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Una publicación de la asociación SER

Armando Guevara Ochoa (1926-2013)

Se va el 2013, escurriéndose entre el viento y el bullicio alborotado de las compras navideñas. Es ese tiempo en el que uno ordena, saca cuentas, hace su propio inventario, se reconoce un año más viejo. Más que los cumpleaños, estas fechas cumplen ese rol obligatorio. En esos trajines uno cae en la cuenta de las cosas relevantes que pasaron y cambiaron la vida por completo, no solo la propia sino la vida en general.

Entre aquellos recuentos emerge la imagen del gran compositor cusqueño Armando Guevara Ochoa, quien falleciese en la ciudad de Lima la madrugada del 14 de enero de este año. Aquel sentimiento palpitante que compuso temas como “Vilcanota” o “Lamento andino”, cumplió su trayecto hacia la inmortalidad un mes antes de cumplir los 87 años.

Este maestro, en uno de esos actos cargados de azaroso simbolismo, falleció en la ciudad que lo vio brillar por primera vez. El 8 de mayo de 1937, Guevara Ochoa presentó una de sus primeras composiciones en el Teatro Municipal de Lima dando inicio a una carrera que, como señala el musicólogo José Quezada Macchiavello, no paró hasta hacer vibrar los más importantes teatros del mundo, desde el Carnegie Hall de Nueva York hasta la Sala Tchaikovski de Moscú.

A raíz de su muerte, la Dirección de Cultura de Cusco ha juntado buena parte de su obra en un disco, el mismo que acompaña mi trabajo en estos días. Remecido por los recuerdos vuelvo a la magia entrañable de la sinfonía compuesta para la película “Kukuli”, del director cusqueño Luis Figueroa, fallecido el año pasado, y estrenada en 1963. Los paisajes vívidos y su esencia propia hacen que lejos de ser “la música de la película”, esta pieza se haya convertido en una de las más logradas de su importante obra.   

Entre los sendos reconocimientos que le otorgaron en vida, Quezada Macchiavelo resalta su condecoración en grado de Amauta por el Ministerio de Educación, así como su nombramiento en 1989 como Patrimonio Cultural Vivo de la Nación de parte del entonces Instituto Nacional de Cultura. Es precisamente este nombramiento el que, aún siendo muy pequeño, llamó mi atención especialmente luego de enterarme que tal situación existía y así como  Machu Picchu, los peruanos de hoy también podíamos ser reconocidos como referente de la grandeza cultural del país.

Y es precisamente el recuerdo de esta reflexión el que sobreviene cuando escucho esta música y, al mismo tiempo, voy empapándome del espíritu de fin de año. Esperando, claro, que el recuerdo de este maestro esté presente en más balances, en más recuerdos que, como el mío, guardan aún un entrañable espacio para sus notas.  Esperando también que, así como se aplaude la apertura de fast foods o malls en el Cusco, celebremos también el florecimiento de la cultura viva. Y ahí sobreviene la nostalgia, como cada vez que recuerdo que en la capital histórica de América un teatro se convirtió hace pocos años en un supermercado.