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¿Quién le teme al feminismo?

Enviado el 17/01/2018

El feminismo ya no es la causa que todos los hombres “progres” apoyan sin más. No desde que las denuncias dejaron de restringirse a “esos otros”, los fundamentalistas o a agresores indistintos, lejos de sus entornos sociales. Desde que el señalado por violencia sexual fue un director de teatro, algunos del entorno artístico dudaron; cuando fue un dirigente de izquierda, también hubo duda o silencio. Y cuando escritoras denunciaron el “patriarcado” en el mundo literario, una falta de empatía para compartir espacios de poder, hubo menos simpatía entre los varones “cultos”. Entonces empezaron a multiplicarse adjetivos como “feminismo rabioso”, y otros peores.  

Como me comentara, incómodo, un viejo amigo militante de izquierda, el feminismo de la generación de su hija le resulta demasiado “extremista”. En ese momento imaginé que eso, probablemente, fue lo que debió haber pensado su padre, cuando él tenía la edad de su hija y era un dirigente “radical” de los 70.

A diferencia de la marcha del 2016, la de noviembre último no contó demasiado con el apoyo entusiasta desde los muros de muchos “compañeros”, menos con su presencia activa en las calles. El feminismo estaría yendo demasiado lejos.

Y, sin embargo, paradójicamente, el feminismo parece haber dados pasos importantes en el reconocimiento y actuación de la sociedad frente a la violencia contra las mujeres en el país. Al presente, frente a una denuncia por violencia de género dentro de una relación de pareja, algunas instituciones toman sus propias medidas.  Ese fue el caso del economista Juan Mendoza. El 25 de noviembre es ahora una fecha institucionalizada, en la que cada vez más empresas privadas y públicas envían mensajes de compromiso contra la violencia hacia la mujer (algunos, por cierto, interesantes). Claro, la institucionalidad también tiene sus peligros, pero peor es la invisibilidad.

En estos días, una nueva ola de “críticas al feminismo” se alzó en las redes sociales de Lima por dos noticias. La primera, por un manifiesto de mujeres en Francia, cuestionando la campaña #MeToo.  La figura más visible entre las firmantes fue la actriz Catherine Deneuve. La segunda, por una puesta en escena de la ópera Carmen en Italia, que terminaba no con el asesinato de Carmen, sino el apuñalamiento de esta a Don José. Lo que podría haber sido una adaptación más, como tantas controversiales (o no), terminó “denunciada” por un sector del público y la prensa internacional, a tal punto que en algunos medios no tuvieron reparos en llamar a ello “censura”. Cuando era todo lo contrario: el ejercicio de libre albedrío de un director.

El rebote de esas dos noticias en las redes sociales, en muros mayoritariamente masculinos, parecían decir: “ya ven, esto se ha pasado de la raya”. Y es que, aunque en el caso de la ópera Carmen las críticas transitaran al plano estético, con el calor de las discusiones esa pátina se descorría para dejar entrever el tema de fondo: el desagrado ante un feminismo que se habría atrevido, como hicieran otras corrientes de pensamiento, a meter sus narices en el arte. Es que una cosa era aceptar (gustando o no) el derecho a la libertad expresiva a un teatro “comprometido”, de clase, como el de Bertolt Brecht, y otra muy distinta que esas reivindicaciones “de mujeres” pretendan ese mismo derecho. No creo, por cierto, que el cambio del final deCarmen me fuera a gustar, pero como tantas otras adaptaciones no merece mi “denuncia”.

Las críticas al manifiesto no se han hecho esperar y Catherine Deneuve decidió salir a “pedir disculpas” a las víctimas que pudieron sentirse ofendidas y tomar distancias de quieneshan querido apoyarla “estratégicamente” para criticar o relativizar esas denuncias “No tienen ni mi gratitud ni mi amistad".

En el caso de la ópera Carmen, lo curioso es que mientras los titulares denunciaban al “feminismo” y algunos lectores desprevenidos se imaginaban a un grupo de mujeres “radicales”, lo cierto es que la (libre) adaptación fue hecha por un director hombre y que esta, por lo visto, alcanzó un éxito de taquilla.

Bastante se ha comentado sobre estas dos noticias, especialmente la primera, así como la campaña que la suscitó, #MeToo (Yo también). No voy a extenderme en argumentos, largamente expuestos en estos días. Me quedo con la imagen de Natalie Portman, en la premiación de los Globos de Oro. Luego del emotivo discurso de Oprah Winfrey, le tocó anunciar el premio al mejor director. “Y acá están todos los hombres nominados”, sentenció. Una evidencia incontestable, aunque le arruinara la noche a Guillermo del Toro.

Ahora bien, más allá de la denuncia de los actos de violencia y discriminación, de los debates que a veces sacan a luz no sólo las heridas de las mujeres, sino los miedos de muchos hombres, es importante también pensar en colectivo cómo avanzar hacia una sanación. Prevención de la violencia, por supuesto, en varios niveles. Asimismo, instrumentos para una actuación individual no discriminadora. Del Estado, ciertamente, pero también con iniciativas concretas y simples. Por ejemplo, vale la pena resaltar propuesta prácticas como el “kit de acción” para promover la igualdad del Grupo Sofía (profesionales de las CC.SS) que incluye “8 pasos para evitar organizar un panel de hombres”, dirigidos especialmente a los varones. Asimismo, han desarrollado propuestas para mejorar la igualdad de género en los centros de investigación. Tan importante como hablar a favor de la igualdad de género en el país es promoverla efectivamente en sus propias instituciones, universidades, gremios, ONG, medios de prensa, etc.

Por otro lado, también es importante dejar la puerta abierta a la reflexión y al debate. Como bien hicieron las feministas Martha Lamas y Catalina Ruiz-Navarro, después del manifiesto en Francia. Qué es “piropo”, qué entra en el plano de la “sorpresa” del erotismo, por un lado, y cuál es el límite que establece el respeto y el consentimiento, por otro.

En este inicio de año un poco incierto, con algunas esperanzas robadas al país, el feminismo se mantiene con sus retos, para mujeres, hombres e instituciones.  

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