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Política emotiva

Enviado el 13/12/2017

Desde mediados del año pasado nuestro país vive un escenario político en donde la confrontación entre los distintos representantes de las agrupaciones políticas se ha convertido en la regla. Como alguna vez se advirtió, se aplica extensamente en el ejercicio de la política la lógica binaria de caracterizar esta situación como una disputa entre buenos y malos, derecha e izquierda, ricos contra pobres, pro y anti. La intención no es convencer o persuadir sino la de desacreditar para luego demoler.

Mucho de esto responde a una carga afectiva en las actitudes de los políticos en cuanto a su desempeño en los espacios públicos. No serían importantes estas actitudes emotivas de ira o amor si no fuera por la naturaleza de la política peruana, y todo lo que implica para nuestras relaciones ciudadanas con el Estado y en sociedad. Por ello me parece importante reflexionar acerca de ello.

Martha Nussbaum afirma que «todas las sociedades están llenas de emociones». Convivimos con personas pero también con sus emociones. Muchas y de distinto tipo. Desde las buenas llegando hasta las nocivas. Todas de acuerdo a la naturaleza del sujeto y de las situaciones en que se encuentre. La historia de los conflictos sociales del Perú contienen muchas emociones  que en algunos casos los explican.

Por otro lado, cuando se trata de asuntos de la política, una emoción puede ser el motor que promueve la búsqueda y el logro de nobles fines. La solidaridad, el ánimo de justicia social, la actitud de servicio suelen estar acompañadas por emociones con las cuales siempre coincidimos. Pero también para todo lo contrario. Lo señala Nussbaum en su libro  “Emociones Políticas” (Paidos, 2014)  «Pueden imprimir a la lucha por alcanzar esos objetivos un vigor y una hondura nuevos, pero también pueden hacer descarrilar esa lucha, introduciendo o reforzando divisiones, jerarquías y formas diversas de desatención o cerrilidad». Pero también afirma que «esas emociones públicas, a menudo intensas, tienen consecuencias a gran escala para el progreso de la nación en la consecución de sus objetivos».

Me temo que por estos días la política peruana está siendo conducida principalmente por emociones que no necesariamente son las más favorables «para el progreso de la nación». Además, nuestros políticos no debaten ideas sino se limitan a enunciar discursos ad hominem. Los “juicios de valor” al adversario han reemplazo a la reflexión sosegada y debates razonables que deberían conducir a nuestros políticos.

Si echamos un vistazo a los “argumentos” o “discusiones” que ocurren en el Congreso mucho de ello se reduce a poner o quitar etiquetas para poner en evidencia de quién es más o  menos sospechoso de corrupción; o de acusaciones judiciales. O coludido con esta. Y frases lamentables como “rabo de paja”o “anticuchos” se han convertido en el criterio o indicador de idoneidad del buen o mal político, en una suerte de “personalización” de la política.

Respecto a esto último el filósofo español Daniel Innerarity señala que «la personalización de la política tiene que ver mucho con el desdibujamiento de los perfiles ideológicos. Las propiedades personales de quienes hacen política se han puesto en el primer plano de la escena».

Así, pensemos en cualquiera de nuestros actuales políticos. Desde el más connotado hasta aquellos que son casi anónimos. A la mayoría ya no se les “evalúa” de acuerdo a sus propuestas ideológicas partidarias o inspiradas en el pensamiento de algún líder carismático. Prima más bien de si es buen o mal político de acuerdo a “su bondad o maldad” como persona. O, en el peor de los casos, a su pasado judicial.

Afirmo que esto no tendría nada de malo. Es importante y necesario saber quienes son honestos y virtuosos. Como sociedad necesitamos a personas paradigmáticas. Y también conocer quiénes no reúnen los requisitos para ejercer la profesión política. No obstante, esto es solo una parte. Creo que en política se debe conocer la valía de los políticos como si fuese una moneda: por un lado saber sus cualidades personales y por otro conocer cuál es el ideario que conduce su actitud como político.

Nuestro país que aspira a ser moderno, justo y sobre todo un lugar que permita el desarrollo de sus ciudadanos y ciudadanas no puede reducir su destino a pseudo debates en donde se enfrentan personajes antes que ideas.

Es verdad que en estos tiempos las sociedades que aborrecen las ideologías. Sobre todo la nuestra. Pero preguntémonos si las propuestas o ideas sueltas de caudillos o de políticos “libres” o denominados así mismos como “independientes”, protagonistas de la escena política del Perú ya desde hace más de 25 años, nos han convertido en un mejor país.

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