción cultural en y para la ciudad. Se sabe que las acciones culturales no entran en la categoría de “obras”, razón por la que no gozan del aprecio de la actual gestión.

5.     Utilización del ciudadano. Castañeda se vio obligado a regresar de España para encabezar las labores de auxilio a la población damnificada en Chosica. Esta acción, normal en cualquier líder político, se vio empañada por una presunta responsabilidad en el desastre, por facilitar la urbanización en zonas de riesgo, y por el evidente empleo de la ayuda como una forma de favorecer la imagen del alcalde. Esto, desde luego, no es ilegal, pero muestra una conducta mezquina, que se vale del dolor ajeno para obtener réditos propios. La compasión y la solidaridad no solo pierden su sentido cuando se centran en quien la ofrece y no en quien la recibe, sino que revelan la catadura del supuesto favorecedor.

Este apretado recuento no trae buenas noticias para la ciudad. Los tres primeros meses no han sido portadores de algo favorable para los y las habitantes de Lima, sino todo lo contrario: Anuncios cuestionables.

¿Algo podrá cambiar en el futuro? Nada parece indicarlo. Los actos políticos del alcalde y de sus más cercanos colaboradores revelan que están tratando de adecuar la gestión municipal al modelo que les brindó grandes réditos políticos entre los años 2003 y 2010. Es decir, enfrentamos un movimiento de retroceso hacia un estilo de gestión individualista, autoritario, opaco y ajeno a los intereses de la ciudadanía. En pocas palabras, Castañeda, en estos escasos tres primeros meses de gestión, nos ha recordado por qué encarna los peores rasgos de la cultura política peruana.