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Conflictos inmorales

Enviado el 13/09/2017

La prolongada huelga de los profesores, finalizada en medio del drama por la posible pérdida del año académico de cientos de miles de alumnos, volvió a develar antiguas taras que se han enraizado en el imaginario de la sociedad peruana. Esta que nos mueve a actuar colectivamente y en contra de nuestros propios intereses. Por ejemplo, alguna vez escribí que existe una reacción en la sociedad que responde a una “lógica binaria” cuando se trata de “analizar y comprender” los conflictos sociales. Y lo sucedido en la huelga magisterial ha sido un ejemplo idóneo que confirma esa hipótesis

Si nos detenemos a recopilar las acusaciones hechas a maestros y maestras durante la pasada huelga se podría pensar que el magisterio está plagado por profesionales con vocación delincuencial. “Proterroristas”, “infiltrados”, “revoltosos” y hasta “ignorantes” han sido los adjetivos más recurrentes. O como lo hizo un funcionario del Ministerio del Interior en una entrevista, en la que pretendió explicar y relacionar la organización y sus representantes de los profesores en huelga remontándose hasta la caída de Abimael Guzmán, ya que este hecho produjo la división de Sendero Luminoso (SL) en dos facciones: la de “proseguir” la lucha y otra, la política. Esta última expresada en el MOVADEF que estaría infiltrada en el gremio magisterial.

No podemos negar que Sendero Luminoso está presente en muchos sindicatos de trabajadores en el Perú. Pero nadie pregunta por qué si ya están identificados hay una suerte de permisividad con esa presencia. Es significativo que cuando el fenómeno de la protesta social se desborda las tesis conspirativas aparecen con una increíble velocidad y certeza expresada en acusaciones que son aceptadas acríticamente por la prensa, la ciudadanía, incluso por personas supuestamente informadas. Reducir los conflictos sociales a ese tipo de especulación es irresponsable y contraproducente.

A nadie le cabe la menor duda que Sendero Luminoso es la encarnación de la maldad en el Perú. Y siempre se acude a él para denunciar a los supuestos “enemigos” de la sociedad peruana. Pero torpemente se usan esas acusaciones para estigmatizar o anular al adversario político, descalificándolo moralmente. Más aún si viene de la izquierda. Se prefiere el insulto, el adjetivo antes que el debate de ideas, la deliberación o la discusión. O eso que la filósofa belga Chantal Mouffe llama la “lucha agonística”.

Se ha dicho reiteradamente que la convivencia humana genera conflictos. Pero estos se pueden superar y convirtiéndose en oportunidades para alcanzar consensos colectivos y posibilitar así la paz. Por lo tanto, esto requiere un trabajo de debate de ideas, respetando mutuamente las réplicas y dúplicas de los involucrados. O sea, demanda habilidades a las que no debemos renunciar. Una de ellas es la de reconocer a los otros como conciudadanos con necesidades insatisfechas, aceptando que los consensos no son certezas absolutas o perfectas.

Entonces, me parece que debido a la debilidad o ausencia de espacios o personas que incentiven o guíen las discusiones políticas -“hacer política”- se buscan salidas que supuestamente demandan menos esfuerzo. O adjudicándole una supuesta virtud. Por ejemplo, las soluciones “objetivas”.

Para Mouffe, dejar de hacer política es no aceptar las diferencias que se expresan desde las personas, organizadas o no, muchas veces en actitud “antagónica”. Se niega esta naturaleza de la política, la agónica, instalándose la idea de que todo reclamo debe ser resuelto teniendo como marco referencial “lo moral y lo jurídico”. En palabras de Mouffe, no importa si se es de “izquierda” o de “derecha”, lo que interesa es si el reclamo es legal o ilegal, moral o inmoral, bueno o malo. O sea, el simplismo expresado binariamente.

En mi opinión, al menos en nuestra sociedad peruana, ha renacido paradójicamente la confianza en la imparcialidad de lo jurídico, que se sustenta en que todos sabemos qué es lo bueno o malo para nuestra sociedad.  De acuerdo a la filósofa, se ha impuesto la creencia de que toda cuestión política es de naturaleza moral, y por consiguiente “susceptible de tratamiento racional”. Y lo “racional” para nuestras sociedades se puede hallar en las formas que brinda el formalismo jurídico. Y así, contradictoriamente, se ha renunciado a eso tan reclamado por estos días: el hacer política.

Los conflictos sociales requieren, definitivamente, un manejo político. Pero es desde esta conducción en donde se encontrarán las fórmulas de solución que pueden ser jurídicas. O, también, acudiendo a otras dimensiones como lo económico, lo cultural, lo social. Aunque es probable que la atención de la conflictividad sea multidimensional. Recordemos, no hay soluciones simples, sí complejas. Y tampoco estos no deben reducirse a conflictos sociales “inmorales” o “moralmente aceptables”. Inmoral es cuando no se actúa oportunamente posibilitando la aparición de la violencia en un conflicto social.  

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