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Una publicación de la asociación SER

El antifujimorismo es antipolítico

Foto: Peru.com

Autor: Víctor Liza

Alberto Fujimori inauguró la antipolítica en el Perú. En sus discursos como candidato presidencial en 1990 y luego durante su mandato presidencial, responsabilizaba a los “partidos tradicionales” de la crisis de los años ochenta, marcada por el auge de Sendero Luminoso y la hiperinflación. Los partidos ya no sirven: solo basta trabajar con honradez, tecnología y trabajo. Ese era el discurso de Fujimori. La población, que inicialmente apoyaba a Mario Vargas Llosa, notó el respaldo descarado de dos “partidos tradicionales”: Acción Popular y el PPC. Con un discurso casi progresista, y aupado (soterradamente, para no espantar votantes) por el Apra y la izquierda, el ingeniero se impuso al escritor.

Una vez en el poder, y con una población que solo esperaba un salvador, Fujimori hizo todo lo contrario. Ratificó su discurso antipartido, pero le dio un valor agregado: solo la tecnocracia y no la política salvará al Perú. Aplicó el shock económico siguiendo el libreto de Vargas Llosa y se impuso autoritariamente. Mucha gente creyó en esa propuesta y hasta ahora la sostiene.

Como era natural, surgió el antifujimorismo. Era una oposición que combinaba críticas a la autocracia y al modelo económico. Mal que bien, tenía propuestas para cambiar el estado de las cosas. Eso representó Javier Pérez de Cuéllar sin éxito y luego Alberto Andrade. Hasta que apareció Alejandro Toledo y unificó a la oposición. Por un tiempo, se acabó la discusión contra el fujimorismo. Mal que bien, volvió el debate político.

Con el ascenso de Keiko Fujimori a la escena política, heredera de don Alberto, volvió el antifujimorismo. Pero este ya no tenía una propuesta programática: era simplemente un “anti”. En la campaña de 2011, surgieron colectivos “anti-Keiko”. No había nada de discusión política. La única idea era que el fujimorismo no volviera al poder. Ollanta Humala ganó la primera vuelta con una propuesta programática, que luego tuvo que edulcorar para recibir el apoyo antifujimorista. Así logró la presidencia de la República.

En las elecciones de 2016 se repitió la misma figura, con la diferencia de que el oponente era Pedro Pablo Kuczynski, quien tenía una propuesta política parecida en lo económico. Otra vez el antifujimorismo apareció y persuadió a los votantes de izquierda a que lo apoyaran -pese a su pasado- y así PPK llegó al poder.

Luego de la coyuntura de confrontación del Ejecutivo con el Congreso, el antifujimorismo se ha intensificado. En estas elecciones complementarias legislativas, ya no lleva ninguna bandera ni apoya a ningún candidato. Su única ¿propuesta? es evitar que los candidatos que provengan del fujimorismo, ya sea que estén en Fuerza Popular o en otro partido o en el Apra, no sean elegidos.

Una muestra de ello es lo ocurrido con Mijael Garrido Lecca. Ha sido positivo que medios periodísticos virtuales como Útero.pe y Somos Periodismo haya desnudado todas sus mentiras. Sin embargo, el público “antifujimorista” (que en este caso es antiaprista) en el afán del bullying hacia el candidato al Congreso por el Apra, lo ha sobreexpuesto. El resultado: en la última encuesta de IPSOS aparece como uno de los “candidatos jóvenes”, con mayor intención de voto.

Lo mismo ocurre con otros candidatos al Congreso que antes fueron fujimoristas y ahora postulan por otros partidos, como Rosa Bartra y Yeni Vilcatoma. Cada declaración de las señoras excongresistas es compartida por este público en las redes, que se mueve entre la chacota y la indignación. Incluso hacen conocidos a gente que ni se sabía que eran postulantes al Congreso. El autor de este artículo ignoraba que el señor Eugenio D’ Medina, un señorón conservador, era candidato al Parlamento. Los antifujimoristas de las redes me lo hicieron saber gracias a su troleo sistemático.

Es cierto que la desconfianza hacia los líderes políticos en el Perú ha crecido en este siglo. Luego de la transición democrática del año 2000, la ciudadanía se ha visto defraudada por cada nuevo gobierno. Consideran que todos “son iguales” y ya no creen ni en las caras nuevas, como lo fue en su momento Fujimori. Por eso, lo más fácil es ser “anti”. La antipolítica en su máxima expresión.

Esta forma de entender la política también demuestra la pobreza del debate. No hay capacidad de proponer alternativas y levantar banderas. Y si las hay, sean de centro o de izquierda, de inmediato son ninguneadas por esos mismos actores de un antifujimorismo soso, repetitivo y aburrido, sin discurso y sin posición. El fujimorismo no se acabará con ese círculo vicioso. La política, ese debate de ideas ninguneado antes por fujimoristas y ahora por antifujimoristas, tiene que volver.