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Todos cómplices

Enviado el 09/08/2017

Colaboran: Andrés Ponce, Mauricio Reyes, Rodrigo Torales y Adriana Urrutia

Casi 7 de cada 10 mujeres ha sido víctima de algún tipo de violencia en el Perú (ENDES, 2016). Entre las víctimas, 52% son reprimidas verbalmente por su padre (ENDES, 2016). Pese la magnitud del problema, solo el 27% de las víctimas acude a alguna instancia para solicitar apoyo y solo el 14% de ellas denuncian el hecho ante la policía (ENDES, 2016). ¿Por qué, siendo la violencia tan sistemática, las mujeres agredidas no hacen saber su situación?  La inacción frente a esta situación puede explicarse por las múltiples relaciones de subordinación a las que hacen frente las mujeres. Frente a estas cifras y a un año de la primera marcha #Ni Una menos, cabe preguntarse ¿Qué ha cambiado para las mujeres y, en particular, para las mujeres jóvenes en Lima[1]? La ruta para generar cambios en la situación de las mujeres es larga. Describiremos aquí algunas razones por las que ese vía crucis no dejará de ser un sufrimiento en el corto plazo.

 

Primera estación: Los roles predeterminados.

Ser mujer implica hoy un doble desafío. En primer lugar, para las mujeres que deciden no cumplir con los roles que la sociedad espera que cumplan. La desigualdad salarial, entre otros ejemplos, parece ser el castigo en ese recorrido hacia condiciones justas en, este caso, el trabajo. Recorrido que empieza desde la escuela, y luego sigue en la educación superior. Aún hoy ciertos hombres siguen afirmando que la ausencia de la mujer del hogar es equivalente a la ausencia de educación de los hijos. Y que, por ende, la calle se vuelve el principal espacio de socialización a través de la violencia. En otras palabras, las personas se vuelven violentas, (en términos generales, no solo contra la mujer) porque sus madres trabajan. #historiareal.

El segundo desafío es para aquellas personas cuya feminidad es una decisión y que redefinen hoy el sentido de lo que significa ser mujer. La estigmatización que enfrentan limita seriamente sus opciones. Ser mujer trans es aún más complejo al momento de buscar DNI, trabajo, salud, entre otros aspectos.

Ser mujer implica hoy redefinir la identidad y eso parece constituir el principal desafío para acceder a mayores oportunidades de desarrollo personal. Y en el Perú, la primera razón para ser agredida.

Segunda estación: Un problema más allá de lo visible

Hace un año, luego de mediáticas agresiones, a través de pantallas de televisión, se generaba el consenso de que se trataba de una situación institucionalizada. Más de medio millón de personas acudía a la marcha. Una reacción masiva y transnacional a la violencia continental. Ni Una Menos parecía servir como un espacio para denunciar y visibilizar las desigualdades. Pero, a un año de la marcha, el movimiento parece tener dificultades en hacer sostenible su propuesta.

En Pueblo Libre, por ejemplo, mientras que 66% de los hombres encuestados ha notado cambios, sólo 43% de mujeres considera que ha habido transformaciones sustanciales. La diferencia de percepción hace evidente los grados de afectación del problema. Mientras que, para los hombres, la marcha hizo evidente un problema invisibilizado, para las mujeres no terminó de atender situaciones de violencia estructural que se prolongan en el tiempo.

Hoy, el desafío sigue siendo identificar a la violencia contra la mujer como un problema público a ser atendido.

Tercera Estación: El Estado

A pocos días de la segunda marcha Ni una Menos, los mecanismos de políticas públicas aparecen como ineficientes.

Quisiéramos terminar el recorrido del vía Crucis femenino proponiendo 3 ideas para fortalecer la atención estatal hacia este problema.

Primera idea:las políticas públicas están perpetuando los roles establecidos contra la mujer. Se debe empoderar a las mujeres y promover su participación en distintas actividades, más allá de las asignadas por los roles impuestos por la sociedad.

Segunda idea:visibilizar la violencia para entenderla como relaciones de poder donde la mujer tiene un rol subordinado y no solo aplicar políticas públicas que prevengan la violencia.

Tercera idea:Se recomienda un trabajo conjunto con los colectivos y organizaciones que combaten y buscan visibilizar la violencia contra la mujer.

Este via crucis no ha acabado. Y mientras sus estaciones sean las mismas, el destino de muchas mujeres seguirá siendo parecido al de Jesús crucificado. Y todos habremos sido cómplices.

Adriana Urrutia Pozzi-Escot pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

Andres Ponce, Mauricio Reyes y Rodrigo Torales son estudiantes de Ciencia Política y Filosofia de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.




[1]
Las cifras presentadas aquí son el resultado de una encuesta realizada a 200 personas en el mes de junio 2017 en el distrito de Pueblo Libre. Si bien no es significativo, permite dar cuenta de algunas situaciones existentes a nivel local. 

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