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El amor y la revolución (I)

Enviado el 22/02/2012

Erik Pozo-Buleje

¿Por qué hablar del amor y la revolución? Simple: el amor es como la revolución y la revolución es como el amor; es más, podríamos decir que no hay revolución sin un componente de amor y no hay amor que no sea revolucionario. Dos formas aparentemente distintas son, en realidad, expresiones de un mismo procedimiento: la licuefacción. Aquí tenemos tres categorías que definir para que nuestro argumento sea inteligible: amor, revolución y licuefacción.

Comencemos por el amor. Debemos dejar de lado la creencia de que el amor es un fenómeno puramente subjetivo y biológico, es decir, interno al sujeto. Que el amor pueda ser descrito biológicamente me parece extraordinario, pues ocurre en nuestros cuerpos concretos de manera que tiene que haber efectos biológicos concretos: se aceleran los latidos del corazón (130 pulsaciones por minuto), el corazón se contrae fuertemente (presión arterial sistólica), se liberan mayor cantidad de glóbulos rojos para mejorar la oxigenación de la corriente sanguínea, las descargas neuronales se intensifican, etc. Pero la descripción biológica del amor no debe ser confundida con su explicación. Uno puede saber qué efectos genera el amor en nuestro organismo, pero no es lo mismo decir que nuestro organismo hace que nos enamoremos. El amor no tiene origen biológico, sino solo consecuencias biológicas. Y es justamente porque el origen del amor no se puede explicar de forma objetiva que se dice de él que es un fenómeno subjetivo e irracional.

La historia del amor en occidente se ha encargado de delinear la forma irracional y subjetiva en que es concebida el amor: para los griegos era una forma deseada y al mismo tiempo temida de locura; en la Edad Media había una casi exaltación al amor cortesano o cortés –en contraposición al ascetismo cristiano– que además de ser entendida como un amor noble y caballeresco era al mismo tiempo una práctica extramarital y adúltera. El amor en la Edad Media iba, pues, en contra del matrimonio, pues este era sobre todo una transacción comercial por la dote. El amor estaba en los márgenes de lo instituido.

Será recién que en el Renacimiento (ente los siglos XV y XVI) que el amor sea deliberadamente ligado al matrimonio, momento en el que cortejo pasa a ocupar un lugar central; no obstante, la característica perturbadora del amor es persistente: trastoca la razón. ¿No fue este amor renacentista una de las razones que llevó a la excomunión de Enrique VIII de Inglaterra? En efecto, Enrique VIII fue la primera figura histórica en mezclar amor y matrimonio: se hizo cabeza suprema en la tierra de la iglesia de Inglaterra; lo que le permitió, entré otras cosas, casarse legítimamente con Ana Bolena, una de las seis esposas que tuvo. Su amor por Ana desestructuró el orden hasta ese momento hegemónico y compuso una nueva estructuración de su vida y hasta de su sociedad.

El Romanticismo (Siglos XVII y XIX) tenía que generar un amor romántico: una cuestión pintoresca y falta de realismo; luego con Goethe adquiere también el significado de pasional y exaltado. El amor adquiere su nivel más subjetivista en esta época, es decir, se la contrapuso al objetivismo de la Ilustración. El amor era, pues, irracional.

En el Siglo XX y lo que va del XXI no se discute tanto sobre la naturaleza del amor, sino sobre su duración: me parece que hemos asumido como herencia el amor del romanticismo para llevar al límite la duración del vínculo que produce el amor. Dicho de otra manera, entendemos el amor aún como algo pasional, exaltado y hasta falto de realismo –“no se puede vivir del amor” dice la letra de una canción de Andrés Calamaro o como una amiga me dijo: “es puro idealismo”–, pero ya no estamos dispuestos a reservar estos sentimientos para una sola persona durante el resto de la vida; como dice Bauman, los vínculos ya no son inquebrantables y establecidos para siempre, pues se trata de un amor líquido. Pero Bauman no nos está hablando sobre la naturaleza del amor, sino sobre los lazos que ella genera, de allí el subtítulo de su libro: “Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos”.

En suma, de este inevitable apretado recorrido por la historia del amor en occidente se pude colegir dos cosas: 1) que las implicancias del amor han cambiado a lo largo de los siglos, 2) pero en ese recorrido se puede reconocer que el amor tiene una naturaleza subversiva que es persistente. Lo que me interesa hacer notar aquí es esto último, es decir, mi preocupación de momento no es tanto sobre las implicancias del amor, sino sobre su naturaleza. Pues solo entendiendo lo que es el amor podemos hacer notar su relación, presencia e importancia para la idea de revolución.

El inglés y el francés permiten dar cuenta de este efecto subversivo del amor: to fall in love y tomber amoureux ("caer enamorado"), son expresiones típicas en esos idiomas, ¿pero caer de qué? Para caer de algo un tiene que salir del curso normal de donde marchaba o que el camino que se seguía de pronto se vea removido de forma tal que uno cae. O sea que se trata de una alteración. Erich Fromm en su afán de limitar la subversión que desencadena el amor proponía reemplazar el to fall in love por la expresión be in love (ser o estar en el amor): antes que la pasión subversiva, Fromm pretendía hacer de la acción el objeto del amor. Su propuesta es bien intencionada pero terriblemente conservadora. Me gusta pensar más en la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles cuando discute la creencia de que las pasiones vienen de fuera y son impuestas por un Dios. Como el flechazo de Cupido que viene siempre desde fuera del sujeto. No sabemos de dónde vino, por qué nos tocó a nosotros, en ese momento y esas circunstancias. Subvierte lo cotidiano, violenta el sentido común.

En este sentido, el amor es como la “violencia divina” de la que hablaba Walter Benjamin, que no es una violencia terrorista de fundamentalistas religiosos de hoy, sino divina en el sentido de que el creador tiene la capacidad o el derecho de destruir su propia creatura; de desestructurar sin inscribirse en un marco preestablecido porque la acción viene del mismo marco divino: el nombre religioso para lo inconmensurable, lo inefable. Los psicoanalistas lacanianos llamarían a la violencia divina “violencia de lo Real” o la violencia de-lo-que-se-resiste-a-la-simbolización; con Alain Badiou diríamos “violencia del vacío”. De manera que la violencia divina no puede encontrar criterios objetivos para su racionalización, de allí su relación con el amor porque es el terreno fecundo para la violenta desestructuración de la estabilidad sin fundarse en ningún criterio preestablecido. El amor es un catalizador de violencia divina. Cuando uno se enamora no hay culpables de afecto que surgió, es pura divinidad. O sea que el amor antes que un fenómeno de estable felicidad, es un acto de perturbación generalizada.

Volveré en la segunda parte de mi columna sobre las consecuencias del amor como perturbación generalizada y sobre las categorías de revolución y licuefacción.
 

Comentarios (1)

Oigan ¿Pagan por artículos

Oigan ¿Pagan por artículos como este? Porque sino me apunto con títulos como "el erotismo según Lenin", "El lesbianismo latente de Vera Zalulich", "La exagerada vida sexual de Jiang Qing" y otros prometedores post sobre Cuba y Nicaragua. Avisen.

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es verdad los que compran el oro a los mineros informales estan haciendo de las suyas pagando el precio q ellos kieren y en realidad el precio no a cambiado quisiera saber si es verdad que a ellos les estan descontado el 20 porciento de la venta del oro q ellos compran porq esa es la escusa q ellos ponen o dicen q nadies quiere comprar el precio en ica esta entre 50 y 70 el cual antes estaba en 100 y 120 Leer más >>
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