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Agresión tras agresión

Enviado el 14/02/2018

“Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescindibles de ser mujer”

Flora Tristán

 

La pregunta me pateaba las entrañas, no tenía opción, tenía que arrojarla y devolverla al público para quien facilitaba un taller… “Señores”, dije, “¿los abusos sexuales surgen a raíz de la minería ilegal? ¿solo los mineros ilegales violan a las mujeres de sus comunidades?”. La respuesta la contaré más adelante.

Era el tercer y último día de un taller que tenía por objeto facilitar herramientas para reforzar capacidades de diálogo y transformación de conflictos, a representantes del pueblo awajún y wampis de la región Amazonas. Los días anteriores conseguimos identificar los principales conflictos sociales y sus diversos impactos en esta población, algunos muy reveladores sobre las múltiples violencias que se reproducen en paralelo o como parte del proceso de abordar dichos conflictos. La conformación de rondas campesinas, la tala ilegal, la minera Afrodita, proyectos de represa y carreteras, fueron las problemáticas denunciadas más acuciantes.

Aprender y ejercitar el enfoque de transformación de conflictos nos sirvió para visibilizar y reconocer los impactos menos visibles o tangibles de dichas situaciones que hacen mella en la dimensión personal, relacional, estructural y cultural[1]; y para pensar en acciones de respuesta. En casi todas las presentaciones, los participantes, en su mayoría hombres (94%) dirigentes, identificaron como impactos de los conflictos sociales las violaciones y abusos sexuales a mujeres de sus comunidades. Algunos lo hicieron al presentar su reflexión sobre los impactos en la dimensión personal, otros en la relacional o estructural.

Aquí retomo el hilo del primer párrafo. “Señores y señoras ¿solo los mineros y taladores ilegales violan a las mujeres de sus comunidades?”. La respuesta fue unánime… “No”. Con mucho pesar, me lo esperaba. No es la primera vez, en mi experiencia, que el tema de las violaciones sexuales al interior de las comunidades indígenas sale a flote al trabajar estrategias para la defensa de los derechos indígenas y ambientales.

Tanto mis preguntas como mis comentarios encontraron fuerza en una base de indignación y rabia por una realidad de violencia de larga data que, como mujer, me toca personalmente. Intenté manejar emociones conocidas para no ir en contra de la audiencia sino, más bien, para exhortar sobre este horror de la violencia sexual como una cuestión estructural que, a la par de los graves impactos sociales, culturales y ambientales que sufre esta población, fue abiertamente identificada en el trabajo colectivo.

Alguno se atrevió a preguntar si se considera violación sexual cuando la mujer es adulta. Una nueva respiración profunda me ayudó a responder que cualquier acto que fuerce, obligue o someta a alguien, de cualquier edad, a tocamientos o relaciones sexuales no consentidas, es una violación sexual.

El mal sabor de esta realidad que se reproduce por donde quiera que habitemos las mujeres, es perturbador. Es urgente que profesionales y organizaciones que acompañamos procesos de sensibilización y formación para la defensa de derechos colectivos y ambientales, incorporemos los derechos de las mujeres como eje central en dichos procesos, siempre a partir de sus necesidades y problemáticas particulares.

Ya no solo se trata de que las mujeres indígenas son minoría en cargos directivos y de representación; que tienen menos oportunidades de participación en los procesos de decisión al interior de sus comunidades y fuera de ellas, aun cuando lidian directamente con las peores consecuencias de la imposición de la construcción, la explotación minera y petrolera en sus territorios; sino que, además de todas esas violencias, deben convivir con quienes la ejercen sobre sus propios cuerpos.

El largo viaje de retorno me dio tiempo para volver una y otra vez sobre el trabajo realizado y la información sobre una realidad que mezcla la afrenta sobre territorios y la autonomía indígena, con graves episodios de violencia al interior de sus comunidades; en donde, al igual que en otras regiones y latitudes, las mujeres son blanco de múltiples agresiones.

¿Qué es lo que nos toca a quienes trabajamos en la defensa de derechos humanos y colectivos? ¿Cómo pensar en estrategias para la defensa del territorio, medio ambiente, pueblos indígenas o ante la criminalización, sin atender esta realidad de violencia a las que las mujeres indígenas están sometidas de manera permanente? Realmente ¿hemos superado el conteo de mujeres como forma limitada de aplicar el tan mentado enfoque de género en nuestros proyectos u organizaciones?

Lo que está claro es que, sin la presencia y la mirada de las mujeres, la defensa de otros derechos me resulta cada vez más estéril; pero con ellas sometidas a un sinnúmero de vejámenes y abusos, me parece hasta cómplice. Tarea de autocrítica y reinvención para el quehacer defensor y derechohumanista.

 




[1]
                      Lederach, John Paul (2009): El pequeño libro de la transformación de conflictos, Good Books, Bogotá.

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