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La falacia del “racismo inverso”

Enviado el 11/12/2017

Cada cierto tiempo, el tema del así llamado “racismo inverso” bulle en las conversaciones peruanas, en particular en las redes sociales. Ocurrió una vez más esta semana, a raíz de que algunos comentaristas notaran lo inusual que todavía resulta en este país que una persona cuyo nombre es Richard Concepción Carhuancho envíe a prisión a otra cuyo nombre es José Graña Miró-Quesada o Fernando Camet Piccone. La respuesta no se hizo esperar, y tomó la forma acostumbrada: contraponer de esa manera el apellido indígena del juez con el apellido español o extranjero de los empresarios encarcelados, dijeron, es una forma de discriminación, y está mal; impone diferencias entre las personas sobre la base del color de su piel en un proceso jurídico, y la justicia debe por lo menos aspirar a ser ciega; hablar en esos términos es fundamentalmente racista. 

Este tema se ha debatido bastante, pero aun así creo que vale la pena hacer un par de anotaciones al respecto, pues con frecuencia se comete un error conceptual de fondo al hablar sobre el racismo. Ese error no es exclusivo de quienes niegan su existencia o buscan (incluso sin intención) borronearla o atenuarla; es un error que a veces cometen también los antirracistas.

Para que el racismo pueda ser “inverso” se requiere entenderlo principalmente como un evento verbal aislado y autosuficiente, un hecho del lenguaje desvinculado en lo sustantivo de otras prácticas y relaciones sociales. Si el racismo consiste fundamentalmente en algo que decimos aotras personas o sobre ellas, es factible que se mueva en diversas direcciones (incluyendo la “inversa”), pues opera en un espacio libre de condicionamientos externos, o al menos no direccionado por estructuras que resultarían mucho más difíciles de “invertir” de esa manera.

En esa visión de las cosas, una palabra o una frase son racistas en sí mismas, de manera esencial. Pero ese no es el caso cuando se trata de discursos, pues estos solo existen en contexto y solo construyen su sentido en la medida en que se conectan con la totalidad de las relaciones sociales. No hay ninguna esencia del discurso independiente de esas relaciones, y son ellas las que le dan direccionalidad a las palabras.

Así, lo que hace racista a una expresión son sus vínculos con el orden social: no hay racismo “de izquierda” o “de derecha”, no hay racismo “desde arriba” o “desde abajo”, no hay racismo “hacia delante” o “hacia atrás”. Hay racismo a secas, y es el mismo en todas sus variantes, sin importar quién lo articule o desde qué posición lo haga, pues se trata de un complejo de prácticas y relaciones, y el discurso es apenas una de sus formas (y no por necesidad la principal o la determinante).

Siendo el racismo sistemático -de la manera que el párrafo anterior quiere indicar- involucra a todos los sujetos que participan de aquella totalidad social, y por ello no debería causar sorpresa el que individuos en todos los escalones de la jerarquía hagan suyo ese lenguaje y entiendan el mundo en esos términos. Pero quizás aquí sea necesario hacer una distinción entre un lenguaje racial y un discurso racista.

Usar un lenguaje racial implica explicar el mundo sobre la base de la teoría de las razas, según la cual existen diferencias discretas, observables y ampliamente relevantes entre los grupos humanos según su herencia genética. Ese es siempre un error y debe ser combatido hasta su erradicación: la teoría de las razas no tiene ningún asidero científico, no explica absolutamente nada —más bien, hace lo contrario— y se transforma con muchísima facilidad en la legitimación de órdenes sociales injustos (como el colonialismo y sus derivados). Pero ni ella ni su vocabulario bastan para hacer una que expresión determinada sea racista.

Para que un discurso sea racista además de meramente racial, debe contener de manera explícita o implícita la afirmación de una jerarquía; debe representar o significar una forma de dominación; debe ser, en otras palabras, funcional a un sistema injusto cuya injusticia se basa, al menos en parte, en las distinciones raciales. No basta mencionar la supuesta “raza” de una persona, por errado que sea el concepto. Y mucho menos es posible cambiar la dirección en la que se mueve el racismo a punta de esas menciones.

Más bien, me parece obvio que la idea del “racismo inverso” cumple una función ideológica sustancial en el sistema de la dominación y sus múltiples injusticias. Como todas las articulaciones ideológicas, sirve —ella sí— para construir una imagen invertida del orden social, haciéndolo opaco e impidiéndonos hablar sobre él de manera coherente. Es una idea falaz que debería ser desterrada. 

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