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Una publicación de la asociación SER

Cuando todo estalló en Chile: a un año de la Revuelta de octubre

Foto: Susana Hidalgo

Camila Fernanda Sastre Díaz

I

Cuando todo estalló, yo estaba en medio de los Andes, haciendo parte de mi trabajo de campo, razón por la cual hace tres años me encontraba viviendo en Lima. Como el internet no tiene buena señal, llevaba días sin poder revisar las redes sociales y las páginas de medios de prensa, para enterarme qué es lo que estaba pasando en Chile. Lograba a veces conectarme y ver unas imágenes de estudiantes secundarios saltar los torniquetes del Metro, pero no entendía de qué se trataba o cuál era el objetivo. Tampoco sabía que día a día iban aumentando las evasiones y que el apoyo a las manifestaciones iba creciendo. Las veces que conversaba con mi compañero, quien dos meses antes había retornado a Chile, más bien giraban en torno a cómo me estaba yendo con mi trabajo.

Ese viernes regresaba a Huancayo. A las tres de la mañana tomé el carro que bajaba desde las alturas donde me encontraba hacia la capital regional. Intenté estar despierta la mayor cantidad de horas. Me ponía nerviosa el angosto camino de trocha, mientras conversaba con el chofer sobre el clima, del frío, si volvería a viajar al pueblo. En algún momento, ya alrededor de las seis de la mañana, el sueño me venció. Volví a despertar casi llegando a Huancayo. Me fui directo a mi hostal a descansar. Eran las 8 de la mañana. Volví a despertar alrededor de las 13 horas. Ya repuesta, decidí ir a almorzar. Es en ese momento que comienzo a revisar mis redes sociales y a leer los estados y publicaciones que compartían mis amigas y amigos de Santiago. Un muy buen amigo de Universidad –y a estas alturas de la vida- me envió un mensaje de audio por whatsapp, ante mi incredulidad manifestada ante una de sus publicaciones. “No entiendo nada”, algo así le había escrito. Él sabía que me encontraba algo incomunicada. “Estoy en el centro de Santiago”, es algo que recuerdo de sus palabras. “¿Escuchas? Hace rato que sobrevuelan los helicópteros de los pacos[1])”, y recuerdo el ensordecedor sonido de ese audio. Él fue el primero que comenzó a explicarme: que habían subido en treinta pesos el pasaje del Metro, que los secundarios habían comenzado a evadir saltando los torniquetes como forma de manifestación, que la población en vez de molestarse había apoyado a los estudiantes, que los aplaudían cada vez que llegaban en masa a las estaciones del Metro. Pero que ese viernes había comenzado una ola de manifestaciones reprimidas por el Gobierno.

A medida que fue avanzando la tarde comencé a revisar diversas redes sociales, prensa y comunicarme con varios de mis contactos. Todxs me transmitían la sensación de una movilización que iba creciendo como una bola de nieve, que era imposible de contener. Esa tarde comenzó a llover en Huancayo. Había procesión del Señor de los Milagros y yo me encontraba en medio de la masa de gente peregrina. Mientras avanzaba el Santo y las Hermandades iban cambiando, yo seguía enterándome como la situación se iba agravando cada vez más. En un momento ya no pude seguir ahí en medio de la procesión, mi mente se había trasladado más de tres mil kilómetros al sur del continente.

Caminé hacia mi hostal, mientras la lluvia seguía cayendo, con mi celular en mano, leyendo tweets, posteos de facebook y mensajes de whatsapp. Es allí cuando tomé la pésima decisión de ir a comer algo. Recuerdo que justo en el momento que llegó mi plato de cena, el Presidente Piñera salía en cadena nacional y radial declarando el Estado de Emergencia en Santiago y varias otras ciudades del país, y poniendo el control de la seguridad en manos de las Fuerzas Armadas. Mi plato quedó casi completo. El apetito había pasado, mis angustias me invadían y los peores hechos del pasado reciente de mi país se me venían a la cabeza, esos mismos que vengo estudiando desde que ingresé en el 2005 a estudiar Historia.

II

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Foto: Camila Sastre. Agosto 2020

Ese muro queda a unas dos o tres cuadras de mi casa de Santiago. Cuando regresé, a mediados de febrero de este año, ya estaba allí. Las planchas de madera cierran el perímetro de un futuro edificio que se levantaría en ese lugar, y que antes albergaba un par de casonas antiguas del barrio, consideradas por lxs vecinxs como parte del patrimonio arquitectónico de la zona, que poco le importó a la Municipalidad que otorgó los permisos y permitió la construcción, y a la inmobiliaria ganar dinero, pretendiendo seguramente construir un torre de varios pisos y que albergará muchos departamentos a precios inalcanzables, y que hacen que lxs chilenxs se endeuden hasta morir para lograr el sueño de la casa propia (porque tener una vivienda aquí en Chile es carísimo). Ni la pandemia, ni la lluvia del invierno, han borrado los rayados. Ahí siguen. No sé si el trabajo de demolición e inicios de la construcción fueron detenidos por el estallido social de octubre. Pero sí sé con certeza que la pandemia detuvo los trabajos. Y también sé con seguridad que esas planchas se encontraban allí para esos días revoltosos pero gloriosos. Porque bajo las pintas se puede hacer un trabajo arqueológico y ver como capas tras capas de rayados y afiches pegados, que han sido cubiertos una y otra vez, intentando ocultar/borrar el malestar de muchxs.

Durante todo el otoño e invierno, la pandemia se dejó sentir. Llevó a que incluso, el plebiscito propuesto como salida al conflicto y en el cuál se nos consultaría a lxs chilenxs si queremos o no una nueva Constitución, que deje atrás aquella heredada de la dictadura de Pinochet, fuera postergado desde abril al próximo domingo 25 de octubre. Las votaciones se consideraron focos infecciosos, transformando la ocasión en algo peligroso para la salud pública.

Actualmente se contabiliza que más de 16 mil chilenxs murieron a causa del virus. La gran mayoría de ellxs pertenecientes a las clases medias y bajas de nuestra sociedad, aquellxs que no pudieron ni pueden acceder a “la mejor salud del universo”, como describió uno de los Ministros de Salud, Jaime Mañalich, a nuestro sistema de salud. La pandemia volvía a enrostrarnos las razones del estallido: la desigualdad social.

Recuerdo que varias personas me preguntaron, a mi regreso a Lima, qué es lo que estaba pasando. En mi intento breve de explicarles, muchas veces tuve como respuesta “pero es como acá”. Y sí, la desigualdad no es sólo una experiencia chilena. Se extiende por toda la región. Pero, esa desigualdad en algún momento nos llega hasta el cuello y nos comienza a ahogar. Recuerdo muy bien una señora, que me topé en unas calles de Miraflores, que descubrió que era chilena al preguntarme si había una multicopiadora cerca y aprovechó para preguntarme qué pasaba en mi país, que frente a mis explicaciones ella solo me respondía que no lograba entender por qué habían quemado el Metro, “sí es algo hermoso, símbolo de la Modernidad”. No alcancé a decirle, porque decidió seguir su camino, qué de qué valía tener algo como el Metro, si su pasaje cuesta un dólar, y de qué valía un símbolo de Modernidad, si esa Modernidad solo se puede disfrutar endeudándose y no por derecho.   

III

Las fuerzas políticas a casi un mes del estallido, llegaron a un acuerdo, sin consultarle a las fuerzas ciudadanas. Se propuso realizar un plebiscito para consultarnos si deseamos escribir una nueva Constitución. Esta sería para nosotros la primera Constitución que se escribiría por medio de un órgano con participación ciudadana[2].

Más allá del acuerdo político, el país se encuentra en un estado de permanente y tensa calma. Pandemia de por medio, las manifestaciones contra el gobierno han continuado, a través de cacerolazos, y de la reapropiación paulatina de calles y plazas. “No se ha conseguido nada”, es una de las consignas que se puede escuchar entre varios de lxs manifestantes, que se entremezcla con un sentimiento de esperanza cuando unx transita por las calles de los barrios haciendo campaña por el “Apruebo” y la Convención Constituyente. La gente sale de sus casas con una sonrisa, aplauden al paso de las caravanas de ciclistas y autos, levantan sus puños y gritan “Vamos chiquillxs”. Solo nos queda esperar hasta la noche del 25 de octubre, día del plebiscito, para saber si el pueblo chileno ha decidido comenzar a transitar un nuevo camino que lo lleve a redactar un nuevo pacto social.

IV

Hoy se cumple un año desde el estallido social, y seguramente cuando lean estos párrafos, yo estaré en Plaza de la Dignidad, ex Plaza Italia, espacio resignificado y neurálgico de las manifestaciones, conmemorando un año del estallido, de ese día que se proclamó como consignas que “No eran treinta pesos, sino treinta años” y que se lucharía “Hasta que la Dignidad se haga costumbre”.

***

[1] Tombos

[2] El plebiscito realizará dos preguntas, en dos papeletas separadas. La primera de ella preguntará “¿Quiere usted una nueva Constitución?”, siendo las respuestas “Apruebo” o “Rechazo”. La siguiente pregunta tiene relación con el órgano que redactaría la nueva constitución, en caso de ganar la opción apruebo. Específicamente la pregunta es “¿Qué tipo de órgano debiera redactar la Nueva Constitución?”, siendo las respuestas “Convención Mixta” o “Convención Constituyente”. La primera sería un órgano constituido por 172 integrantes, de los cuales el 50% sería parlamentarios –elegidos entre ellos mismos- y el otro 50% serían representantes electos por la ciudadanía. En cambio, la Convención Constituyente, el 100% de los 155 representantes sería íntegramente elegidos por votación popular.

Entre otras diferencias importantes entre los dos tipos de órganos se encuentra que la Convención Constituyente sería paritaria –situación que no ocurriría en la Convención Mixta-. En la Convención Constitucional no habría doble función, ya que serían representantes solo electos para aquella tarea de redactar una nueva constitución, a diferencia de la Convención Mixta, que los parlamentarios seguirán ejerciendo una labor legislativa. También, en la Convención Constitucional se establecerá la inhabilidad de los integrantes de este órgano de redacción, para postularse a cargos de elección popular, tanto mientras ejercen su función y hasta un año después de finalizado su trabajo.