Opinión

"EL norte ya no existe" de Alina Gadea

Por Christiane Félip Vidal

Escritora

"EL norte ya no existe" de Alina GadeaFoto: LaMula

Al terminar de leer El Norte ya no existe, se me vinieron a la mente 2 frases de Borges que aparecen en su libro de cuentos El hacedor: Una en El sur, que siempre dijo ser su cuento preferido, donde declara “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”; la otra en un cuento muy breve, La trama, en el que retoma la idea: “al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”.

Me vinieron a la mente por ser El norte ya no existe una novela construida en base a las simetrías, y a la repetición de conductas por más variables que resulten las maneras de enfrentarlas.

Hay simetría en:

  • la construcción narrativa con alternancia de capítulos dedicados a cada uno de los personajes, con lógica predominancia de capítulos dedicados al protagonista, Gonzalo.
  • las relaciones que van siempre de dos en dos.
  • el tratamiento psicológico de los personajes, todos apremiados por una necesidad de cambio.

La pandemia es la causante de todo, pero su papel en la novela no es el que le conocimos: no se le atribuye muertes, dramas, desempleos, suicidios, ni violencia familiar.

En la novela, la pandemia salva a los protagonistas porque la inactividad y el encierro al que los obliga les dan el tiempo necesario para hacer el balance de su vida tanto profesional como familiar y sentimental, abrir los ojos sobre su concepto de la felicidad, sobre las oportunidades perdidas y les permite tomar conciencia de que han equivocado el rumbo.

Esto se refleja en sus reflexiones repletas de interrogantes y dudas, sobre todo de parte del protagonista Gonzalo, un personaje en plan de huida de sí mismo pero reacio a cuestionarse y más dispuesto a considerarse víctima que autor de su propio fracaso.

Lo demuestra en sus monólogos interiores en los que compara su vida actual con la que hubiera deseado llevar y busca excusas que justifiquen la repetición de errores cometidos a lo largo de una vida con la que por inercia y por interés socio-profesional, se conformó sin embargo durante 40 años.

Hay también simetría en el encierro: el encierro físico consecuencia de la pandemia, va de la mano con el encierro mental.

Y como toda simetría lleva a su contrario, la inacción termina por llevar a la acción decisiva: la ruptura. Una ruptura con el pasado, única forma de rebelarse contra un orden hasta ese momento aceptado e, incluso, buscado.

Pero se trata siempre, cualquiera que sea el personaje, de una rebeldía individualista. Tanto las reflexiones sobre la crisis sanitaria como los recuerdos sobre las crisis políticas por las que pasaron y de las que huyeron, no reflejan compromiso de ningún tipo.

El compromiso es con ellos mismos, con su deseo de vivir a su antojo y disfrutar lo más posible de la vida, liberándose de cuanto les ponga un freno.

Vale decir, un concepto más bien hedonista, especialmente de parte de los personajes femeninos.

Hay por otra parte al respecto, en las dos mujeres, una liviandad, una lucidez y honestidad que no tiene el personaje masculino.

Para concretar la ruptura, todos necesitan irse, cambiar de lugar, y los espacios juegan en ello un papel clave pues condicionan comportamientos y decisiones:

Por un lado están las ciudades, dos capitales, en continentes distintos: Lima y Madrid. Representan los espacios del encierro en los que rigen valores tradicionales: vida familiar, éxito profesional y social.

Son espacios estáticos que se limitan a interiores física y mentalmente sofocantes, donde la rutina exacerbada por el cara a cara constante consecuencia de la pandemia, se vuelve insoportable.

Frente a los espacios que son escenarios de un presente insípido, el pasado se magnifica, se idealiza y el futuro cobra visos edénicos.

Por su parte, los espacios no urbanos, la playa, el espacio andino, son sinónimo de libertad y gozo. En ellos, frente a una naturaleza auténtica, los personajes encuentran el equilibrio deseado logrando ser lo que siempre quisieron ser.

Los Andes funcionan como metáfora del regreso a los orígenes, al ombligo mismo del protagonista, a una identidad liberada de toda sujeción.

Y me asombra que Alina Gadea haya logrado que sintamos tanto interés por un personaje tan antipático como Gonzalo, un personaje para quien el único lugar donde puede vivir a gusto es el de sus deseos, el de los recuerdos y los sueños, un tipo egoísta, incapaz de participar en las tareas domésticas durante una pandemia que lo deja inactivo, incapaz de establecer una relación de afecto con sucesivas esposas e hijos, únicamente entregado a una pasión amorosa intermitente a la que considera recíproca porque así lo quiere, y preguntándose si “ la vida ha sido justa con él”, es decir presentándose en plan de víctima. En suma, la antítesis de la pareja soñada.

Sin embargo, aunque de manera más breve, los dos personajes femeninos han caído también en la misma trampa: la de compartir un amor hasta la muerte, la convención de la pareja soñada que envejece tranquila luego de haber procreado como Dios manda, tal como Iris, en plan de ruptura sentimental, imagina que viven parejas ya maduras en los edificios del frente: “Han quedado atrás antiguas diferencias y cansancios mutuos. Nadan en las aguas tranquilas de su madurez…No les hace falta nada más”.

Pero la vida anterior de las dos mujeres, a diferencia de la de Gonzalo, no estuvo supeditada al éxito socio económico y su objetivo fue más que todo reconquistar un territorio personal, liberado de las contingencias de la pareja convencional.

En este entrecruce de tres vidas, El norte ya no existe cuenta las dudas, el mal vivir, narrado sin dramatismo, en la tranquilidad de tardes solitarias, en lechos mal compartidos, que resultan peores que la misma soledad.

Y este triste realismo narrativo que Alina Gadea describe con fineza y sensibilidad nos interpela, porque refleja la vida misma, la de nosotros, la de cualquier individuo que, en un momento de crisis, no importa la edad, pero quizás más cuantos más años tenga, termina preguntándose si la vida que lleva es la que realmente quería y, ante la duda, acepta el reto de un honesto examen de conciencia con el riesgo de que surja la temible pregunta de tipo vargasllosiano “¿En qué momento me jodí?”

Lima, 06/10/2023

Texto leído en la presentación del libro "El norte ya no existe" realizada en "Vallejo Librería Café" el viernes 6 de octubre del presente año.