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Dos errores comunes sobre La Paisana Jacinta

Enviado el 03/12/2017

En una reciente columna en El Comercio, titulada "En defensa de la Paisana Jacinta",Federico Salazar hace explícita una postura que está presente en muchos comentarios sobre el tema puestos en circulación en estos días.

Dice: "El Ministerio de Cultura no debe decirnos qué valores debemos tener ni qué criterios estéticos debemos desarrollar." Y también: "El Estado no está para recomendarnos cuáles deben ser nuestros valores. No está para dictaminar las mejores formas de expresión del entretenimiento." Y además: "Un ministro de Estado no debe expresar ‘rechazo y repudio’ a un personaje de televisión o de cine. Es como si un ministro de la Producción dijera ‘rechazo y repudio’ los helados Z del fabricante Y, o ‘rechazo y repudio’ los servicios de la peluquería F."

Parece razonable, y estoy seguro de que muchos de mis lectores estarán de acuerdo. Hay que notar, sin embargo, que lo que Salazar reclama no es que al Estado o a sus representantes se les impida censurar o prohibir una expresión; lo que reclama es que el Estado no diga nada con respecto a ella. Que no recomiende. Es decir, que no se exprese. Que se quede en silencio.

Esa idea es absurda. En primer y más obvio lugar, porque no se puede: tener una política educativa, o de promoción cultural, o de resguardo del patrimonio, o de lo que sea (incluso una política económica), ya es "decir cuáles deben ser nuestros valores". De eso se trata, y no cambiaría la cosa si el Estado peruano fuera hecho a las medidas dizque libertarias con las que a veces fantasea Salazar: un estado extremadamente laissez-faire en términos económicos y culturales ya estaría afirmando un esquema de valores (el esquema de valores libertario, pues). Y no podría ser de otro modo. El único Estado que no dice nada es el Estado que no existe.

Pero la idea es absurda también porque supone que un producto cultural como La paisana Jacinta: En búsqueda de Wasaberto o el programa de televisión del que se desprende no puede ser visto como dañino o perjudicial desde ningún ángulo relevante, como sí podrían serlo, por ejemplo, “los helados del fabricante X” si estuvieran hechos con Racumín o “los servicios de la peluquería F” si esculpieran en la cabeza de sus consumidores las palabras “Viva el Presidente Gonzalo”. En ambos casos, el Estado debería intervenir, sin esperar a que el mercado regule el asunto varios muertos más tarde; nadie podría argumentar de manera razonable que no le corresponde ahí “decir cuáles son nuestros valores”. Para comentaristas como Salazar (y no está solo), los productos simbólicos están necesaria y radicalmente libres de esa supervisión y de la obligación de no hacer daño, pero no es en absoluto obvio que así sea.

¿Por qué tanta gente piensa que el caso de los discursos racistas y los productos culturales que los promueven es especial, distinto a aquello donde sí sería razonable la reglamentación y el control? Porque, en mi opinión, se comete con frecuencia un segundo error al pensar sobre estos discursos y productos culturales: se confunde las representaciones racistas con las opiniones racistas, que no son lo mismo; y se las confunde además con las representaciones del racismo.  

Quizás el punto lo expresó con mayor claridad el escritor Renato Cisneros en su columna con la Fundación BBVA, bajo el título de “Una paisana muy incómoda”. Para Cisneros (énfasis añadido), “En una sociedad confrontacional como la nuestra —donde la palabra «tolerancia» es constantemente invocada en nombre de una armonía que todos reclaman pero muy pocos fomentan— tenemos que aprender a convivir con lo que nos agrada y lo que nos disgusta, con lo que nos parece coherente y lo que nos parece desatinado, con lo que juzgamos artísticamente impecable y lo que se nos antoja superfluo y ridículo.” Además, “ejercer la libertad no es fácil ni cómodo, porque implica aceptar siempre que el otro pueda estar en desacuerdo contigo y pueda manifestar sus ideas de maneras que chocan con nuestro estilo.” Y, “En el mundo real, por más que queramos vivir de espaldas a ciertos individuos, ciertos temas, ciertas manifestaciones culturales, lo cierto es que estos individuos, temas y manifestaciones existen, están, son.”

La pregunta debería ser obvia. ¿Lo que Jorge Benavides y los productores expresan son sus opiniones? Si alguien pide que se les sancione, ¿está pidiendo que se les impida decir lo que piensan? En ambos casos, la respuesta debería ser: “no”. De hecho, eso es lo que arguyen ellos mismos cada vez que se les presenta la ocasión: en su propia racionalización, y de acuerdo con sus declaraciones explícitas, ni JB ni sus productores opinan que las mujeres de extracción andina son malolientes o estúpidas; lo que hacen es representar así a su personaje.

Entonces ¿Cómo defender sus acciones o legitimar su circulación en el espacio público aduciendo su libertad para opinar, que debe ser, como dice Cisneros, “tolerada”? Cisneros parece creer que quienes se manifiestan en contra de la exhibición de La paisana Jacinta: En búsqueda de Wasaberto lo hacen porque están en desacuerdo con lo que Jorge Benavides piensa, pero eso no es cierto: están en desacuerdo con lo que Jorge Benavides hace. Descalificarlos por lo primero es ignorar lo segundo, y es también colapsar la distinción entre las ideas y los actos —precisamente la distinción que les permite a Benavides y sus socios lavarse las manos aduciendo que ellos no están expresando ideas racistas sino haciendo un programa de TV o una película. En otras palabras, es hacerles el juego.

Este colapso de la distinción entre las ideas y los actos es lo que permite ver a La paisana Jacinta: En búsqueda de Wasaberto como meramente una cuestión de gusto, estilo o preferencia, y reclamar entonces tolerancia para “lo que nos desagrada” o lo que “se nos antoja ridículo”. Si las apariciones en el espacio público de la paisana Jacinta son solo la expresión de opiniones en forma artística, nuestro juicio sobre ellas ha de ser fundamentalmente estético, nunca —o al menos no en última instancia— moral o político. Y cualquier intento de sacarlas de circulación es equivalente a la censura.

Es posible, sin embargo, ver a la paisana Jacinta precisamente como sus autores nos piden que las veamos: no como la expresión de sus ideas u opiniones, sino como sus actos de representación. Y no se trata, como afirma Cisneros, de la representación de “individuos, temas y manifestaciones” que “existen, están, son”, y de los que conviene tener conciencia (es decir, representaciones del racismo), sino de representaciones racistas: no hay nadie en la realidad peruana como la paisana Jacinta, y su película no nos está presentando “individuos que existen, están, son”; hay personas que han sido sujetas a esa mirada a lo largo de la historia del país, personas que son denigradas y humilladas en esos términos, y personas sobre las cuales se ha ejercido por siglos una violenta dominación precisamente porque son vistas de esa manera.  

Dado lo anterior, creo que una de las preguntas que se ha estado haciendo sobre La paisana Jacinta: En búsqueda de Wasaberto debería reformularse. No se trata de si se debe o no permitir la expresión de ideas racistas. Se trata de si se debe o no combatir, incluyendo desde el Estado, el racismo como tal. Quizá si comentaristas como Salazar y Cisneros (y quienes comparten su punto de vista) se preguntaran eso, su respuesta sería distinta. 

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