Noticias SER
Logo SER

Johanna Hamann

Enviado el 19/04/2017

Foto: Cosas.pe

 

Toda madre refiere que durante su trabajo de parto, en algún momento, le asaltó una angustia de muerte: la del bebé por nacer o la suya propia. ¿Esos instantes de incertidumbre y agonía removieron a Johanna Hamann en la concepción y gesta de las barrigas de su primera exposición en 1983? Esos vientres abultados, desgarrados, sanguinolentos, colgados de un gancho de camal causaron un impacto tremendo en la Lima que empezaba a sentir los ecos de una todavía lejana guerra. Esa reunión de vientres y sangre, vida y desgarro, muerte y esperanza, que contrastaba con la sala silenciosa y las luces tenues en las que estaban instaladas, fue una brutal llamada de atención al espectador.

De ahí veníamos todos, nos recordaba, de esos vientres, de esas heridas y aquí estábamos si no perfectos, al menos parados, pensantes, actuantes, con brío y posibilidades. Sí, estaba empezando la guerra sucia pero todos los días en los hospitales peruanos del Perú, perdonen la tristeza, las parturientas parían nuevas vidas en medio de gritos y de llantos. Como mis propios hijos, que habían nacido por esos años.

Pero no fueron sólo las circunstancias del parto las que impulsaron a esa indagación radical sobre los tejidos del cuerpo. Todo el trabajo escultórico de Hamann tiene que ver con el cuerpo: “El cuerpo, constituye mi eje esencial” escribió en su tesis de maestría, del 2005, casi treinta años después de que esculpiera la puerta del tabernáculo del templo del Señor de Muruhuay en Tarma.

La intensidad, la tensión con que fueron trabajados y moldeados los materiales por la artista en su segunda exposición, transuntaban de tal forma que ningún espectador fue un simple transeúnte. Eran cadáveres en descomposición, esqueletos con ligamentos apenas sostenidos en su estructura. Esa exposición de 1985 la leí también en clave política, aunque esa no fuera la intención de la artista. Eran los días en que nos llegaban los ecos de las matanzas en Ayacucho y debíamos descifrar los topónimos quechuas: Pucayacu, Accomarca, Huancasancos, Socos, Vinchos, para descubrir los cadáveres de los que habían desaparecido días o semanas antes. Ahí estaban los esqueletos de Johanna, con unas piltrafas de piel, con unos colgajos de tendones uniendo dos huesos del color de la madera antigua, del color nasca, del color paracas, del color chancay. Éramos, somos, una masa muscular armada en torno a unas pocas y pequeñas vértebras, somos un remolino envuelto en torno a un tubo digestivo. Somos fragilidad y somos muerte. Seres para la muerte, como decían los existencialistas.

Las obras de Johanna reflejan la convicción profunda de la artista, la pasión por entregar un trabajo que deje una impresión profunda en el espectador, que lo sacuda, que no lo deje pasar sin sentir el aura que rodea al tallado, al amasado, al encaje, golpe, pulimentado, a las horas y horas aplicada a la masa inerte de los distintos materiales para darles una forma, un volumen, una textura, hasta una sombra. Esa pasión desembocó naturalmente, se deslizó con suavidad podría decirse, para aflorar en la originalidad absoluta de sus obras que deslumbraron a sus espectadores.

“Sentía que el compromiso de ser artista me hacía responsable ante mi sociedad, porque al percibir esa “otra” realidad que la mayoría de gente no percibía me obligaba a mostrársela para que sean conscientes de ella y podamos crear entre todos “un mundo mejor”. Mi necesidad era tan fuerte, que consideré necesario expresarse directamente, como se reciben las emociones que nos conmueven y nos transforman. Casi como cuando uno enfrenta la muerte de algún ser querido”[1]  

Esa conmoción se ha sentido con su reciente muerte en quienes tuvieron la suerte de conocerla. Y es ese impacto el que ha llevado a este cronista a indagar sobre su trayectoria. Y descubrir que las antiguas palabras que definían la labor de un artista: la vocación y el compromiso, se cumplieron cabalmente en ella, testimonio que suscriben sus amigos, colegas y alumnos. Y descubrir que con motivo de su sexta exposición, titulada “Cuerpo, frágil refugio” del año 2003, Silvio de Ferrari informaba que esas piezas se presentaban “después de un largo proceso en los últimos tres años, período en que vivió la desaparición del padre, con quien guardó un afecto y una amistad estrecha, pero además, ella sufrió los embates de una enfermedad cuyos síntomas aún la acompañan en su convalescencia”. Conjeturo que esa enfermedad es la que finalmente venció, pero a la que hizo frente con denuedo y decisión, por largo tiempo, sin ceder un milímetro, como lo demuestran sus estudios, investigaciones, enseñanzas y publicaciones sobre sus trabajos y sobre la relación entre la escultura y el espacio público de los últimos años.  Una grandeza de espíritu que alza vuelo sobre su cuerpo, su  frágil refugio, como ella diría. Una grandeza que, sin duda, conmueve.

Su muerte es una pérdida que este cronista siente como la de un ser querido, ante la cual toma en préstamo unos versos de la elegía que escribiera César Vallejo al enterarse de la muerte de su amigo Alfonso de Silva:

“pero yo sufro, como te digo,/ dulcemente, recordando/ lo que hubimos sufrido ambos, a la muerte de ambos”

 

 




[1]
                     HAMANN, Johanna El cuerpo, un familiar desconocido. Tesis de Maestría en Humanidades, PUCP 2005, p. 10

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
CAPTCHA de imagen
Escriba los caracteres que se muestran en la imagen.
Comentario Destacado
Estimado Alfred, una vez mas, gracias por su excelente análisis con relación a la última Consulta Electoral. Siendo así, sin desmerecer la importancia de los resultados a favor de los Ratificados en el Cargo; los Revocados, recibieron lo justo. La voz del pueblo, es la voz de Dios (Art. 45° de la Constitución) . Leer más >>
El Video de la semana
Haykapikaman Suyasun Programa Radial (Huanta)