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Vicios de Libertad

Enviado el 11/12/2017

Una de las primeras frases que aprendí al iniciar la carrera de Derecho es “mis derechos terminan donde comienzan los tuyos”; y que luego complementé cuando un amigo me introdujo al mundo de Sartre “mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Y es que, en ese entonces, todo nuestro mundo, parecía tan sencillo, que tenía tanto sentido para nosotros el idealismo y las buenas intenciones de aquel postulado, así como la puesta en práctica sin ninguna dificultad. Pero luego, en un tronar de dedos, el mundo cambió.

En un tronar de dedos nos vimos invadidos de plataformas virtuales que, con aparente inocencia, nos invitaban a estar más cerca de nuestros amigos. Pero todo era aparente, y nada inocente. Todos nos embriagamos de la atención, de los ojos y oídos virtuales que parecían mostrar interés y atención sana; nos embriagó la libertad ilimitada, y la timidez y prudencia que no eran bienvenidas en este nuevo mundo. Y así, embriagados, pasamos de compartir sólo fotografías a compartir pensamientos, opiniones, y emociones que nunca nos atreveríamos a decir en el mundo real. Nuestra voz digitada, podía llegar a todas partes con tanta rapidez y facilidad, que nos fascinaba. Pero luego, esa voz se convirtió en odio, en memes, en el uso de imágenes que no eran nuestras para ridiculizar a los demás; y nos autoproclamamos jueces, verdugos, y dueños de la verdad.

Muy pronto, el respeto y los derechos fundamentales fueron un estorbo en este mundo dominado por los excesos, y juicios de valor. Pero este mundo pronto corrompió también la realidad, que, hasta la prensa, comentaristas radiales, y políticos llenaron ambos mundos de insultos, amenazas, injurias, valoraciones misóginas, discriminatorias, xenófobas, homófobas y racistas contra cualquier persona o grupo que piense y sea diferente por razón de su procedencia, género, orientación sexual o clase social. Y así, un desconocido cibernauta vomitaba el mismo odio que Phillip Butters sobre la muerte de una adolescente; así, un cibernauta hacía el mismo alarde de su estrecho criterio que un Congresista.

¿Dónde quedaron los límites? ¿Dónde quedó el respeto? ¿Dónde la exigibilidad de los derechos fundamentales?

La libertad de expresión es un derecho humano universal, pero no es ilimitado. Por este derecho somos libres de pensar y manifestar nuestro pensamiento; somos libres de mantener una opinión sin interferencias, y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras. Sin embargo, el límite inicia, cuando el pensamiento y la opinión incitan a la violencia y al odio, y con estos, a la vulneración de otros derechos humanos. La libertad de expresión es tal vez, el derecho más importante y complejo, y da vida a la democracia, el desarrollo y el diálogo; pero no es un arma para insultar, para degradar, para vulnerar los derechos de los demás. Las expresiones que incitan a la violencia no se encuentran enmarcadas dentro de la libertad de expresión.

Tal como señaló Sartre, cada uno de los derechos fundamentales a nivel personal encuentra su límite en los derechos de los demás. Y para la Corte Interamericana de Derechos Humanos, “la libertad de expresión no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia”.

Es decir, nadie, ya sea en el mundo real o virtual, tiene derecho de vulnerar el derecho de los demás amparándose en la libertad de expresión; expresiones escritas o en imágenes que reducen a las personas con capacidades diferentes, que denigran la condición de la mujer en el mundo, que festejan o justifican las violaciones sexuales, que ofenden el nombre de una víctima o su familia, que sentencian moralmente o incitan a atentar contra la vida de una persona homosexual aparándose en la religión, o reducir intelectualmente a una persona porque es de una cultura diferente, creencias, o tiene fe: no forman parte de la libertad de expresión.

La libertad de expresión es un derecho sí; pero respetar los derechos de los demás es un deber que todos debemos cumplir. Los derechos humanos son personales. Y ahí se encuentra su límite. 

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