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Derrotas familiares

Enviado el 06/12/2017

Ya se sabe que los vencedores cuentan la historia oficial, distribuyendo honores y vergüenzas, heroísmos y villanías, sacrificios por, y traiciones a, la patria. Sobre los callados muertos de ambos bandos se yerguen recuerdos e interpretaciones, justicias históricas bizcas, enconos y orgullos que a veces ocultan sed de venganzas alimentadas a fuego lento, o simplemente, decretan su insignificancia. Igual pasó con la casi olvidada guerra civil del 1894-95 que asoló al Perú y que ha pasado al sentido común popular como unas escaramuzas ocurridas entre dos caudillos: Piérola –el vencedor- y Cáceres, el vencido. Se ha olvidado que los vencedores en 1895 le quitaron el derecho al voto que tenían los analfabetos, es decir, a las tres cuartas partes de los ciudadanos de aquel entonces.

Mi abuelo paterno, ayacuchano, pertenece al bando de los vencidos en esa guerra que cobró alrededor de 4,000 muertos en ocho meses de enfrentamientos, cuando el Perú sólo tenía 3.1 millones de habitantes. La versión de la memoria familiar, acallada por décadas, dice que a fines de 1894, a los 18 años, junto con una partida de amigos insensatos como él, montó a caballo y se encaminó a Lima, decidido a defender al gobierno de su paisano, vencedor de Tarapacá y de la Breña. La travesía les tomó dieciocho días que sostuvieron con cancha, queso y charqui en el morral. La memoria familiar ha guardado seco silencio sobre su intervención en los enfrentamientos, de los que, a Dios gracias, resultó ileso, pero –como repito- derrotado.

¿Si él hubiera muerto hubiera sido recordado como héroe? ¿Mi familia perdió la oportunidad de tener su propia mítica heroica y el orgullo nos alcanzaría hasta hoy? Pero no hubo poemas ni coronas de laurel para un suceso que todos prefirieron olvidar. Parece que, avergonzado por la derrota, decidió no retornar a su tierra y se quedó en la capital como ayudante de cocina y mozo en casas de aristócratas, hasta que veinte años más tarde, logró un puesto de amanuense gracias a un vocal, su paisano. La tradición oral dice que quedó escaldado de la política aunque, muchos años después, el discurso de la Patria Nueva de Leguía lo encandiló. Yo, más bien, agradezco que no hubiera muerto, porque de su fracaso soy su afortunado descendiente.

Sin embargo, noventa años después de su gesta, otro de sus descendientes no tuvo la misma suerte que yo. Mi sobrino Juan era un muchacho que estudiaba el último año en la Escuela de Bellas Artes de Huamanga. Una noche de 1984saliendo de una fiesta fue detenido por la policíay nunca más se volvió a saber de él.

Siempre me he preguntado cómo es que los peruanos de esa época superaron el trauma de esa guerra, que proporcionalmente a la que vivimos en la guerra senderista, afectó a más familias y generó más dolor y heridas abiertas, supuestamente resanadas y cubiertas por el manto de paz de la República Aristocrática. La diferencia está en que en la guerra civil del 94-95 ni un bando quiso exterminar al otro y por eso no se mató a rendidos o prisioneros, como ocurrió después. Ese retroceso que a fin de siglo hicieron senderistas y fuerzas armadas hasta la barbarie de los nazis, los gulag, los kmeres y los militares argentinos.

Una de las historias del salvajismo es conocida. En junio de 1986, los presos acusados de pertenecer a Sendero Luminoso se amotinaron en la isla penal El Frontón y, simultáneamente, en los penales de Lurigancho y Callao y generaron una crisis política, cuando en Lima se reunía el Congreso Mundial de la Internacional Socialista. En El Frontón tomaron rehenes y les quitaron sus armas. Los combatieron fuerzas combinadas de la Infantería de Marina y la Guardia Republicana, bajo el monitoreo de las máximas autoridades políticas del país. Luego de más de un día de disparos, los presos se rindieron. Quizá 80 de un total de 120. Hay una foto que muestra a una docena de ellos, vivos, tendidos boca abajo. A la mayoría de sobrevivientes  los fusilaron. Los marinos no dejaron piedra sobre piedra, lo que quedaba del Pabellón Azul les cayó encima a los que no se rindieron. Después los desenterraron y los llevaron de forma clandestina a diversos cementerios de Lima para no entregárselos a sus familiares y evitar investigaciones.Menos conocido es que ese día murieron también los guardias republicanos tomados prisioneros y tres infantes de marina. Pero no todos los presos eran de Sendero. Había inocentes entre ellos.

En el caso de Lurigancho, - después del “se van ellos o me voy yo”- hubo un juicio que dejó bien librados a los asesinos. El caso de El Frontón se convirtió en tabú. Pero contra toda esperanza de los deudos, treinta años después, la fiscalía abrió una investigación porque un marino había enfrentado sus demonios y contó toda la verdad, pues había reconocido a uno de los presos que salía para rendirse, como a un antiguo compañero de colegio.“Pero la fiscalía lo ha incluido en la denuncia como autor de los crímenes. Para su institución es un traidor. Para Sendero, un asesino. Para la justicia, un culpable”.[1]

Se inició un juicio que aún no ha culminado y que los responsables, junto con el poder político, tratan de cortar, acusando a cuatro miembros del Tribunal Constitucional que han sido de la opinión que debe continuar. Hay un debate académico en torno a esta controversia que los simples mortales no entendemos. Pero al margen de los tecnicismos jurídicos me pregunto ¿qué es lo que vieron algunos doctos magistrados constitucionales y entre ellos Juan Vergara Gotelli, hijo de ayacuchano, con quien, creo, compartimos el mismo bisabuelo? Seguramente vieron códigos, leyes, artículos, reglamentos, detalles procedimentales, pero dudo que vieran la viga en el ojo: que matar a un ser humano rendido, desarmado, resulta un crimen contra la toda la humanidad, un retroceso al salvajismo del “ojo por ojo”, y sobre todo que ese comportamiento respondía a una política y no a una casualidad, a órdenes sistemáticas que venían sucediendo desde 1983 y no a la locura de algunos jefes y oficiales. ¿Cuál es la miopía moral, anteojos ideológicos o prejuicios raciales para no ver a los presos ya no como guerreros, ni humanos corrientes  sino como animales? O ¿era sólo la lógica del poder, la del principio de autoridad mal entendido o, simplemente, los tres motivos del oidor?

No tenía ceguera ni sordera el coronel Orbegoso, arequipeño, pariente mío -esta vez por la rama materna-, segundo jefe del cuartel Los Cabitos cuando declaró ante el juez que no vio ni oyó nada mientras los agentes del Servicio de inteligencia torturaban y masacraban a los detenidos, en las instalaciones que estaban bajo su control. (¿En qué momento te perdiste Bari? ¿En qué momento se perdió aquel joven –espada de honor- que creía y practicaba el adagio latino mens sana in corpore sano y el ideal del servicio a la patria y los peruanos y al que los menores de la familia querían imitar?)

Don Miguel Grau, el caballero de los mares, quien después de hundir al buque chileno Esmeralda ordenó el salvataje de los 57 enemigos náufragos, debe estar revolviéndose en su tumba por la conducta de algunos marinos de hoy.




[1]
Agüero, José Carlos. Persona. Fondo de Cultura Económica. Lima, noviembre 2017, p. 136)

 

Comentarios (1)

Muy profundo y sesudo relato.

Muy profundo y sesudo relato. Me ha causado conmoción.

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