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La ciudad, la migración y la identidad criolla

Enviado el 09/11/2016

En los últimos días la tragedia de las familias que habitaban la zona de Cantagallo ha generado diversas reacciones. Una parte de la opinión pública reaccionó de manera crítica contra la gestión del actual alcalde de Lima, Luis Castañeda, quien, por decir lo menos, despreció un plan de reubicación de los habitantes elaborado por su antecesora. Desde otra perspectiva, una de las reacciones que más polémica ha generado en las redes sociales fue la declaración del periodista Phillip Butters, quien cuestionó el derecho de las familias shipibas de Cantagallo a residir en la ciudad. Las reacciones se concentraron en hacer notar la contradicción entre el periodista, cuya familia y él mismo son de origen migrante, como también en mostrar el mayoritario origen no limeño de los habitantes de la ciudad, sea de primera o segunda generación. Visto este escenario, una de las preguntas que se deriva de estos cuestionamientos es la propia condición de ‘limeño’.

Desde los tiempos coloniales Lima fue una ciudad de migrantes. No solo porque muchos de los españoles o africanos residentes no habían nacido en ella, sino porque también la población indígena y mestiza tenía esa misma característica. Hacia fines del siglo XVIII no menos de 40% de la población de la capital virreinal eran de origen migrante; cifra que se mantuvo entre el 30% y 40% en los censos limeños de 1860, 1908, 1920 y 1931. Incluso en los censos nacionales de 1981 el porcentaje de habitantes nacidos fuera de la ciudad era de 36% y en 1993, 39%. Es estadísticamente errada la idea de que la migración fue un fenómeno relativamente reciente y que sería la responsable de la supuesta decadencia de lo limeño a partir de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, la sensación de que algo cambió en la segunda mitad del siglo XX no es del todo falsa.

Desde los inicios del siglo XX los migrantes residentes en la capital dejaron de tener una importante presencia extranjera, con lo que Lima pasó a estar habitada fundamentalmente por personas originarias del país, ciudadanos  provenientes de zonas cada vez más distantes y de regiones aymara o quechua hablantes. Posiblemente este cambio en sus características contribuyó a desarrollar la idea de que quienes habitaban hasta ese momento la capital, aunque también fueran de origen foráneo, representaban la ‘verdadera’ identidad limeña, a diferencia de los nuevos residentes que fueron relacionados con costumbres y características de los pueblos de altura del país, definidos como totalmente ajenos a la capital. Este proceso desarrollado más intensamente a partir de la década de 1950, coincidió con la consagración de una cultura criolla definida como urbana y afro-hispano-mestiza, legitimada a partir de imaginarios construidos desde una tradición fundamentada en la literatura de Ricardo Palma y las acuarelas de Francisco ‘Pancho’ Fierro.

Así, la elite de la ciudad construyó una identidad criolla incorporando elementos culturales provenientes de los grupos populares urbanos, los cuales, por lo menos desde fines del siglo XIX, habían sido cuestionados por ser bárbaros, anti estéticos y contrarios al progreso. La música, las peleas de gallos, la comida, etcétera, aceleradamente fueron reconocidos en principio como limeños y por extensión como peruanos. Si lo vemos desde esta perspectiva, la única posibilidad que le quedaba a las elites de origen oligárquico era negociar la incorporación de las masas populares urbanas en esta construcción de lo criollo para elaborar un imaginario que sirva de límite cultural entre los recién llegados, quienes fueron definidos como migrantes, y los demás; estos últimos fueron definidos como limeños por compartir la reciente tradición. Este imaginario permitió generar una identidad que por un lado tenía un aspecto inclusivo, dado que permitía la incorporación de los sectores populares urbanos, y por el otro uno excluyente: la separación entre el migrante y la identidad limeña. La ventaja que tiene este criollismo es que otorgaba un lugar preferente a los grupos urbanos de origen mestizo y afro, quienes fueron consagrados como los depositarios y voceros autorizados de las tradiciones criollas, mientras que, al mismo tiempo, se validaba el papel de las elites como articuladoras de esa identidad.

Esta división tendió a ‘congelar’ los cambios culturales, estableciendo un canon cultural que definió a lo criollo, cuando, al menos históricamente, la tendencia consistió en una dinámica de transformaciones constantes que incorporaba lo foráneo en las construcciones culturales. Si revisamos aquellos elementos que suelen ser mencionados como fundamentales en la identidad limeña encontraremos una diversidad de ingredientes provenientes de grupos inmigrantes de origen nacional e internacional. Por ejemplo, la música criolla, identificada por ejemplo con el vals y la polka, tiene su origen en música de origen extranjero, evidentemente adaptada y aclimatada al gusto local. Gracias a este proceso de creación de una esencia criolla se generó un imaginario cultural que permitió la integración de los grupos afro-hispano-indio-mestizos, quienes tienen lugar en esa tradición como sus depositarios y que a su vez ofrece caminos para su incorporación con la condición de no alterar fundamentalmente esos mismos elementos que compartían. Desde hace décadas la Municipalidad de Lima ha difundido un discurso basado en esa tradición criolla, aceptada desde los sectores populares y por lo mismo, útil para distinguir a ese ‘otro’ definido como extraño a las costumbres urbanas.

Desde esta perspectiva es absolutamente natural que alguien de origen migrante, más aún si es costeño, no se sienta ajeno a la capital y se conciba como parte de esa tradición criolla, aun cuando no haya nacido en la Ciudad de los Reyes. El cuestionamiento de que no se puede criticar a los migrantes en razón de que todos somos descendientes de alguien que migró es correcto parcialmente. El aspecto más importante es si somos conscientes de que el constante proceso migratorio y las transformaciones que genera es la fuerza fundamental que ha construido la cultura urbano-limeña. Mientras se mantenga una visión congelada de lo criollo como una esencia que debe mantenerse inalterada, pura y que debe ser defendida de la incorporación de elementos ajenos a ella, por más que manifestemos tolerancia cultural, siempre consideraremos a la ciudad dividida entre limeños y migrantes, antes de interesarnos en los múltiples caminos de transformación que se generan en el espacio urbano.

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