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Huamanquiquia: Muerte y exhumación

Enviado el 01/12/2010

Renzo Aroni

Al despedirme me extendió su mano. Me dijo con cierta aflicción: ¡Adiós hermano!, en seguida nos dimos un abrazo cálido en una tarde lluviosa en la salida del distrito de Sarhua. Era Cornelio, natural del vecino distrito de Huamanquiquia y sobreviviente de una masacre, perpetrada por los efectivos del Ejército Peruano hace 26 años en la localidad de Ccechahua (estos pueblos se encuentran ubicados en la provincia de Víctor Fajardo, en el centro-sur de la región de Ayacucho). Él participó no solo como testigo sobreviviente de los hechos, sino también como obrero en la exhumación realizada por el Equipo Forense Especializado del Ministerio Público de Ayacucho con el peritaje de parte del Equipo Peruano de Antropología Forense (Epaf), entre el 15 y 27 de noviembre de 2010.

“El superviviente es una persona que se ha salvado de otro mundo, que ha vivido en el vórtice de una catástrofe y ha vuelto, dejando atrás una parte significativa de su propio ser”, refiere la historiadora judía, Idith Zertal, en su libro traducido al español “La nación y la muerte: La Shoá en el discurso y la política de Israel. (1)” Aunque la historiadora se refiere a los supervivientes del Holocausto nazi, su análisis de la muerte y la experiencia de los sobrevivientes judíos es interesante para relacionarla con la experiencia de los sobrevivientes peruanos de los lugares de exterminio de la guerra interna en nuestro país, como es el caso de Cornelio.

Este hombre delgado y de mediana estatura, me cuenta con ímpetu  los siguientes hechos: Primero, el 15 de agosto de 1984, los militares de la BCS N° 34 de Pampa Cangallo, ingresaron a la comunidad de Tinca a bordo de un helicóptero, y bajo la consigna de que aquel lugar era una “comunidad senderista” desaparecieron íntegramente a 13 campesinos. Luego, en los días siguientes, el 16 y 17 de agosto, los militares retornaron esta vez en dos helicópteros para ingresar a las comunidades de Huamanquiquia y en el trayecto del camino de herradura que cruza las comunidades de Uchu, Tinca, Ccechahua, Taulle y Sarhua, detuvieron a más de 25 campesinos, que luego los asesinaron, quemaron y sepultaron en parajes, pampas y montes. A algunos de ellos les cortaron la lengua, las orejas, y los obligaron a comérselas. Se les mutiló los brazos, manos y piernas, aún estando vivos, mientras gritaban pidiendo auxilio. Luego los acribillaron y los quemaron en chozas. Finalmente, dos mujeres adolescentes detenidas fueron ultrajadas,
mutiladas y arrojadas a un paraje inhóspito en la bajada del pueblo de Sarhua el 18 de agosto. Sus restos de estas jovencitas perecieron con el tiempo, por eso, “hoy son consideradas como desaparecidas”, me refiere la abogada Karina Chávez, quien estuvo presente en la diligencia de exhumación en representación de los familiares.

Para Cornelio, exhumar los restos humanos de su prójimo es como cavar su propia fosa, exhumar su propio resto, porque el cuerpo pudo ser el de él. “Así habría terminado, así quemado, chamuscado, si no me hubiera aventado al barranco para salvar mi vida”, dijo desconsolado, mientras observaba los cadáveres rotos, maltrechos  y algunos  incompletos, de una fosa de 7 esqueletos, que el forense separaba con mucho cuidado y recogía en bolsas de papel. A cierta distancia también observaban los familiares acongojados bajo el sol radiante, preguntándose: “Hojita verde y sagrada de la coca ¿Será posible encontrar el cuerpo de mi esposo?”. Y es que para algunos familiares no todos sus desaparecidos serán posibles de hallar, ni aún entre los que están en fosas comunes, ya que los sitios de entierro se pierden entre los montes y pedregales. Y puesto que la memoria del sobreviviente testigo no garantiza el lugar preciso del entierro por el paso del tiempo, entonces se dificulta la ubicación, registro y recuperación del cuerpo del ser querido.

Pensar la condición humana de los sobrevivientes que vivieron una experiencia límite en el Perú puede ser terrorífico. Pues en la medida en que comenzamos a escuchar y procesar sus experiencias nos damos cuenta de que el sobreviviente tiene una particular relación, tanto con los vivos como para con los muertos mantiene un vínculo sui géneris. Y ese vínculo es lo que problematiza la subjetividad del sobreviviente, tanto en lo privado como en lo público. Porque el sobreviviente no sólo tiene que dar cuenta de lo que vivió, sino también tiene que “hablar por los muertos”, por los desaparecidos. Los sobrevivientes llevan tal carga de recuerdo en su existencia humana, a lo que se suma el trauma y el sufrimiento permanente de la culpabilidad de no haber podido salvar al prójimo, al ser querido, al paisano débil e indefenso, al vecino agónico, al amigo herido, ante la súplica de seguir viviendo.

Esas voces de auxilio, pidiendo compasión y un mínimo grado de humanidad,  son las que acompañan perecederamente el tormento insoportable, y reactivan permanentemente la memoria de los sobrevivientes de la guerra, que se manifiesta –incluso– en las memorias oníricas, como en los sueños y pesadillas (2).

Permanecer dos semanas de convivencia con los familiares y sobrevivientes en el rincón más lejano de la cuenca del río Pampas en Ayacucho, me dejó cavilando la dimensión humana de la vida y la muerte. Hubo ocasiones en que me alejé tanto de mí mismo que me abandonaron las fuerzas y la alegría desapareció  sin dejar rastro alguno en mí. Ya no sabía qué decir sobre mí ni sobre lo que ocurrió. Mis noches ya eran pesadillas, al igual que los sueños de Franco, antropólogo quien recordó su experiencia tenebrosa de las exhumaciones en Putis. En las noches tristes me habitué a tocar huaynos serranos con las cuerdas de mi guitarra, El sonido de mi guitarra y el chillido del chinlili (instrumento de cuerda parecido a la guitarra, fabricado en Sarhua y Chuschi)  parecía que reclamaban la voz de los muertos y desaparecidos, y al son del canto de las viudas y wakchas de Huamanquiquia, pedían justicia y reparación.

A pesar de las huellas de dolor que llevan en su pecho y sufrimientos que ni el tiempo ha podido borrar, para estos familiares y sobrevivientes de la guerra el futuro ocupa un lugar, al igual que el pasado, en el presente de sus vidas.

Notas:

(1) Idith Zertal, La nación y la muerte. La Shoá en el discurso y la política de Israel. Madrid: Editorial Gredos, S. A., 2010: 102.

(2) Sobre los sueños en la guerra y sus significados, véase Arianna Cecconi, “Parecía todo un sueño…”. Resumen de la tesis doctoral: “I sogni vengono da fuori: una etnografia della notte sulle Ande Peruviane”. Departamento de Antropología de la Universidad de Milán. Fecha de consulta, 30 de octubre de 2010. Disponible en: http://www.revistargumentos.org.pe/index.php?fp_verpub=true&idpub=114
 

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es verdad los que compran el oro a los mineros informales estan haciendo de las suyas pagando el precio q ellos kieren y en realidad el precio no a cambiado quisiera saber si es verdad que a ellos les estan descontado el 20 porciento de la venta del oro q ellos compran porq esa es la escusa q ellos ponen o dicen q nadies quiere comprar el precio en ica esta entre 50 y 70 el cual antes estaba en 100 y 120 Leer más >>
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