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Identidades afroperuanas e invisibilidad

Enviado el 20/07/2016

El 15 de julio del presente año el Ejecutivo promulgó el Plan de Desarrollo de la Población Afroperuana (PLANDEPA), importante instrumento legal para la promoción de la población afrodescendiente y la lucha en contra de la inequidad y la discriminación racial. Sin duda, una poderosa herramienta para acabar con las desigualdades históricas que azotan nuestro país y su puesta en vigencia es una excelente noticia. Esta también es una buena oportunidad para reflexionar acerca de las fortalezas y debilidades de la identidad afrodescendiente y sus raíces históricas en nuestro país.

No hay duda de que existe una gran herencia africana en nuestra cultura. Su presencia ha permeado casi todas las regiones del país y, por medio de las diferentes mezclas biológicas, se encuentra presente en la diversidad genética que puebla nuestro territorio. En la época colonial, la esclavitud africana no fue la modalidad de mano de obra más importante en el Perú, pero la presencia de esclavizados fue notoria en la costa y las ciudades, conviviendo con diversos grupos producto del intercambio colonial. Durante este período, las diferencias al interior de la comunidad de origen africano eran bastante grandes, los esclavos contaban con un régimen legal diferente a los afrodescendientes libres. Estos últimos en su mayoría fueron producto del intenso mestizaje colonial, resultado del intercambio de los diversos grupos sociales.

Durante aquel tiempo, no se generó ninguna identidad que los aglutine debido a la línea divisoria entre esclavitud y libertad; los afros libres no se consideraban en el mismo plano social que los miembros esclavizados. Sin embargo, un aspecto esencial es que, a lo largo de los siglos, especialmente durante el XVIII, la presencia de esclavos de origen africano (llamados ‘bozales’) fue disminuyendo paulatinamente, siendo la gran mayoría esclavizados nacidos en el espacio colonial, denominados generalmente ‘criollos’. Es especialmente en este último tiempo cuando las jerarquías sociales comenzaron a fundamentarse en la apariencia de los individuos, utilizando marcadores físicos tales como el color de piel y la forma del cabello. Un resultado tangible de este proceso son los famosos ‘Cuadros de castas’, pinturas que intentan una casi imposible definición de las denominaciones raciales.

La cultura que finalmente albergó a criollos y bozales, y que modificaron con sus actos, fue la hispano-andina, la cual se expresó en las creencias religiosas, las expresiones musicales, la cocina, etcétera. Las raíces africanas se fueron debilitando con el pasar del tiempo, la cultura que los representaba era, en realidad, la producida dentro del espacio colonial y que compartían no solo los afrodescendientes, sino diversos grupos de la sociedad. Por ejemplo, para el siglo XIX fueron desapareciendo paulatinamente prácticas como el uso de tambores en la música, adoptando por el contrario otros instrumentos o lenguajes  usados por diversos grupos sociales a lo largo de Hispanoamérica, como, por ejemplo,  las guitarras, las cajas, las décimas, etcétera.

Un argumento importante para solicitar el reconocimiento y políticas reivindicatorias para la población de origen afrodescendiente es la invisibilidad de su presencia frente al Estado y las políticas públicas. Este punto es especialmente interesante y bastante diferente a otras realidades. En el Perú, el liberalismo adoptado a lo largo del siglo XIX eliminó el uso legal de categorías étnico-raciales, manteniéndose únicamente con referencia al tributo indígena y la esclavitud hasta 1854. Una vez abolida esta, desapareció la diferencia entre ser negro libre y esclavo; todos podían ser definidos como ‘negros’ sin jerarquías entre sí.  Por otro lado, la política del Estado peruano no exigía la definición racial, a diferencia de los Estados Unidos. Los miembros de la comunidad afroperuana que destacaban, por ejemplo en el ejército o en las letras, nunca estuvieron obligados (y posiblemente menos lo deseaban) a identificarse como ‘negros’. Esta es la razón por la cual en la documentación su presencia es ‘invisible’, producto no solo de una decisión discriminatoria dictada desde arriba, sino también como resultado del esfuerzo de movilidad social en un ambiente racista que exigía el blanqueamiento como mecanismo de ascenso.

En ese sentido, es interesante observar cómo a lo largo del siglo XX las expresiones que más representaban a los afroperuanos no eran tradiciones africanas, sino productos culturales de origen mestizo (si se entiende por eso los intercambios entre todos los grupos sociales), influenciados fuertemente por la tradición hispánica, la única asimilada políticamente por el Estado criollo. En la primera mitad del siglo XX cuando José Durand intentó reconstruir las danzas afroperuanas de Lima, una de las pocas que había sobrevivido era el ‘Son de los diablos’, danza de origen hispano y que fue adoptada por los habitantes de la ciudad de Lima, entre ellos numerosos afroperuanos.

Muchos de los elementos culturales actualmente representativos de la población afrodescendiente fueron reintroducidos a fines la década de 1950, como un intento de recuperar las tradiciones africanas que se habían diluido. El uso de instrumentos de percusión como los tambores de cuero (congas, bongós) y campanas de metal se incorporaron en las últimas décadas, generando brillantes combinaciones sonoras. 

A pesar de todo lo positivo que tiene la aprobación del PLANDEPA se corre el riesgo de ‘esencializar’ una identidad que tuvo mucho más de intercambio que de aislamiento, que, sin duda, junto con la explotación, el maltrato y el sufrimiento, fue el producto del contacto cotidiano entre esclavizados, negros libres, indios, mestizos, blancos pobres y asiáticos. En este intercambio en las haciendas, talleres, espacios domésticos y calles de los pueblos y  ciudades, es posible establecer cuáles prácticas eran más frecuentes, pero no exclusivas, de la población afroperuana. Por ejemplo, las décimas son una de las artes más recurrentes, pero no son los únicos cultores de este género literario. Por estas razones la población afroperuana careció de una territorialidad excluyente, ni los palenques ni los pueblos rurales terminaron por crear una comunidad afroperuana distinguible de otros grupos; por el contrario, es frecuente la convivencia e intercambio con otros grupos.

Es en este punto en que se puede caer en un peligro mayor: ‘racializar’ la identidad afroperuana. Al no existir una cultura delimitada y excluyente (salvo la que se fue creando desde la década de 1950), su definición podría recurrir a los aspectos físicos como elementos centrales; es decir, regresar al color de piel y el cabello, como en tiempos coloniales. El PLANDEPA contempla la necesidad de establecer criterios étnicos autorreferenciales en el próximo censo nacional, aspecto que es de gran importancia. Sin embargo, ¿cuál será el criterio que las personas utilizarán para identificarse? ¿La apariencia? ¿Los orígenes? Esto último resulta más controversial al no tener (felizmente) registros étnicos de nuestros antepasados.  La medida aprobada por el Ejecutivo es positiva, pero como cualquier otro instrumento legal, hay que pensar con bastante cuidado las diversas dificultades que puede traer su aplicación.

Comentarios (1)

En efecto Jesus, yo siento

En efecto Jesus, yo siento que el discurso de muchos activistas (felizmente no todos) está totalmente racializado al estilo de los racistas del siglo XIX y muy aislado del resto de la sociedad. Es un entrampamiento epistemológico porque siguen usando el color de piel y forma de cabello, no solo para agruparse, también para validar la opinión de los demás y decidir quien es quien. Por supuesto, esto se irá decantando en el tiempo, recordemos que es un movimiento con pocas décadas, heterogéneo, más urbano que rural, muy disperso, con poca presencia en el medio académico entre otros factores con las que tienen que lidiar. Con el tiempo, este movimiento madurará en su epistemología, especialmente si dejan de mirar Brasil, Caribe y USA para centrarse en la realidad peruana que, como has señalado, parte de la sociedad colonial diversa y mezclada, desafricanizada. Además, me parece que la debilidad mayor es la falta de diálogo entre activistas, Estado y académicos que se está notando en la propuesta de la variable étnica para el censo del 2017 y el PLANDEPA. Solo con una voluntad de dialogo y reflexión desapasionada de todos los sujetos podremos llegar a buen puerto.

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Si bien soy uno de los que ya en esos años notaron lo que para nosotros nos parecen roles contradictorios, ser paqo y alto misayoj al mismo tiempo que ser lider campesino de las federaciones, aparentemente en esa region y en esos tiempos los dos papeles y las dos funciones no eran incompatibles entre si. En mi libro tengo una pregunta directa a Fico Garcia si lo consideraba lider campesino o un alto misayoq, y Fico contesto que los dos. Si bien en la pelicula aparece mas como alto ... Leer más >>
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