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¿Hacia dónde conducir la indignación?

Enviado el 10/01/2018

¿Cuánto tiempo puede sostenerse la indignación en las calles? Las primeras movilizaciones contra el indulto al delincuente Alberto Fujimori fueron llevadas a cabo bajo el calor de la indignación inicial ante la decisión del Presidente Kuczynski, la primera de ellas a pocas horas de la Nochebuena. Con más tiempo para la organización, todo indica que la marcha de esta semana será mayor que las anteriores, con expresiones similares en otras ciudades del interior y también del extranjero.

Estas movilizaciones reflejan el ánimo ciudadano ante una decisión cuestionable por donde se le mire, pero sin una estrategia política corre el riesgo de diluirse con el paso de las semanas. La propia experiencia de la transición peruana de fines de la década de los noventa nos muestra sucesivas oleadas de movilización ciudadana, desde las que se produjeron contra la ilegal destitución de magistrados del Tribunal Constitucional hasta la Marcha de los Cuatro Suyos. La expresión ciudadana en las calles sirvió para mantener activa una oposición a un régimen corrupto que había copado todas las instituciones públicas y manejaba ilegalmente los hilos de la reelección presidencial. Su presencia constante contribuyó a debilitar el régimen autocrático. Pero la transición, luego de la cobarde huida de Fujimori a Japón, solo fue posible por la presencia y conducción de organizaciones políticas, las mismas que habían quedado maltrechas después del colapso del sistema de partidos.

Por esta misma razón desconfío profundamente de la consigna “que se vayan todos”. Entiendo el hastío del que surge y la profunda desconfianza ante la clase política que la motiva, pero me parece inadecuada por dos razones. En primer lugar, porque trae consigo la tentación de saltarse todas las vías institucionales para cuestionar a nuestras autoridades. Y si bien nuestros líderes políticos no siempre son respetuosos de los mecanismos legales (basta ver la forma en la que el gobierno tramitó el indulto), me queda claro que no se construye democracia recurriendo a figuras antidemocráticas. La experiencia de los noventa deberían habernos ya curado de ello.

Mi segunda razón es pragmática. La idea del “que se vayan todos” trae consigo un deseo no siempre explícito: aspira a que una nueva clase política reemplace a la que la indignación ciudadana echará de sus cargos. Sin embargo, en política estos procesos no ocurren por generación espontánea y lo más probable es que el vacío generado sea rápidamente ocupado por otros actores políticos. Sea que se trate de organizaciones ya existentes – y por tanto que forman parte del elenco político estable que se cuestiona – o de oportunistas que aprovechan el momento, nada puede asegurar que el resultado sea mejor que la situación actual.

Esto, desde luego, no invalida la importancia y la necesidad de la movilización ciudadana, pero sí constituye un llamado a dotarla de estrategia para hacerla sostenible en el tiempo y con capacidad de incidir en la orientación del futuro escenario político. Para ello, además de la demostrada capacidad de convocatoria, alimentada por un importante y renovado contingente juvenil, es necesario dotar a la protesta de una agenda política que pueda ser asumida por actores políticos.

Por ahora, el único tema claro en este campo parece ser la búsqueda de alguna forma de anulación (parcial o total) del indulto, para lo cual los familiares de las víctimas de los casos Cantuta y Barrios Altos y los organismos de derechos humanos están empleando los mecanismos institucionales existentes. El desenlace de este punto está en el corto plazo, luego del examen que realice la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Pero es necesario incorporar otros puntos a la agenda para que la energía ciudadana no se diluya. Por suerte (en realidad, por desgracia) temas no faltan: la oposición al uso manipulador del término “reconciliación”, la continuidad de las políticas de justicia y reparación a las víctimas de la violencia política, el seguimiento cercano a decisiones antidemocráticas del gobierno o del Congreso, donde el fujimorismo sigue siendo la principal mayoría, etc. Convertir la indignación en agenda política es la tarea de este momento. Como en otros tiempos, este puede ser el gran aporte ciudadano a la vigencia de la democracia en el Perú, aporte que resalta por la deslealtad de nuestros políticos respecto de los ideales que juraron defender cuando asumieron las responsabilidades públicas que hoy ostentan.

 

Twitter: @RivasJairo

Comentarios (1)

Otro de los puntos que se

Otro de los puntos que se deben poner en agenda es la reforma de la Constitución Política. la actual como vemos favorece la permanencia de los corruptos en el poder.

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