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Una publicación de la asociación SER

Ino Moxo y las violencias del ego conquiro

“Acerca de Velasco tengo una visión bien concreta: el General Velasco ha sido el único presidente que ha tenido el Perú. Morales Bermúdez, como antítesis de Velasco, es ni siquiera un traidor; cuando descalabra toda la construcción reformista revolucionaria del presidente Velasco no traiciona nada; él es leal con su destino de traidor, es leal con su clase social opresora, canallesca y cobarde. Pienso que con Velasco, el pueblo peruano renació y cuando estaba asomando su cabeza, así como un sol naciente, Morales Bermúdez lo decapitó”.

Estas palabras de César Calvo -tomadas de una entrevista con Rolland Forgues titulada Un incendio que quema con dulzura-  podrían parecen una dicotomía entre buenos y malos. Podría afirmarse que adolecen de una visión idealizada del gobierno de Juan Velasco Alvarado. Sin embargo, resulta innegable hallar en sus declaraciones la materialidad de una violencia colonial que aún nos cuesta combatir. Ciertamente, con Velasco se inició la reivindicación de las poblaciones indígenas/campesinas. En el caso de las naciones indígenas amazónicas, fue reconocido el derecho a sus tierras con el D.L. 20653 (1974). Ha corrido ya mucha tinta sobre los pormenores de dicha ley, en la cual Stefano Varese supo lidiar con las autoridades del velascato para lograr el reconocimiento de los territorios indígenas en la Amazonía. Lo que se venía avanzando, y que con sus errores y posibles reformulaciones, hubiera reorientado nuestras políticas interculturales fue desechado por Morales Bermúdez. Y en este punto es importante subrayar esta acotación de Calvo sobre este expresidente: “es leal con su clase social opresora, canallesca y cobarde”, es decir, leal con su clase colonizadora.

Además de desmantelar los proyectos de la Reforma Agraria -bajo el argumento de una reformulación-, Morales Bermúdez ignoró los derechos reconocidos en la región amazónica en nombre del progreso de la nación peruana. Con el D.L. 22175 (1978) Morales Bermúdez derogaba el anterior decreto y se proponía “ofrecer las mayores facilidades a la inversión de capitales en la región, sin tener en cuenta las consecuencias que una política de este tipo traerían para la ecología y la población regional, y para la economía del país en su conjunto”, como bien anotó Alberto Chirif. Se trató así de favorecer el ingreso de las empresas extractivistas sin importar sus terribles consecuencias para las vidas de las naciones indígenas. El estado volvió a legitimar la violencia colonial una vez más, una violencia que como dice Calvo decapitó los cuerpos que nacían, es decir, aquellos cuerpos indígenas que comenzaban a ser reconocidos, que comenzaban a tener derechos. Considerando este contexto, propongo leer Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía, novela publicada por César Calvo en 1981, como una crítica a la violencia colonial legitimada por Morales Bermúdez, quien durante su gobierno actualizó la tradición de exterminio contra las naciones indígenas. Ciertamente, la novela evoca los años de la masacre del caucho, refiriéndose al apogeo de Fitzcarrald o al conflicto peruano-colombiano en 1932.  Sin embargo, sostengo, este texto dirige duros ataques a las políticas de Morales Bermúdez y puede leerse además como una contestación a los actuales conflictos socio-ambientales en el país. 

He mencionado que Morales Bermúdez actualizó una tradición de violencia. De hecho, dicha violencia es intrínseca a nuestra historia, como bien señala Alberto Flores Galindo en La tradición autoritaria. Para mí se trata de un modo de pensar y de una práctica que, más allá de especificidades históricas, sobrevive, se re-elabora, cobra nuevas pieles e ideologías, manteniendo -disfrazada- su lógica de exterminio. Este tipo de violencia, criticada en Las tres mitades de Ino Moxo, es lo que llamo ego conquiro. Enrique Dussel, en 1492: el encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad, explica que el ego conquiro o “yo conquisto” se refiere a una subjetividad colonizadora que impone un control violento sobre cuerpos y territorios. Si bien esta subjetividad se inicia con la conquista se actualiza en cada práctica de colonización. Así las cosas, una de las variantes, de las máscaras del ego conquiro fue la masacre del caucho. En este punto, a fin de dejar en claro cómo la violencia del ego conquiro es una continuidad de la historia peruana, César Calvo utiliza un manejo del tiempo narrativo que yuxtapone el pasado cauchero y el presente de Morales Bermúdez, a tal punto que resultan periodos indiscernibles. Para Calvo ego conquiro no ha desaparecido, atraviesa nuestra formación social, nuestro modo de ser y pensar, de aquí que, en la entrevista citada, llame “conquistadores” a los peruanos de la República. Bastaría dar un vistazo a los argumentos y procedimientos del actual gobierno sobre Tía María para darnos cuenta que la impronta del “yo conquisto” sigue definiendo la relación del estado con las poblaciones indígenas/campesinas.

Siguiendo los apuntes de Slavoj Zizek en Sobre la violencia, quiero analizar ahora las formas en que el ego conquiro violenta los cuerpos y territorios indígenas en Las tres mitades de Ino Moxo. Se trata aquí de demostrar que la violencia colonial funciona como una maquinaria con múltiples engranajes. La violencia del ego conquiro no es un acto irracional sino que forma parte de una lógica estructurada. El ego conquiro oprime y trata como instrumento al Otro conquistado, ejerciendo una dominación violenta a nivel objetivo (economía capitalista), subjetivo (administración punitiva) y simbólico (ideología subalternizante). Detallamos a continuación dicha praxis. En un primer nivel, la violencia objetiva se refiere al sistema económico que avala la masacre del caucho.  El interés capitalista por el caucho comienza en 1839, cuando Charles Goodyear descubrió la vulcanización del caucho, generando una miríada de utilidades: transportes (ferrocarriles, autos), deportes (pelotas), comunicaciones (cables), electricidad (aislante), etc. La demanda mundial de las gomas provocó el etnocidio de 30,000 indígenas y sostuvo casonas lujosas, óperas y divertimentos, educación privilegiada en Europa para la descendencia de los barones del caucho. A decir de Zizek, la economía se perfila como una violencia objetiva o sistémica que: “determina la estructura de los procesos materiales sociales”. La violencia objetiva es inherente a la globalización capitalista, fluctuación abstracta que organiza la realidad social.

Respecto a la violencia subjetiva tenemos que pensar en los agentes que violentan los territorios y cuerpos asháninkas en la novela de Calvo. Este tipo de violencia, siguiendo a Zizek, incluye “agentes sociales, individuos malvados, aparatos represivos”, por lo tanto, se identifica con los victimarios —caucheros, negros de Barbados— y cómplices —autoridades judiciales y legislativas—. La violencia fue intrínseca a la misma organización cauchera: Los gomeros o siringueros son coaccionados mediante necesidades generadas por la empresa cauchera. La producción causa su carencia. Ellos quieren fortuna, pero acaban enganchados (endeudados), viéndose obligados a obedecer y ser oprimidos. Dentro de esta organización el cuerpo indígena no tenía ningún valor y, por lo tanto, sufría la mayor violencia física.

Zizek plantea, finalmente, el caso de la violencia simbólica, es decir, las ideologías que sustentan, legitiman y protegen la hegemonía de los violentadores. En este sentido, la ideología cauchera se justificó argumentando relaciones cordiales con las naciones indígenas. En su defensa ante el Parlamento inglés, Julio Arana aclaraba con detalles que “conquista” no tenía en sus tierras la significación peyorativa del lenguaje anglosajón; por esto decía que: “Conquistar (…), no significaba lo que ellos imaginaban sino distribuir bienes a cambio de caucho” (citado en el libro de Taussing, Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje). Para los caucheros “conquistar” era “atraer a una persona, conquistar sus simpatías”, por esto Arana lo comparara con un sistema de trueque que reproducía un encuentro pacífico y armonioso. Sin embargo, ese atraer a los indígenas consistía en darles objetos que generaban un endeudamiento o círculo vicioso que les obligaba a entregar más caucho.  Se trataba, por lo tanto, de un sistema de explotación antes que una relación de reciprocidad. Otro argumento fue el “salvajismo”. Según Félix Insapillo, personaje de Las tres mitades de Ino Moxo, los colonizadores dijeron: “Que los jíbaro, entre otras atrocidades, reducen cabezas de humano sin por qué ni para qué, por placer de salvajes, peores que los peores animales feroces”. El objetivo de los caucheros era demostrar que los indígenas vivían en la decadencia y que ellos buscaban civilizarlos. Por esto ante la violencia física en los gomales, los caucheros cambiaban de tema, rechazaban la responsabilidad y sacaban a relucir sus fines humanitarios. La violencia simbólica encubre la violencia física: acentuando los fines de modernización, ocultaban las acusaciones de genocidio. Extraían goma para enriquecerse sin importarles la sangre indígena, pero usaban como pretexto su preocupación por el bienestar nacional: modernizan ciudades (Iquitos, Manaos, el París de los trópicos), fomentan el trabajo (casas comerciales, bancos, compañías navieras).

Todo esto consiguió que la violencia física fuera, paradójicamente, invisible: se marcaba en el cuerpo indígena (cicatrices, cortes, etcétera.), pero este cuerpo no existía, no tenía derechos. Civilizar, máscara favorita del ego conquiro, supuso la violencia de múltiples actores. En La vorágine, novela del colombiano Eustasio Rivera, los dominios caucheros incluían la cultura (un erudito francés investiga a las tribus sometidas), el consulado colombiano (Clemente Silva busca ayuda y advierte que el cónsul es un trabajador más de Arana), la política local (los caucheros aspiran consolidarse a nivel burocrático). Así, el mayor deseo de los patrones es: “la creación de Alcaldías y de Panópticos, o mejor, la iniquidad dirigida por ellos mismos”, como anota uno de los narradores en el texto de Rivera. Bajo este régimen, los crímenes del Putumayo no podían ser denunciados y en caso sucediera nunca llegaron a investigarse pues la casa Arana había comprado fidelidad de jueces y políticos. Por esto, Pineda Camacho señala que en sus territorios Arana “realmente, podía decir: El Estado soy yo”.

Pero no solo el Putumayo sino también el Perú era un territorio dominado por Arana, saturado por una violencia muy concreta (inscrita en cuerpos flagelados y descuartizados), pero oculta para una población nacional ciega. El gobierno peruano era ineficiente ante la problemática denunciada por Saldaña Roca; estaba seducido por el discurso cauchero. La casa Arana peruanizaba territorios inexpugnables para el Estado, defendía los límites territoriales ante Colombia. La correspondencia nación-caucho es incuestionable. En Las tres mitades de Ino Moxo esto se enfatiza cuando Fitzcarrald coloca la bandera peruana en el territorio conquistado. Si los caucheros beneficiaban al Perú ¿la ignorancia de la política estatal ante los crímenes se debió a que, desde su posición eurocéntrica los indígenas amazónicos no eran peruanos? Si uno concentra su atención en las leyes de la época se puede concluir que los indígenas eran presencias invisibles para la legislación eurocentrista del país: su cuerpo solo existía cuando eran torturados.

Calvo busca deslegitimar las justificaciones de la violencia cauchera, citando pasajes de El verdadero Fitzcarrald ante la historia. Su autor, Zacarías Valdez Lozano es un artífice de la violencia simbólica de los caucheros. Valdez elogió su heroísmo y patriotismo, denostado a los indígenas, considerándolos salvajes, caníbales, etc. Tales juicios demuestran para Ino Moxo que los viracochas no logran conocer ni aprehender lo que está fuera de su cognición, afirmando que: “A lo largo de cuatrocientos años los viracocha solo han sabido equivocarse”. Tales equívocos han significado miríadas de muertes y encubrimientos: la ideología viracocha opera mediante el “olvido” de sus propios fines, ocultando “la violencia del colonialismo y del imperialismo detrás del embellecedor manto de misiones civilizatorias”, como ha indicado Fernando Coronil en Naturaleza del postcolonialismo. Zacarías Váldez argumenta que Fitzscarrald cumple una misión civilizadora, colaborando con la modernización peruana. Igualmente Rey de Castro en sus artículos “hace aparecer a la casa Arana como benefactora del Perú; y como a una divinidad a su jefe, Julio C. Arana, a quien le llama bienhechor y bendito” (citado en el texto de Carlos A. Valcárcel, El proceso del Putumayo). Sin embargo, el carácter épico que Váldez otorga a los caucheros es develado en la novela como visión solipsista y acción sádica, incapaz de comprender y valorar la otredad cultural. Para el brujo amawaka el etnocidio es un acto indignante, a tal punto que afirma: “Y de sólo pensar que aquellos genocidas eran hombres, hasta hoy, por momentos, me dan ganas de nacionalizarme culebra, o palosangre, o piedra de quebrada, cualquier cosa”.

Las tres mitades de Ino Moxo es una crítica de la colonización, confrontando los tipos de violencia que sustentan y justifican su poder. El ego conquiro en-cubre la alteridad indígena, la reduce a una representación subalterna o falsamente inclusiva. No obstante, la novela nos invita a su des-cubrimiento: enseña a ver y oír los cuerpos que han sido invisibilizados. Se configura así la defensa del espacio y saberes amazónicos, desiderátum que Calvo planteó claramente en la declaración del Encuentro Internacional de poetas realizado en Indiana (Loreto, 1986):

nuestro canto denuncia la voracidad suicida del imperialismo internacional que es amparado –en su tarea destructora– por la complicidad de los gobiernos que ocupan la Amazonía (…) Queremos, con nuestro canto, ayudar a salvar Amazonía, para que la libertad y la vida que aún reinan en ella, puedan transformar la existencia de este lugar llamado Tierra, morada del corazón y de la inteligencia de todo lo viviente